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viernes, 27 de abril de 2012

La isla (Césare Pavese)


Todos saben que el náufrago Ulises, durante su viaje de regreso, permaneció nueve años en la isla Ogigia, donde sólo vivía Calipso, antigua diosa.

(Hablan Calipso y Ulises.)

Calipso.
Ulises, no existe nada muy diferente. También tú, igual que yo, quieres detenerte en una isla. Has visto y has padecido todas las cosas. Quizás un día te diré lo que yo he padecido. Ambos estamos cansados de un gran destino. ¿Para qué continuar? ¿Qué te importa que la isla no sea la que buscabas? Aquí ya nada acontece. Hay un poco de tierra y un horizonte. Aquí puedes vivir para siempre.

Ulises.
Una vida inmortal.

Calipso.
Inmortal es quien acepta el instante. Quien no conoce ya un mañana. Pero si te gusta la palabra, dila. ¿Llegaste en verdad a ese extremo?

Ulises.
Yo consideraba inmortal al que no teme a la muerte.

Calipso.
El que no espera vivir. En verdad, casi lo eres. También tu has padecido mucho. Pero, ¿por qué esta obsesión de volver a tu casa? Todavía estás inquieto. ¿Por qué vas diciendo discursos, solo, entre los acantilados?

Ulises.
Si mañana partiera, ¿serías tú infeliz?

Calipso.
Quieres saber demasiado, querido. Digamos que soy inmortal. Pero si no renuncias a tus recuerdos y a tus sueños, si no depones tu obsesión y no aceptas el horizonte, no podrás escapar de ese destino que conoces.

Ulises
Se trata siempre de aceptar un horizonte. ¿Para obtener qué?

Calipso.
Para reposar la cabeza y callar, Ulises. ¿Te has preguntado por qué también nosotros buscamos el sueño? ¿Te has preguntado adónde van los viejos dioses ignorados por el mundo? Por qué se hunden en el tiempo, como la piedra en la tierra, ellos, que sin embargo son eternos? Y yo, ¿quién soy, quién es Calipso?

Ulises.
Te pregunté si eres feliz.

Calipso.
Es un silencio, te digo. Una cosa remota y casi muerta. Lo que ha sido y ya no volverá a ser. En el viejo mundo de los dioses, cuando un gesto mío era destino. Tuve nombres pavorosos, Ulises. La tierra y el mar me obedecían. Luego me cansé; pasó cierto tiempo, no quise moverme más. Alguna de nosotras resistió a los nuevos dioses; yo dejé que los nombres se hundieran en el tiempo; todo cambió y permaneció igual; no valía la pena disputarle a los nuevos el destino. Ya sabía mi horizonte y sabía también por qué los viejos no quisieron disputar con nosotros.

Ulises.
¿Pero no eras inmortal?

Calipso.
Y lo soy, Ulises. No espero morir. Y no espero vivir. Acepto el instante. A ustedes, los mortales, les espera algo parecido, la vejez y la añoranza. ¿Por qué no quieres, como yo, reclinar la cabeza en esta isla?

Ulises.
Lo haría si creyera que estás resignada. Pero también tú, que fuiste señora de todas las cosas, me necesitas a mí, un simple mortal, para que te ayude a soportar.

Calipso.
Es un bien recíproco, Ulises. No hay verdadero silencio si no es compartido.

Ulises.
¿No te basta que esté hoy contigo?

Calipso.
No estás conmigo, Ulises. No aceptas el horizonte de esta isla. Y no te sustraes a la añoranza.

Ulises.
Lo que añoro es una parte viva de mí mismo, como lo es para ti tu silencio. ¿Qué ha cambiado para ti desde los días en que la tierra y el mar te obedecían? Sentiste que estabas sola y que estabas cansada, y olvidaste tus nombres. Nada te ha sido quitado. Eres lo que quisiste ser.

