miércoles, 27 de abril de 2011

La sociedad del espectáculo, Guy Débord (para descargar)

  Guy Debord y la Internacional Situacionista, por Juan Goytisolo.


En varias ocasiones -la última por Rafael Conte en las páginas de este periódico- he sido invitado a referir por escrito mi relación con Guy Debord y la Internacional Situacionista, a la que aludo de pasada, según creo, en algún pasaje de Coto vedado. En mi voluntad de aligerar la lista de encuentros con personas célebres, o que luego lo serían, como Debord, preferí dejar de lado los que entonces juzgaba de incidencia escasa en mi vida y trabajo. Conforme advierto ahora, me equivoqué. No porque La sociedad del espectáculo, que no leí sino en fecha reciente, haya ejercido una influencia en mi visión del mundo y de la literatura, sino porque el Debord peripatético que frecuenté me enseñó algo que me procuraría más tarde una educación tan importante como la de los libros: una lectura viva, desestabilizora y cambiante de la ciudad. Conocí a Guy Debord en otoño de 1953, durante mi primera escapada a París. Tenía yo veintidós años y llegaba deslumbrado a la capital francesa, con el propósito de sacudirme para siempre el polvo de la Península. No recuerdo si nuestro encuentro fue en el Old Navy o en algún café del bulevar de Saint Michel. Vivía con su compañera, Michèle Bernstein, en un hotel de la Rue Racine contiguo a aquél y les visité en una ocasión en un cuarto en el que reinaba un desorden extremo y casi ejemplar: libros, periódicos, prendas de vestir, botellas de vino o cerveza vacías cubrían la moqueta y el gran lecho. Aunque era mediodía, acababan de despertarse y permanecían en cama risueños y juguetones, como después de una noche de alegres festejos.
Ignoro las razones de su simpatía por un desconocido como yo: probablemente el hecho de que procediera de un país sometido a una dictadura como la de Franco y manifestara con vehemencia mi aversión a éste y a su Iglesia. Debord y Michèle Bernstein eran ateos, paganos, cínicos, divertidos: ponían en solfa lo divino y humano e incluían en sus críticas corrosivas a la casi totalidad de la cultura francesa que yo admiraba. Los nombres de Gide, Malraux, Sartre o Camus provocaban su sonrisa. Nadie o casi nadie se salvaba de la quema. Me pasaron ejemplares del boletín de la Internacional Situacionista, cuya causticidad me encantó. Pero no estaba dispuesto a renunciar a mis lecturas y ellos toleraban mi afán de ponerme al día con amable condescendencia. ¡Para vomitar todo aquel fárrago de lecturas, primero debía arrimarme al pesebre! (A mis amigos les interesaba mucho más el cine y me pusieron en la pista de algunos filmes desconocidos u olvidados que pude ver en la antigua cinemateca de la Rue d'Ulm: L'Atalante y À propos de Nice, las primeras obras de Carné-Prévert, una película rusa experimentalista de un autor cuyo nombre se me escapa).
La Internacional Situacionista se reducía a una media docena de miembros y la composición de su consejo editorial variaba de un boletín a otro en razón de la frecuente expulsión de quienes se alejaban de la línea trazada por Debord o incurrían en conductas, dichos y hechos dignos de su reprobación. Citar a Camus, elogiar a Aragon, interesarse por la trayectoria del surrealismo de Breton, evidenciaban una congénita endeblez intelectual y moral y merecían una rotunda condena. No llegué a conocer a ningún otro miembro del grupo, a excepción de un argelino muy simpático que era, a su manera, el guardaespaldas de Debord. Amadú (no estoy seguro de su nombre) era jovial, gran bebedor y reía de buen grado cuando aquél jugaba con la hipótesis de su contundente intervención contra algún recalcitrante obtuso.
Cuando en enero de 1954 tuve que regresar a Barcelona -quería buscar a un editor dispuesto a publicar mi novela, Juego de manos, presentada sin éxito al Nadal-, Guy Debord me mantuvo al tanto de sus actividades gracias al envío del boletín de la Internacional Situacionista. En éste adelantaba ya la crítica sarcástica de la publicidad que desenvolvería luego en su obra maestra. El dibujo de un avión envuelto en llamas iba acompañado de la leyenda: "Directo al cielo con Air France". La provocación, heredada de los surrealistas, ocupaba asimismo un buen lugar en sus páginas. Recuerdo que en uno de los boletines, Debord había añadido de su puño y letra: "¡El Papa va a morir!".
