sábado, 12 de abril de 2008

Vulcania loca


La fina película de hielo que se extendía sobre el campo verdoso y dorado en los flancos de las vías del tren que me llevaba a Bruselas espejaba en los charcos inmóviles el azul tenue del cielo boreal. Porque el azul celeste en el Norte no es tan profundo como en la pampa extensa que dejé al emprender el viaje, aunque esta llanura de la antigua Batavia podría confundirse con los campos del sur por su uniformidad e insistente horizonte. Placer secreto de viajero con tedio es este quedarse mirando en lontananza a paso veloz para que la ventanilla arme su tela de paisaje casi quieto mientras los párpados se vencen y los colores y las formas se acercan cada vez más a aquellos soñados por Monet. Viajaba solo, y ni siquiera compartía estos cuatro asientos cubiertos con una excelente imitación del terciopelo en tono rojizo cercano al de la tierra misionera de la que, seguramente, el diseñador nunca fue testigo. Aparte de mis libros, había en la mochila algo de ropa pero nada especial ya que este viaje, comenzado en Hamburgo días atrás, no tenía por objeto llevarme a ningún lado. Había decidido que, de ahora en adelante, gastaría el dinero que me quedaba de la herencia familiar en trenes, haciendo impensadas combinaciones, aunque no resultaría: en el fondo uno sabe que los ferrocarriles tienen su propia lógica y que es casi imposible apartarse de su agenda. Por lo tanto, esa mínima trampa me permitía sentir que no tenía rumbo y que era dueño de mi perdición, un ínfimo pecado burgués. Caía la tarde en gris y la nieve se ondulaba suavemente sobre los sembradíos de girasol con sus tallos secos y ardillas que corrían fugaces como almas marrones sobre las sábanas heladas y quietas tras los vidrios. El tren paró en una vieja estación cuyo nombre se ha borrado; algunos pasajeros bajaron con sus bártulos precisos y en orden, algunos han subido. Una vez recobrada la marcha, vuelto el guarda a revisar el pasaje, perdí mi solitaria estancia en movimiento ya que, apabullante, acomodó sus paquetes y se sentó una mujer de cabello caoba hasta la nuca y grandes ojos negros exactamente frente a mí. Luego de saludarnos con gestos sobrios y pequeños ademanes casi invisibles, ella cruzó las piernas en posición de loto y, abriendo un cuaderno muy usado, siguió escribiendo en él como si apenas recién hubiera dejado de hacerlo. Por un pudor aprendido en los viajes, hice lo posible por no mirar sus manos para adivinar lo que escribía, pero, sea tal vez una obcecada educación a medias traída de mi tierra o por celosa curiosidad, no pude más que notar que su piel era traslúcida, de un extraño color perlado, con anchas y poderosas venas que surcaban unos huesos largos en el dorso de que más parecían andariveles por donde corría la fuerza derramada en el bolígrafo y de ahí, en un salto imperceptible, al papel de aire raído. Aunque muy vestida, a la usanza de la desprolijidad urbana que se instalara en los setenta, era posible adivinar la delgadez de sus brazos, el pecho hueco, la espalda encorvada. Con trazos gruesos y redondos ella escribía endecasílabos en columnas sin pausa como en los poemas latinos que amaba Ezra Pound. Debían ser largos pensamientos en donde no cabían más que algunos silencios secretos ya que no parecía utilizar puntuaciones de ningún tipo en un fluir constante que encadenaba los versos a un tiempo imponentes por las curvas y las líneas manuscritas como también extáticos en su perfecto encolumnado. Tan azul la tinta dibujando en esa hoja sin renglones como savia que corre por el enramado de los dedos. Habrá sido por la presencia de mi mirada, ya fuera de todo control, que ella levantó la cabeza, hasta ese momento una línea