Calipso.
Lo que soy es casi nada, querido. Casi mortal, casi una sombra como tú. Es un largo sueño comenzado quién sabe cuándo, y tú has entrado a este sueño como un ensueño. Temo el alba, el despertar; si te vas, es el despertar.

Ulises.
¿Eres tú, señora, quien habla?

Calipso.
Temo el despertar como tú temes la muerte. Mira: antes estaba muerta; ahora lo sé. No quedaba de mí sobre esta isla sino la voz del mar y del viento. Oh, no era padecer. Dormía. Pero, desde que has llegado, has traído otra isla dentro de ti.

Ulises.
La busco desde hace tiempo. Tú no sabes lo que es entornar los ojos para ilusionarse cada vez que se divisa una tierra. Yo no puedo aceptar y callar.

Calipso.
Sin embargo, Ulises, ustedes, los hombres, dicen que recuperar lo perdido es siempre una desgracia. El pasado no vuelve. Nada resiste el paso del tiempo. Tú que has visto el océano, los monstruos y el Eíseo, ¿podrás reconocer todavía las casas, tus casas?

Ulises.
Pero sabré al menos que debo detenerme.

Calipso.
 No vale la pena, Ulises. El que no se detiene ahora, ya mismo, no se detiene jamás. Lo que haces, seguirás haciéndolo siempre. Debes quebrar de una vez el destino, debes cambiar de calle y dejarte hundir en el tiempo…

Ulises.
No soy inmortal.

Calipso.
Lo serás si me escuchas. ¿Qué es la vida eterna sino este aceptar el instante que viene y el instante que va? El éxtasis, el placer, la muerte no tienen otra finalidad. ¿Qué ha sido hasta ahora de tu vagar inquieto?

Ulises.
Si lo supiera, ya me hubiese detenido. Pero olvidas algo.

Calipso.
Dime.

Ulises.
Aquello que busco lo tengo en el corazón, como tú.

(de Diálogos con Leucó, de Césare Pavese)

martes, 8 de febrero de 2011

Línea N (Waterlooplein- Avenida de Mayo)