Pero voy a centrarme en lo esencial de una propuesta que inconscientemente asimilé más tarde. Su lectura de una metrópoli como París invertía las jerarquías establecidas de la ciudad ensalzada por escritores y poetas, tanto franceses como extranjeros. El monumentalismo de la Estrella, el Arco de Triunfo, las avenidas trazadas con compás y tiralíneas por el arquitecto oficial de Napoleón Chico a fin de facilitar los eventuales disparos de la artillería contra su propio pueblo le repugnaban. La museización del espacio urbano, el almacén cultural del Louvre, la vistosidad de la Torre Eiffel se situaban en los antípodas de su visión estética. Ni siquiera el Barrio Latino y Montparnasse escapaban a sus sarcasmos: bobería, papanatismo, mal gusto burgués, puro decorado de cartón piedra. No sé si se había arrimado al Walter Benjamin lector de Baudelaire -dos autores que luego influirían en mi trabajo-, pero su perspectiva reflejaba su huella. No obstante, el París que le interesaba no era ya el de las galerías y pasajes cubiertos de los Distritos Segundo y Décimo, sino el heterogéneo, meteco, portador de gérmenes de un futuro convulso pero auroral. Con Debord y Michèle Bernstein visité los cafetines norteafricanos próximos a Maubert-Mutualité. Las callejuelas que desembocan en los muelles del Sena no eran entonces esa zona residencial elegante en la que estableció sus cuarteles François Mitterrand: habían temporalmente venido a menos y se hallaban habitadas por una población parisiense, híbrida de inmigrante y francés proletario y orgulloso de serlo, como en Belleville y Menilmontant. Guy Debord parecía intuir la metrópoli del futuro, la que vemos gestarse ya en las grandes ciudades europeas, y acechaba con delicia la infiltración paulatina del centro por una periferia proteica y portadora de savia nueva.
Su lugar preferido era Aubervilliers. Con él y su compañera cogí más de una vez el autobús que iba de la Gare de L'Est a la zona de su querencia: recuerdo que en el curso del trayecto divisé a los magrebíes que acuden aún al mercadillo desmontable de debajo del metro aéreo del bulevar de La Chapelle y contemplé el panorama de viviendas grises de una desaparecida zona industrial que se extendía desde la capital hasta los canales de aguas muertas que Jean Vigo retrató en su película. Nada de eso figuraba en las guías y su descubrimiento lo debo a él.
El punto de destino de Debord era un café de refugiados republicanos de la guerra civil española. Nos sentábamos allí entre vecinos del barrio de diferentes países y lenguas, a mil leguas del París grandioso y culto a cuya llamada había acudido desde una Barcelona asfixiante por asfixiada y sujeta a una brutal camisa de fuerza. Yo no podía adivinar que estas incursiones con Debord serían quizá la semilla de una educación en la que la nueva forma de captar la polifonía caótica de la ciudad -de su espacio abigarrado y mutante- valdría tanto como el magisterio de Cervantes. En el Sentier, Barbés, Manhattan, Estambul, Marraquech, me adiestré así a la escucha de una música urbana disonante para oídos no avezados a la ruptura y violencia de su gestación, pero para mí aguijadora y bella.
Mi relación con Debord se cortó aquí y fue decisión mía. En 1956 me instalé en París, con todas las ínfulas y vanidad del escritor primerizo que ve su nombre y fotografía en los periódicos y magazines literarios: una fama que, ayer como hoy, tiene muy poco que ver con la calidad de la obra. Sabía que Debord despreciaría con razón mi efímera condición de novelista mediático (los surrealistas habían prevenido ya, "toda empresa o idea que triunfan corren fatalmente a su ruina"), y no aprobaría tampoco mis nuevas amistades situadas en la órbita de Gallimard y Les Temps Modernes. Nos cruzamos una vez de noche, en una calle de Amsterdam -yo iba con Monique Lange y Genet- y no sé si me vio. En cualquier caso, no nos saludamos.
Mi alejamiento, primero moral y luego físico, de la escena literaria parisiense hizo que permaneciera al margen de la polvareda levantada por La sociedad del espectáculo. No leí el libro a su debido tiempo, como tampoco los de la mayoría de pensadores y ensayistas franceses que a menudo veo citados cuando se habla de mi trabajo. Sin duda fue un error: el libro de Debord da en el blanco. No vivimos en el mundo de Marx ni en el de los filósofos marxistas y antimarxistas que le han sucedido. Ahora se distribuye el pensum -¡en el castellano medieval se llamaba "pensadores" a quienes distribuían el pienso al ganado!- a través de la pantalla del televisor. La ideología se ha disuelto en su representación mediática. Vivimos irremediablemente, como dictaminó Debord, en la sociedad del espectáculo, y esto vale para todos, nos guste o no.

