01/10/2009

Otro Tango / La última curda

Con el trago de ron aceitando
el reumático azul de su aliento
sale uno a cantar tangos lerdos
aunque nadie festeje su bardo.

Ronda un frío fatal, y en las bocas
una fiebre de adioses bailados.
En el salto mortal de sus pasos
hay un tanto de amor que se implora.

Sigue el hombre contando su herida
“y la vista clavada en un sueño”,
la corbata raída y el tiempo
latigando en la luz amarilla.

No son muchos, apenas bastantes,
los que van abrazados y en celo,
si parece que fueran muñecos,
como dice el poeta, el cantante.

Nadie oye, la voz va por dentro,
ya no importa el que canta o si el aire
se ha mezclado en el místico baile
desatando del Tango el Misterio.


©Fabián Russo




Escrito y grabado un dia del invierno del '96 junto al gran Hernán Ruiz en guitarra.

05/09/2009

Pocas pulgas


Odiaba que le dijeran qué debía hacer. Y ya no era un chico. Solamente tenía poca paciencia para los que le indicaran, aunque más no fuera amablemente, cualquier cosa que tuviera que ver con lo que considerara parte de su territorio. Se solía decir que era fuerte de carácter para justificar con indolencia eso que para todos era un exceso, un mal adolescente que se le había instalado como el comerse las uñas o masturbarse demasiado. Lo cierto es que era insoportable ciertos días en que nada lo conformaba, y al primero que tuviera cerca se lo hacía sentir. Mientras más intentabas calmarlo o hacerlo entrar en razones, era peor el encarajinamiento. Unos días atrás no sé qué le había dicho Horacio, el vinero, el petiso aquel de bigotes que levantaba los pedidos en los restaurantes y siempre tenía un chiste nuevo que contar. Era entrador el petiso Horacio, nunca supe el apellido, llegaba con una sonrisa que con sólo mirarlo te hacía cómplice de algo que todavía no sabías, entonces no importaba si el cuento era bueno, te reías nomás porque te estabas aguantando desde que cruzó la puerta. El caso es que aquella noche el único que no se reía era Alonso, lo miraba fijo al petiso Horacio como si le debiera algo; guita no porque el petiso estaba forrado con su negocio aunque no ostentaba. El otro día escuché por ahí que fue por una mina pero en ese caso la cagaba yo también porque estuve comiendo largo de ese bocado y el tipo nunca se mosqueó. Había otra cosa, ese tipo de tonterías que lo sacaban de quicio a Alonso y que lo hacían merquear de más. Pasaron unas semanas, era la de año nuevo. Yo había estado cenando en lo de una gente conocida de la mujer que tenía en esos días, terminamos de comer y a uno se le ocurrió que fuéramos a tomar unas copas a un bar que conocía cerca del Barri Gotic. Era chico el lugar, típica fonda, mesas en hilera, la barra al fondo en perpendicular, la cafetera a la izquierda ocupando un tercio del mueble, la caja al lado, un par de campanas de vidrio con tapas de ayer y bocatas de anteayer. Había de todo ahí, colombianos, uruguayos, chilenos, de los nuestros. Como me cayó bien de entrada la gorda que atendía, me le fui al humo, y más con los tragos que corrían como agua. En eso, entró Horacio, el vinero, con otros dos, los tres muy bien vestidos y, claro, riéndose. Saludos a discreción y se acercó a la barra a pedir lo suyo. Le conté que estaba por irme en unos días para Hamburgo y le cambió el tono de voz con el semblante. Me dijo que, si me interesaba, tenía un negocio para mí. Me quedé en silencio como para que no creyera que estaba desesperado y me ofreciera poco y nada. No esperó mucho hasta que se me acercó un poco más como elongándose, cosas de petiso, y dijo una sola palabra: “menores”. Tuve que hacer un esfuerzo mental para darme cuenta de qué se trataba y no sólo por el alcohol que venía tomando de toda la noche. Levanté la mirada y vi que la mujer con la que había llegado estaba en los brazos de un negro alto como un árbol que la meneaba en su salsa sin necesidad de música, vi a los de mi mesa que ya habían abierto un sobrecito nuevo, vi a la gorda que le pasaba un trapo a la superficie de la barra y casi me tocaba el codo, vi los ojos del petiso que me miraba esperando una reacción con el bigote levantado en media sonrisa, y vi -no sé cómo- que se acercaba Alonso de algún lado que no era la entrada ni el salón. Fue rápido. Se metió entre nosotros y agarró mi vaso, uno de esos vasos flacos para cerveza, lo rompió contra el borde del estaño y cruzó el filo por el cuello del vinero, de izquierda a derecha, dejándolo con la boca abierta y largando eructos. Alguien gritó que había que salir corriendo y el bar se vació de golpe. Yo estaba tieso de la sorpresa pero agarré el trapo que tenía la gorda en la mano y lo apreté contra la garganta del petiso Horacio por reflejo. La gorda me decía “te vas, te vas”. En algún momento me encontré en la calle y corrí en dirección contraria a todos los demás como hacían todos los demás. Volví de Alemania casi un año después y, aunque del tema no se hablaba, supe que Alonso estaba quemando crack en Carabanchel desde hacía unos meses por una estafa o algo así. Decían que estaba bien, que la hermana hablaba por teléfono con él casi todos los días y decía que estaba bien. Linda la hermana de Alonso, la tendría escondida por eso, es una morenita alta de ojos claros, me la señalaron el otro día en un restaurante argentino nuevo que pusieron cerca de las Ramblas, estaba de camarera. Al vinero nadie lo menciona aunque se extrañan sus chistes.