blanca bordeada de una fina caspa entre el pelo lacio y bien peinado, mirándome con sus ojos oscuros, redondos y brillantes como fruta turca. Era una mirada mucho más insolente que la mía, dispuesta a pelear el derecho de su intimidad, como se mira a un posible sátiro enfundado en la piel de un mero oficinista. No atiné a disculparme por miedo a que fuera considerado como aceptación de una falta cometida. No pude sostener su mirada tampoco. Sin embargo, posando el bolígrafo sobre uno de sus muslos delgados, extendió su mano en busca de la mía sin quitarme los ojos de encima, directamente a los ojos.
- Me llamo Eloise- dijo en holandés con un fuerte acento francés de las Ardenas.
- Víctor...- respondí y sentí que ella era tremendamente frágil al tenerla tomada así, sus dedos apenas alcanzaban a rodear el ancho de mi mano y tuve que detener la usual firmeza al estrecharla cuando sentí aquella levedad.
Durante un largo rato no hubo más palabras entre nosotros aunque aquel simple contacto modificó completamente nuestra situación por lo que ya no habían mis ojos auscultándola sino simplemente mirando sus movimientos circulares al escribir y la nitidez de su piel pálida y tibia. En cierto momento, una media hora más tarde, cerró el cuaderno de golpe e irguiendo el torso y desperezando buscó mis ojos que ya sabía en ella y me ofreció una sonrisa tan amplia que sus magras mejillas se alzaron provocando hondas ojeras bajo la mirada fulgurante. Sonriendo también, señalé como lo haría un mono hacia el cuaderno ahora hecho un pequeño tubo en su mano izquierda.
- Endecasílabos.- solté como quien dijera “buenas tardes” o “así es la vida”. Ella asintió con la cabeza mientras en un acto de prestidigitación sorpresivo metió el cuaderno en un bolso de lona raído para sacar con la misma mano una manzana verde que, al ser mordida, hizo un ruido hondo y desaliñado que poco armonizaba con aquella pequeña mujer. Ya había anochecido y las luces interiores del vagón se reflejaban en la ventana devolviéndonos nuestra imagen; sin embargo, ella comía su manzana mirando hacia afuera lentamente. Me atreví a preguntarle si era poeta.
- No, sólo le escribo a un hombre que no sabe hablar.
- Entiendo. Es algo habitual entre mis congéneres. ¿Vas a Bruselas?
Pero ya se molestó por mi inquisitoria y lo supe por su cuerpo que pareció torcerse como aquellos troncos de los desiertos.
- Soy de Argentina y también voy a Bruselas.- dije intentando componer la atmósfera con un dato privado que tal vez ella no se animaría a pedir.
- No voy a Bruselas, no voy a ningún lado; me quedaré aquí hasta que él llegue.- dijo sin mirarme.
- ¿Aquí en el tren?
- Argentina...Argenteuil...No me encontrará en el Monasterio. Argenteuil. Debo volver a París. El querría hallarme ahí, sosteniendo nuestra cruz en la torre con almenas.-
Parecía desvanecerse en su pensamiento, pensé que tal vez moriría en ese instante. Busqué sus ojos que eran piedras relucientes y le pregunté qué es lo que él no sabe decir.
- Cualquier cosa, lo que sea, que no nos ha olvidado...- Tocó mis labios con sus finos dedos.-¿Por qué no hablas? ¿Por qué no dices que todavía existo?-
No sé si en las yemas sintió mi intención de ser aquel hombre y la impotencia de no encontrar las palabras pero su mirada trajo desde una húmeda profundidad aquel susurro.
- Abelardo...-
Y en aquel momento volvió a arrellanarse en su lugar de pana rojiza y sacó el cuaderno y siguió escribiendo, olvidándome, uno a uno esos endecasílabos encadenados en el silencio, arrojados a su destino, como el tren en el que andábamos con sus vagones y su quietud veloz entre el hielo y la nieve y la oscuridad.


©Fabián Russo, 2008

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