Descargar: https://docs.google.com/open?id=0B8NlIOfgzVk2czNseDhEOGhmMFk

5 de mayo. En concierto.

jueves, 7 de abril de 2011

Traigo el fuego, último libro de Elías Jorge Casmuz

Desde este link es posible bajar el último libro de Elías Jorge Casmuz, para todo el que quiera conocer su pensamiento y para quienes lo conocían y desean tener su trabajo final.

http://www.esnips.com/doc/c9797347-ccd4-4cc6-82cc-d050c11ae5ab/Traigo-el-fuego

domingo, 20 de marzo de 2011

Elías Jorge Cazmuz, (1926-2011)



Reflexiones

El hombre confunde su sed de peregrino y se busca, equivocado, en las cosas.
Como camino pueden servirle o no; eso depende del caminante. Como estación jamás.

Las cosas desasosiegan al hombre si fija su meta en ellas. Por si mismas lo entretienen, lo demoran.
El Amor las vuelve significantes y alimento para el hombre.

El fin y el principio de toda Vida es el Amor. Ale­jarse del Amor es ir hacia la muerte.

Ser Hombre es crecer hacia la Luz, caminar con un destino, volver al Amor, volver a Dios.
No es fácil esperarlo desapegado y sin miedo pero Él no llega de otro modo.

Que el hombre ordene o desordene el mundo depende de su orden o desorden interior.
El Amor ordena al hombre.

El hombre es camino y caminante al mismo tiempo. Andando se descubre. Hace camino caminándose.

Caminar es como iluminarse por dentro. Es ir hacia la Fuente. El hombre es la sed. La Fuente está en el hombre.

El otro siempre es luz si lo miramos con Amor.

El hombre que busca la Luz la encuentra en todas partes.
Para el que camina hacia la Luz hasta las tinieblas son peldaños.


…Como un Nacimiento
 
Ando siempre como soñándolo al Hombre.
Gestación y rastreo sin sosiego al mismo tiempo
Alumbramiento permanente.
Ya no hay pan para mi hambre ni agua para mi sed.
Me muevo a veces como peregrino sin destino.
Me caigo en los umbrales.


Pero hay una Palabra que crece.
Sí.
Palabra que se nutre de abandono, de Silencio…
De raíces.
Una Palabra que duele
…Como un nacimiento.

Del libro "Traigo el Fuego" (2010)

lunes, 14 de marzo de 2011

En concierto!

Fabián Russo - Hernán Reinaudo

músico invitado
GUSTAVO PAGLIA
En Concierto
Seis años después de su última presentación juntos, el Tango vuelve a reunir a estos tres músicos con un repertorio de va desde obras clásicas hasta nuevas composiciones que revelan la vigencia del género.
Hernán Reinaudo, guitarra. Es uno de los guitarristas más convocados por instrumentistas y cantantes debido a su ductilidad y talento. Suele presentarse junto a figuras de primer nivel en el Tango como Susana Rinaldi, Ariel Ardit o Alberto Podestá, entre muchos otros. Integró durante años la orquesta 34 Puñaladas. Su prestigio ha cruzado fronteras realizando giras por Sudamérica, Europa, Estados Unidos y Australia.
Gustavo Paglia, bandoneón. De larga trayectoria en la música de Buenos Aires, su estilo inconfundible es reconocido tanto por el público local como el de allende los mares. Ha trabajado con los grandes artistas del género y su presencia se ha destacado en importantes grabaciones así como en giras internacionales. Entre las agrupaciones musicales que definen al Tango en las últimas décadas, se destaca Los cosos de al lao como uno de sus grandes aportes.
Fabián Russo, canto. Fue cantor de la Orquesta Color Tango, de la Orquesta de la Universidad de Rosario -bajo la dirección de Domingo S. Federico-, y de los ensambles europeos Sexteto Canyengue, Quinteto Bailongo y Fabián Russo en Guitarras, entre otros. Se ha presentado en escenarios nacionales e internacionales junto a grandes artistas del género como Horacio Ferrer, Hernán Salinas, Osvaldo Pugliese, Alfredo Marcucci y Roberto Goyeneche. Ha grabado seis discos compactos, hasta la fecha, en Europa y Argentina.