©Fabián Russo

22/08/2009

Hacia su sino


a Hebe Solves, in memoriam.

Una voz
el hombre
que se halla en mí
el que soy
y habito
Una voz
que alza montañas
y deja al corazón desierto
ansiando vinos densos
de bocas y senos y pieles
pintadas para mi gusto
para mi satisfacción

La voz, ésa
éste hombre
que anda sus calles
ritmando el paso con la lluvia
el alma tensa
el cuerpo vulnerable

Una voz.


©Fabián Russo

02/08/2009

Y el maestro

un maestro

30/07/2009

Topoi



De camino a la omnipresente estación de King’s Cross solía detenerme frente a la que fuera una de las casas que habitó Virginia Wolf en Bloomsbury, ahora convertida en la Virgina Woolf’s Hamburguers. Por extraño que parezca, esta falta total de sensibilidad por parte de los londinenses, o de quienes rigen los destinos de la ciudad, me pareció proporcional a su mal gusto. A pocas calles de allí se levanta un complejo habitacional, una especie de manzana rodeada por monobloques que tiene en el centro una plaza de cemento con un gran supermercado a un costado donde la verdura y las hortalizas están siempre fuera de condición, al que un amigo local llamaba “Polonia”, por su aspecto sucio, alienante, antiestético y peligroso en las noches frías y solitarias de aquel barrio. Él sólo intentaba trazar una dicotomía entre lo que comúnmente pudo haber sido Londres y en lo que se había convertido por la inmigración que trajo la caída del Muro de Berlín. De todos modos, los polacos no tenían mucho brillo según las mentes de los europeos que habían superado los cuarenta años. Esta nueva xenofobia provenía, como siempre, de miedos antiguos, de mitos que no encontraron justa representación, tal vez, en las mejores obras de arte de sus tiempos aunque sí en batallas militares y grandes planes de exterminio. De algún modo, había que matar al polaco o al yugoslavo o al marroquí o a todo aquel que pudiera tentarse en, por su sola presencia, modificar algo hacia el futuro. Tal vez, era como aquella prevención hacia sus seguidores argentinos de parte de Witold Gombrowicz cuando subía al avión de regreso a Europa: “¡Maten a Borges!”. El polaco, Londres, Borges. Borges y Witold. Dicotomías. Pudo Borges haberse sentado a la gran mesa de roble del edificio Canning, a metros de la amplia Embajada Argentina, como si de él dependiera la exportación de carnes, el pedido por un rey o el amor por Conrad, el polaco.
Entonces, andando por Bloomsbury, creí haber comprendido, del brazo de mi amigo, que yo formaba parte de esa idiosincrasia mientras me hallara en Londres. Ante mi comentario, Brian fue cortante no podés compararte, sos un hombre de mundo, y poniendo mi mejor sonrisa intenté hacerle creer que lo consideraba un cumplido. Había conocido el mundo, es cierto, mis viajes eran tema de tertulias en sobremesas y ya se me confundían por la mera repetición del relato. Mirando el suelo para conseguir que mi paso fuera firme sobre la humedad congelada, pregunté por qué una hamburguesería, a lo que Brian replicó:"¿hubiera sido mejor un loquero?" Pensé