Espero que me alcance el aire. Ya dejé atrás doscientos metros y ahora solo me sigue un jinete. No me alcanza. Después de la próxima esquina podré esconderme en el umbral de la zapatería de Van der Molen. Pesa el abrigo de cuero pero perdería segundos clave en quitármelo, el sudor baja por mi espalda. Los cascos del caballo cambian el ritmo y se resbalan contra el empedrado. El jinete sigue gritándo que me detenga y me insulta mientras más me alejo. Allá veo a Marieke, cayó al suelo. Un poco más, solo un poco más. Tengo que ayudarla, no puedo hacer como que no la veo y buscar refugio. Gano tiempo saltando sobre las baldosas rotas que les arrojamos y los cartuchos vacíos de los gases. No parece Ámsterdam. Pensar que desde hace veinte años venimos pudiendo sin enfrentamientos con la policía, nunca habían llegado tan lejos. Es cierto que el mundo ha cambiado, ya no son los ‘60 y nosotros, que fuimos antes que los hippie y toda la contracultura, nos vemos ahora en la disyuntiva de pelear por nuestros hogares con molotov en las manos y cadenas de bicicleta. Henk tenía razón, tal vez debíamos pertrecharnos mejor, pero cómo hacerlo sin traicionar nuestro ideal de libertad y no violencia. Nuestra pequeña revolución solo consistía en que nos dejen en paz, un especie de anarquismo que fuimos inventando leyendo a Thomas Leary, Herbert Marcuse, Guy Debord y al Maharishi. ¿Por qué no íbamos a ocupar esos viejos edificios abandonados que seguían en pie desde el siglo XV o el XVI? ¿Por qué nos quitan los hogares? ¿Qué haremos con nuestras familias? Éste, nuestro barrio, nuestro mundo, el Nieuwmarkt, nunca será el mismo si logran construir esas atrocidades. De alguna manera, esperábamos el apoyo de los amsterdammers. Fuimos demasiado ingenuos. Ahora, mayo de 1982, aquellos que antes nos seguían con respeto y admiración se ríen de nosotros, “jóvenes viejos”, dicen en voz baja cuando nos ven pasar, “patéticos”. ¿No se dan cuenta que hoy son nuestras casas, éstas que ocupamos en nuestro derecho, que hoy es la construcción de este circo, de este edificio en donde planean instalar tanto la Ópera de la ciudad como la Legislatura, y mañana serán otras las conquistas arrasadas en nombre del progreso y el beneficio económico de este u otro constructor? Este país está bajo el poder de los constructores. Sólo quedará nuestra lucha por que se legalizara el cannabis, nuestra victoria a favor del uso de bicicletas en vez de automóviles contaminantes, y esta batalla en la que nos están venciendo a palos y balas de goma. Cada vez son más, han llegado los carros de asalto escupiendo hombres armados que se dispersan en todas direcciones, seremos los eternos derrotados. Ámsterdam era un pueblo tranquilo, desde la ocupación de los Nazis no se veía esto. Ya llego, Marieke, ya llego; siento el calor de los muslos al tomar velocidad. Estaban esperando esta momento, hace años que querían darnos duro, solo esperaban que saliéramos a la calle a protestar, a defender nuestro derecho a tener un lugar para vivir. Casi sin aliento alzo a Marieke de los hombros para seguir corriendo, huele a vómito y agua con limón para los ojos; dice mi nombre, Frans, en una exhalación entre agradecida y resignada. Juntos intentamos alejarnos cada vez más de los jinetes y sus bastones. Pasa un cartucho de gas cerca de nuestras cabezas y ya llegan los carros hidrantes por diferentes flancos. De un salto Marieke y yo caemos en el hueco del nuevo subterráneo, la única línea de Metro de la ciudad, ésta que comienza aquí y ahora en Waterlooplein. Caemos y con nosotros el gas, el agua helada, caemos redondamente hasta el fondo del hueco como en un sueño, se oyen las herraduras golpeando cerca contra el asfalto, acercándose. Caemos sin soltarnos hasta más allá de nuestros cuerpos, caemos en un corredor iluminado, el piso limpio de la estación Waterlooplein. Detrás de unos vidrios, venden boletos unas chicas pulcras y uniformadas en azul con motivos amarillos, los molinetes no cesan de hacer un ruido seco con los pasajeros que pasan a nuestro alrededor sin vernos con sus bolsos, sus maletines, sus trajes, raudos y ausentes hacia algún lugar. Busco a Marieke para chequear cómo se encuentra, si los golpes la dejaron malherida, pero no la encuentro a mi lado. Está de pié, quieta, pasmada frente a una gran imagen que ocupa las paredes de la estación, fotografías inmensas que recuerdan la  “Batalla de Waterlooplein”, como reza un cartel en un costado. Marieke llora en silencio al ver los cuerpos golpeados, los policías con sus bastones y caballos, la gente que corre desesperada e inmóvil por evitar la fuerza contundente del agua en suspenso que sale de los carros hidrantes. Marieke está de pie, con la mirada fija en aquella mujer que vomita encorvada sobre el empedrado y que es ella misma congelada en el tiempo de la fotografía, y se toca el rostro que ha envejecido y llora. Estoy desconcertado, no sé lo que sucede, Marieke me mira y veo en sus ojos y en su boca el paso real del tiempo. No entiendo. Arriba en el techo, un cartel luminoso indica que son las 17.30, que es diciembre, 19 de diciembre, y han pasado casi veinte años desde que caímos a este lugar. Hacia donde mire están estas grandes imágenes de la lucha que libramos a unos seis metros sobre nuestras cabezas, los escudos de mimbre de los uniformados, la gente saltando, huyendo de la represión. Esa juventud cercenada que odiaba la monarquía y todo lo que representara el poder perverso de los políticos de turno. Sobre las ventanillas de venta de pasajes, el sello de armas de la Reina, de la casa de Orange. El abrigo de cuero es más incómodo que nunca, a pesar de ser diciembre hace muchísimo calor. Me lo quito y corro hacia la escalera en busca de la superficie. El calor es cada vez más agobiante y húmedo. Desde arriba un hombre que parece conocerme me grita para que apure el paso, que los milicos vienen al galope por la avenida. El olor al gas lacrimógeno no se ha disipado y los gritos de la gente y las corridas se oyen con claridad. Aquel que parece conocerme me grita “¡Vamos, Martín, corré!”, y no reconozco el nombre aunque me siento aludido. El olor del gas es cada vez más penetrante, ya estoy cerca de la salida. Sobre mi cabeza, en el momento de saltar a la calle, un antiguo cartel de hierro forjado dice “Estación Piedras”. Se acerca un jinete de azul blandiendo su bastón para pegarme pero logro escabullirme corriendo por Avenida de Mayo con el aliento recuperado, sintiéndome cada vez más joven aun con el alma transida, corriendo hacia la 9 de Julio donde parece que vamos a reagruparnos. En cualquier momento declararán el estado de sitio.
©Fabián Russo