Viernes 18 de Marzo, 22.00 horas - Entrada Libre y Gratuita
Sanata Bar, Sarmiento y Sánchez de Bustamante, Abasto, Buenos Aires

domingo, 6 de marzo de 2011

Para quienes preguntan por qué no hago actuaciones en Buenos Aires...


Hay personas que me preguntan por qué no tengo actuaciones en Buenos Aires a pesar de haber desarrollado una carrera durante ya 25 años en el exterior y en el país, varios CD grabados y el reconocimiento de maestros colegas y críticos de aquí y allá. Recibí un mail en donde me relatan las condiciones para realizar conciertos en un par de lugares. Comparto con todos el texto del mail no sólo para aclarar mi situación profesional a este respecto, sino también para resaltar que somos muchos los artistas que lidiamos con esta extravagancia por parte de quienes regentean y programan en la mayoría de los espacios provocando una censura de hecho al trabajo cultural. Por mi parte, comento que en los años que viví en diferentes países de Europa, el "primer mundo capitalista", jamás tuve que pagar para trabajar, jamás me propusieron tocar gratis, jamás tuve que sorprenderme con estas condiciones humillantes. Mi oficio de cantante y músico profesional sigue adelante a pesar de todo, sólo comparto estos datos para que no se crea que me faltan las ganas de tocar, todo lo contrario.

TEATRO LOS ANGELES:
a) Al contratar la sala con capacidad de 200 personas hay que dejar un seguro de $ 3.000 (el que se supone debe dejar ese seguro es el que suscribe)
b) De la recaudaciòn total te retribuyen el 50%, con el 50% que se queda el teatro ellos amortizan el costo de: Flyer's, promotoras volanteras, marquesina, empleados, luz, sonido, SADAIC etc., promedio de la entrada $ 80. ( valor de la entrada para público argento de tango, clase media, no ricos turistas extranjeros...)
Del porcentaje que te queda es para repartir entre vos los musicos y mi porcentaje que tendríamos que convenir ( agrega el programador)
LOS 36 BILLARES: (cerrado por reformas hasta el 11-03-2011)
a) capacidad asegurada 200 personas ( ellos no aseguran, pretenden que uno les asegure esa cantidad...un jueves a las 20.00 horas...)
b) De la recaudación de retribuyen el 50%, de lo que te retienen pagan: empleados, luz ( ¿será que cuando no actuaciones no hay empleados, la gente se sirve sola y en la oscuridad?), sonido, SADAIC, promedio de la consumición $ 60 ( debe ser que sólo sirven champagne francés)
Del porcentaje que te queda es para repartir entre vos los musicos y mi pòrcentaje que tendriamos que convenir. ( agrega el programador)
Está todo dicho.

Fabián Russo

viernes, 18 de febrero de 2011

Départ (Benjamin Britten-Arthur Rimbaud)



Solista: Carolin Cacao Leolao

Départ
Assez vu. La vision s'est rencontrée à tous les airs.
Assez eu. Rumeurs des villes, le soir, et au soleil, et toujours.
Assez connu. Les arrêts de la vie.  Ô Rumeurs et Visions!
Départ dans l'affection et le bruit neufs!



Partida
Visto lo suficiente. hallada la visión en todo el espacio.
Tenido lo suficiente. Rumores de ciudades, al anochecer, y al sol, y siempre.
Conocido lo suficiente. los decretos de la vida. ¡Oh, rumores y Visiones!
¡Partida hacia la afección y el sonido nuevos!