que la otra opción era una librería, pero me callé la boca al advertir el lugar común. Topoi. Entonces se abrió ante mi una paradoja que no pude más que compartir con Brian, quien, a esa altura, ya pregonaba con insistencia que entráramos en un pub a beber una buena cerveza negra y tibia; una ciudad es cambio permanente como sus ocupantes y la conservación de costumbres sólo puede mantenerse en la repetición, en los rituales. Entonces la simple observación puede dar una idea de qué es aquello a lo que los de un lugar se aferran para sostener una probable identidad. Como imágenes de una serie de espejos estáticos se suceden los pasos del ritual, horadando el camino tan transitado desde hace generaciones. El extraño allí es paria. El aire denso y cálido del pub nos envolvió como una madre egoísta y borracha. Nos sentamos en una mesa bastante retirada de un grupo que competía a los dardos sonoramente. Me pareció sugestivo el hecho de que un dardo se clavara a unos veinte centímetros de nuestra ubicación. Todo sería mi culpa, yo, que no tomaba del asa el balón que contenía mi cerveza y la rodeaba con mi mano enguantada. Sería tal vez por eso que las miradas iban y venían de nuestra pequeña mesa al fondo del salón Mi amigo Brian no me había prevenido acerca de esto tal vez porque no era importante y, por simple elegancia, no haría ningún comentario acerca de mi raro hacer. Ignorando lo que posiblemente estaba sucediendo, seguimos hablando con mi amigo de nuestros libros y nuestros viajes. En la conversación, quizás producto de la fuerte cerveza y el abrupto calor del lugar cuando entramos, mi mente empezó a divagar sin perder el hilo de la conversación. Este desdoblamiento me era posible desde la infancia y nadie jamás lo había notado; era como si repentinamente estuviera ya en otro lugar sin abandonar éste. Y, tal vez, era ése el gran lugar común en donde Polonia era posible, y la hamburguesería en Bloomsbury, y este pub caluroso con vidrios empañados: todo siempre está en otro lugar.


©Fabián Russo

19/07/2009

Grises mascarillas


Se sueña poco la tarde, y se desdice como una pluma que cae sobre el tejado gris de la ciudad en lluvia. Desdice su rito de soles y veredas transgrediendo el solitario hueco en que cerraba la siesta su color de mediodía. Ya no hay más nada de eso. Acaso quedan los plátanos, ya viejos y nudosos, esperando que llegue el limbo de su primavera para expulsar el polvo que retienen al paso del invierno. Lo que queda es un gris mal entrazado, un gris de veintiún siglos que hallan el cauce de su historia en rajaduras invisibles, sonoras. Los hombres ahora van encapsulados buscando aquel murmullo original que ya no los contiene, los oídos llenos de sonido, la mirada en homilía de un rito descarnado: el olvido de sí habilitando a ese otro que no es más que una máscara. La paradoja de que esta máscara no resuene, no amplíe la voz del alma, y se quede, mero cartón con elástico gastado y tres agujeros, un personaje eventual, ya no persona, bobo de kermesse.

©F.R.