Oblivion



Uno es eso que acaba de olvidar, y es el instante siguiente que también ya está olvidado. El resto, imágenes imprecisas, sonidos difusos, aromas disueltos, palabras. Y, a pesar de todo, sé quién soy. No es un saber positivo, no busca articularse en nada ni pretende beneficiarme, no tiene una dirección. Tal vez ni siquiera sea un saber. Más bien, resulta cercano a una roca, o a las moléculas que hacen a la roca, o a aquello que interviene en la relación de esas moléculas para llegar a ser roca. Ser más que saber. Alguna vez un cínico, sintiéndose superior en su pequeñez, ironizó acerca de mi saber quién soy como acto de suerte hasta inmerecida poniendo en duda, claro, mi afirmación ya que, ignorante, creía que el que se conoce a sí mismo mágicamente resuelve sus contradicciones o, lo que es peor, acciona de ahí en adelante una voluntad que lo lleva a solucionar sus desencuentros consigo y con el mundo. No hay modo de transmitir el estupor que produce estar frente a la propia existencia si el otro no lo experimenta también. Eso que se conoce está olvidado y en su lugar habita un mito. Conocer es olvidar, sólo en la palabra puedo retener algo de aquello pero no su esencia volátil. Yo digo “sé” y soy. Él dice “sé” y sabe. Será por eso que se me hace imposible emprender la tarea de una autobiografía.

©Fabián Russo

Paul Auster



“Era el estilo de vida que de verdad le seducía y puedo entender por qué volvió a él después de su ruptura ma­trimonial. Cuando a un hombre la vida le resulta tolera­ble sólo si permanece en la superficie de sí mismo, es natural que se sienta satisfecho obteniendo esa misma superficie de los demás. Tiene que responder a pocas demandas y no necesita comprometerse. El matrimonio, por el contrario, le cierra esa puerta. La existencia queda confinada a un espacio estrecho en el que uno se siente forzado a mostrarse a uno mismo de forma constante y, por consiguiente, obligado a mirar hacia el interior de uno mismo, a examinar las profundidades de su propio yo. Cuando la puerta está abierta, nunca hay ningún problema, siempre es posible huir y uno puede evitar incómodas confrontaciones con uno mismo o con los demás simplemente marchándose.
(…) Dado que el ámbito del otro era irreal para él, hacía sus incursiones en él con la parte de si mismo que él consideraba igualmente irreal, su otro yo, al que había entrenado como actor para representarse a sí mismo en la frívola comedia universal. Este yo sustituto era en esen­cia una broma, un niño hiperactivo, un fabricante de historias fantásticas, incapaz de tomar nada en serio.
(…)Sole­dad como forma de retirada, para no tener que enfrentar­se a sí mismo, para que nadie más lo descubriera.