Arthur Rimbaud (1854-1891)

Ciclos


Dejé de cantar el fuego justo cuando la noche ató su pétalo a la lluvia y lo hizo gris
Hubo hierros que eran crines del olvido del sol saludando a la crueldad del amo que se abre paso entre himnos odas populares y asesinos de paladar ciego
En esas encrucijadas las verdades olían a cuento de bar y el aliento traía un humor pálido y violeta como el de las venas de los muertos

Pilares en el horizonte
las gargantas alzan su reino de manos

En la ceniza la lluvia escribe
tacto sin viento
lo que vendrá.


©Fabián Russo

martes, 15 de febrero de 2011

Esperanza Spalding - Cantora de Yala

Sarmiento y la Eugenesia

"Tengo odio a la barbarie popular... La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil... Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad?. El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden... Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas". (En Buenos Aires, 1853; Carta a Mitre del 24 de Septiembre 1861; en EEUU., 1865)  

"¿Lograremos exterminar los indios?. Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado". (El Progreso, 27/9/1844; El Nacional, 25/11/1876)

Tras establecerse como posibilidad entre la ciencia positiva del siglo XIX, la tesis de Charles Darwin acerca de la evolución de las especies derivó en Darwinismo Social, según las conclusiones de su primo Sir Francis Galton en 1865. La Eugenesia se establece fácilmente poco después. Tanto en Inglaterra como en Estados Unidos comenzaron a hacerse experimentos, bajo leyes constitucionales, que utilizaban seres humanos para mejorar la raza o descartar a aquellos considerados inútiles para este objetivo. Esta idea se esparció por Occidente con gran aceptación, llegando a ser Hitler el que expone su versión más extrema obligando a los “aliados” a detenerlo no tanto por la práctica en la eliminación de seres humanos sino por simplemente haber pasado cierto límite poniendo en riesgo el “buen nombre” de aquellos que, como la IBM o los bancos ingleses y yanquis que lo apoyaban.
Uno de quienes llevaron a cabo las ideas de la Eugenesia en Argentina públicamente fue Domingo Faustino Sarmiento, a quien por estos días vemos que el oficialismo intelectual trata de rescatar sin mencionar ésta entre tantas miserias del prócer escolar. Erradicar al gaucho y al aborigen era uno de los objetivos fundamentales de una clase social y política que halló en Sarmiento una voz potente y creíble para aquellos bancos ingleses que invertían en el país agrícola-ganadero, suplantar a esta raza criolla con inmigrantes europeos fue política de estado. Más aún, con sus diferencias, también fue política del Imperio en todos los países sobre los que señoreaba. A lo largo de los últimos 150 años las políticas eugenésicas fueron cambiando desde una visión farmacéutica hasta la simple aplicación de fórmulas económicas brutales pasando por hambrunas y dictaduras complacientes al sistema. Desde este punto de vista, y asistiendo a realidades que surgen de los diarios como el asedio a la población Qom, la bicentenaria práctica del trabajo esclavo en el país como si fuera novedad, el apoyo oficial a la minería a cielo abierto en tres provincias y ambicionando las alturas cordilleranas, la Eugenesia goza de buena salud en estos días.  
Sarmiento hubiera estado satisfecho con estas realidades en las que, además, se lo barniza históricamente como si no hubiera sido, también en el tema educativo, simplemente un esbirro de los poderes centrales que siguen siendo los mismos. El objetivo: reducir la población mundial a un número que facilite su opresión con la excusa de reducir la pobreza y, de ese modo, el establecimiento de un gobierno planetario (nuevo orden mundial) dirigido por una elite genéticamente “mejorada”, la misma que decidió los rumbos de Occidente durante los últimos dos siglos. Sarmiento fue un eslabón más en la cadena que nos ata y que será aún más terrible en las próximas décadas. Estamos asistiendo a una transformación que solo supone el fortalecimiento de los poderes que hasta ahora han sometido a los pueblos, ¿qué hace la Presidencia argentina apoyando y alabando al nuevo orden mundial? “¡Gloria y olor…!”