07/07/2009

El aroma del té

01/07/2009

Memoria con Pina Bausch



Hace once años atrás, en Wuppertal, ella se deslizaba descalza sobre una gigantesca pista de baile. Era su cumpleaños. Desde el escenario, veía su figura menuda y ágil como un delfín bailando los tangos que hacíamos con la orquesta Veritango, dirigida por Alfredo Marcucci. No dejaba de concentrarme en la canción mientras seguía hipnotizado por Pina Bausch bailando tangos en su cumpleaños. Si hubo algo que sí me quitó del ensueño fue aquel momento en que Teté Rusconi, milonguero de fuste, me agarró de los pies apoyándose en el proscenio diciendo “¡vamos, gordo, esa!” en medio de Suerte loca. Porque en aquel cumpleaños estaba Teté, estaba Juan Carlos Copes, que bailó con su hija toda la noche, simplemente caminando por el círculo exterior como si no quisiera ser reconocido o por respeto a aquella a la cual se le hacía el homenaje. Había mucha gente. Al término del concierto –cuando me acercan a la gran coreógrafa para saludarla- se me ocurrió decirle por lo bajo que, entre esa multitud, estaba Copes, y no tuve que explicarle quién era. Ella me hizo un guiño cómplice y yo, que no bailo nada, terminé en la pista con ella en un tango. Hice lo que pude, caminé con Pina Bausch pegada a mi cuerpo sin creer completamente lo que estaba sucediendo. Así fue que nos fuimos acercando al maestro y, terminado el tango, hice las introducciones pertinentes. Así fue que Copes y Pina Bausch bailaron. A esa altura, Teté, al otro lado del gran salón de la Escuela de Danzas de Wuppertal, ya estaba organizando la trasnoche en café Ada, muy cerca de allí.

©F. Russo

26/06/2009

Hace siete años



Hay veces en las que se me complica más de lo habitual explicar a mis amigos en otras latitudes (algunas boreales, otras australes, social o geográficamente) cómo es la vida en un país neo-colonizado. Porque en éste, como en tantos otros, nunca se llevó a cabo una descolonización, sólo hubo cambio de amos. Y de allí en adelante, el futuro o eso que llamamos la historia nacional. Difícil explicar de qué se trata esto de que una corporación política, cimentada en la filosofía de “mejor ser cabeza de ratón que cabeza de león”, que tanto repetía mi viejo como si fuera una gran máxima que me guiaría en el camino de la argentinidad –claro, una sin gloria-, llegado el momento de la charada electoral para seguir argumentando que se vive en democracia, ésa en donde se vota lo que te permiten votar; que esa corporación, sigo, sea siempre la misma, y que sea tan respetuosa de la estructura federal/unitario. El poder que se negocia entre gobernadores, caudillos, señores feudales del siglo XXI; el poder que se negocia entre terratenientes, la burguesía, los oligarcas, los banqueros; ambas facciones que negocian entre sí y, en sus acuerdos, esas sombras patéticas que andan por las calles muñidos de maletines y apuros, esas otras que aran inmensidades, esas otras de biología binaria frente a monitores centelleantes. Hoy, hace unos años atrás, recuerdo estar parapetado atrás de quién sabe qué auto o cartel mientras veía a una señora ama de casa en la puerta de su edificio en la avenida Callao con un balde de agua y limón para que rehogáramos allí los pañuelos y así apaciguar los efectos del gas lacrimógeno –me impactó esa señora sabiendo acerca de eso-, hoy esa tarde, si es posible esta gramática, morían Kosteki y Santillán. Se me hace difícil explicarle a mis amigos de otros lares lo ridículos que podemos ser los argentinos, lo disciplinados en la desmemoria, lo cómodos, lo cínicos que podemos ser, lo desvergonzados al seguir creyendo que es mejor ser “vivo” a “inteligente” (que tantas veces me reprochan esa falta de fe de mi parte), qué fóbicos al creer y creer y creer. ¡Qué se yo, como decía Borges acerca de su identidad como poeta, “menos que un cantor de tangos”! Se me complica a veces explicar y, encima, siendo menos que Borges.
©Fabián Russo