©Fabián Russo



Altavoces





Duermo entre senderos musicales
que rielan mi magra conciencia desatada
lejos de antiguos alcoholes
pero todavía bajo el efecto
de la adicción a la muerte,
ama condenada a servirme
como una madre que alimenta a su hijo
y que al parirte te mata
con amor devocional

Me preguntás quién soy
y digo que espero no conocer eso
ante tu estupor, que prefiero vivirlo
a conocerlo, a darle palabras,
sentido, causa
(nada que tenga una causa puede ser eterno)

Oigo la corriente que pasa por mí,
a mi costado,
y a la que no me entrego por temor
temor a perder lo que no tengo
y es mi vida entera sin embargo
Es una música leve como araña
que recorre el desierto nocturno
y dibuja hilos en la arena
al primer suspiro del alba
al despertar en mi cama
ancha como el olvido
apretando los huesos y la carne
contra el cotidiano vendaval
y su espesura tanática

No es lo mismo escuchar el silencio
que haberse quedado sordo.

 
©Fabián Russo

domingo, 13 de febrero de 2011

Anne Sexton (1966)





 
Deseando morir


Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.

Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.

Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.

En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.

De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por el agujero de mi boca.

No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.

Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.

¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,

y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.

Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto,  una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.


Wanting to die



Since you ask, most days I cannot remember
I walk in my clothing, unmarked by that voyage.
Then the almost unnameable lust returns.

Even then I have nothing against life.
I know well the grass blades you mention,
the furniture you have placed under the sun.

But suicides have a special language.
Like carpenters they want to know which tools.
They never ask why build.

Twice I have so simply declared myself,
have possessed the enemy eaten the enemy,
have taken on his craft, his magic.

In this way, heavy and thoughtful,
warmer than oil or water,
I have rested, drooling at the mouth-hole.

I did not think of my body at needle point.
Even the cornea and the leftover urine were gone.
Suicides have already betrayed the body.

Still-born, they don't always die,
but dazzled, they can't forget a drug so sweet
that even children would look on an smile.

To thrust all that life under your tongue!
that, all by itself, becomes a passion.
Death's a sad bone; bruised, you´d say,

and yet she waits for me, year after year,
to so delicately undo an old wound,
to empty my breath from its bad prison.

Balanced there, suicides sometimes meet,
raging at the fruit, a pumped-up moon,
leaving the bread they mistook for a kiss,
leaving the page of the book carelessly open,
something unsaid, the phone off the hook
and the love, whatever it was, an infection.

viernes, 11 de febrero de 2011

Roland Barthes, Los romanos en el cine (1957)

En el Julio César de Mankiewicz, todos los personajes tienen flequillo sobre la frente.
Unos lo tienen rizado, otros filiforme, otros en jopo, otros aceitado, todos lo
tienen bien peinado y no se admiten los calvos, aunque la Historia romana los haya
proporcionado en buen número. Tampoco se salvaron quienes tienen poco cabello y
el peluquero, artesano principal del film, supo extraer en todos los casos un último
mechón que alcanzó el borde de la frente, de esas frentes romanas cuya exigüidad
siempre ha indicado una mezcla específica de derecho, de virtud y de conquista.
¿Pero qué es lo que se atribuye a esos obstinados flequillos? Pues ni más ni
menos que la muestra de la romanidad. Se ve operar al descubierto el resorte
fundamental del espectáculo: el signo. El mechón frontal inunda de evidencia, nadie
puede dudar de que está en Roma, antaño. Y esta certidumbre es continua: los
actores hablan, actúan, se torturan, debaten cuestiones "universales", sin perder nada
de su verosimilitud histórica, gracias a ese emblema extendido sobre la frente: su
generalidad puede dilatarse con seguridad absoluta, atravesar el Océano y los siglos,
incorporar el aspecto yanqui de los extras de Hollywood, poco importa, todo el
mundo está instalado en la tranquila certidumbre de un universo sin duplicidad,
donde los romanos son romanos por el más legible de los signos, el cabello sobre la
frente.
Un francés, a cuyos ojos los rostros americanos aún conservan algo de exótico,
juzga cómica esa mezcla de morfologías: gángsters-sherifs y flequillo romano; en
todo caso es un excelente chiste de music-hall; para nosotros el signo funciona con
exceso: al dejar que aparezca su finalidad, se desacredita. Pero el mismo flequillo,
llevado por la única frente naturalmente latina del film, la de Marlon Brando, se nos
impone sin hacernos reír y no debería excluirse la posibilidad de que parte del éxito
europeo de este actor se deba a la integración perfecta de la capilaridad romana en la
morfología general del personaje. En contraste, Julio César resulta increíble con ese
aspecto de abogado anglosajón ya desgastado por mil segundos papeles policiales o
cómicos, con ese cráneo bonachón rastrillado por un lamentable mechón trabajado
por el peluquero.
Dentro del orden de las significaciones capilares, encontramos un subsigno: el
de las sorpresas nocturnas. Porcia y Calpurnia, desveladas en plena noche, muestran
los cabellos ostensiblemente desaliñados; la primera, más joven, tiene el desorden
flotante, es decir que la ausencia de arreglo aparece de algún modo en su primer
grado; la segunda, madura, presenta un punto flojo más trabajado: una trenza
contornea su cuello y aparece por delante del hombro derecho, imponiendo, de esta
manera, el signo tradicional del desorden, que es la asimetría. Pero esos signos son a
a la vez excesivos e irrisorios: postulan una "naturalidad" que ni siquiera tienen el
coraje de sostener hasta el fin: no son "francos".
Otro signo de este Julio César: todos los rostros sudan sin interrupción: hombres
del pueblo, soldados, conspiradores, todos bañan sus rasgos austeros y crispados con
un chorrear abundante (de vaselina). Y los primeros planos son tan frecuentes que,
sin lugar a dudas, el sudor resulta un atributo intencional. Como el flequillo romano
o la trenza nocturna, el sudor también es un signo. ¿De qué?: de la moralidad. Todo
el mundo suda porque en todos algo se debate; estamos ubicados en el lugar de una
virtud que se atormenta horriblemente, es decir en el lugar mismo de la tragedia; y el
sudor se encarga de manifestarlo. El pueblo, traumatizado por la muerte de César y
luego por los argumentos de Marco Antonio, el pueblo suda, combinando
económicamente, en ese único signo, la intensidad de su emoción y el carácter
grosero de su condición. Y los hombres virtuosos, Bruto, Casio, Casca, también
traspiran sin cesar, testimoniando el enorme tormento fisiológico que en ellos opera
la virtud que va a nacer de un crimen. Sudar es pensar (cosa que, evidentemente,
descansa sobre el postulado, propio de un pueblo de hombres de negocios, de que
pensar es una operación violenta, cataclísmica, cuyo signo más pequeño es el sudor).
En todo el film, sólo un hombre no suda, permanece lánguido, imberbe, hermético:
César. Evidentemente, César, objeto del crimen, permanece seco, pues él no sabe, no
piensa, debe conservar el aspecto nítido, solitario y limpio del cuerpo del delito.
También aquí el signo es ambiguo: permanece en la superficie, pero no por ello
renuncia a hacerse pasar como algo profundo; quiere hacer comprender (lo cual es
loable), pero al mismo tiempo se finge espontáneo (lo cual es tramposo), se declara a
la vez intencional e inevitable, artificial y natural, producido y encontrado. Esto nos
puede introducir a una moral del signo. El signo debería darse bajo dos formas
extremas: o francamente intelectual, reducido por su distancia a un álgebra, como en
el teatro chino, donde una bandera significa todo un regimiento; o profundamente
arraigado, inventado de algún modo cada vez, librando una faz interna y secreta,
señal de un momento y no de un concepto (el arte de Stanislavski, por ejemplo). Pero
el signo intermediario (el flequillo de la romanidad o la transpiración del
pensamiento) denuncia un espectáculo degradado, que tanto teme a la verdad
ingenua como al artificio total. Pues, si es deseable que un espectáculo esté hecho
para que el mundo se vuelva más claro, existe una duplicidad culpable en confundir
el signo y el significado. Es una duplicidad propia del espectáculo burgués: entre el
signo intelectual y el signo visceral, este arte coloca hipócritamente un signo
bastardo, a la vez elíptico y pretencioso, que bautiza con el nombre pomposo de
"natural".

Roland Barthes, "Mitologías" (Siglo XXI Editor)