Su forma de hablar, como si hiciera un enorme esfuerzo para escapar de su soledad o como si su voz estuviera oxidada porque hubiera perdido el hábito de hablar.” 

Paul Auster, La invención de la soledad

jueves, 31 de diciembre de 2009

Pocas pulgas


Odiaba que le dijeran qué debía hacer. Y ya no era un chico. Solamente tenía poca paciencia para los que le indicaran, aunque más no fuera amablemente, cualquier cosa que tuviera que ver con lo que considerara parte de su territorio. Se solía decir que era fuerte de carácter para justificar con indolencia eso que para todos era un exceso, un mal adolescente que se le había instalado como el comerse las uñas o masturbarse demasiado. Lo cierto es que era insoportable ciertos días en que nada lo conformaba, y al primero que tuviera cerca se lo hacía sentir. Mientras más intentabas calmarlo o hacerlo entrar en razones, era peor el encarajinamiento. Unos días atrás no sé qué le había dicho Horacio, el vinero, un petiso de bigotes que levantaba los pedidos en los restaurantes y siempre tenía un chiste nuevo que contar. Era entrador el petiso Horacio, nunca supe el apellido, llegaba con una sonrisa que con sólo mirarlo te hacía cómplice de algo que todavía no sabías, entonces no importaba si el cuento era bueno, te reías nomás porque te estabas aguantando desde que cruzó la puerta. El caso es que aquella noche el único que no se reía era Alonso, lo miraba fijo al petiso Horacio como si le debiera algo; guita no porque el petiso estaba forrado con su negocio aunque no ostentaba. El otro día escuché por ahí que fue por una mina pero en ese caso la cagaba yo también porque estuve comiendo largo de ese bocado y el tipo nunca se mosqueó. Había otra cosa, ese era el tipo de tonterías que lo sacaban de quicio a Alonso y que lo hacían merquear de más. Pasaron unas semanas, era la de año nuevo. Yo había estado cenando en lo de una gente conocida de la mujer que tenía en esos días, terminamos de comer y a uno se le ocurrió que fuéramos a tomar unas copas a un bar que conocía cerca del Barri Gotic. Era chico el lugar, típica fonda, mesas en hilera, la barra al fondo en perpendicular, la cafetera a la izquierda ocupando un tercio del mueble, la caja al lado, un par de campanas de vidrio con tapas de ayer y bocatas de anteayer. Había de todo ahí, colombianos, uruguayos, chilenos, de los nuestros. Como me cayó bien de entrada la gorda que atendía, me le fui al humo, y más con los tragos que corrían como agua. En eso, entró Horacio, el vinero, con otros dos, los tres muy bien vestidos y, claro, riéndose. Saludos a discreción y se acercó a la barra a pedir lo suyo. Le conté que estaba por irme en unos días para Hamburgo y le cambió el tono de voz con el semblante. Me dijo que, si me interesaba, tenía un negocio para mí. Me quedé en silencio como para que no creyera que estaba desesperado y me ofreciera poco y nada. No esperó mucho hasta que se me acercó un poco más como elongándose, cosas de petiso, y dijo una sola palabra: “menores”. Tuve que hacer un esfuerzo mental para darme cuenta de qué se trataba y no sólo por el alcohol que venía tomando de toda la noche. Levanté la mirada y vi que la mujer con la que había llegado estaba en los brazos de un negro alto como un árbol que la meneaba en su salsa sin necesidad de música, vi a los de mi mesa que ya habían abierto un sobrecito nuevo, vi a la gorda que le pasaba un trapo a la superficie de la barra y casi me tocaba el codo, vi los ojos del petiso que me miraba esperando una reacción con el bigote levantado en media sonrisa, y vi -no sé cómo- que se acercaba Alonso de algún lado que no era la entrada ni el salón. Fue rápido. Se metió entre nosotros y agarró mi vaso, uno de esos vasos flacos para cerveza, lo rompió contra el borde del estaño y cruzó el filo por el cuello del vinero, de izquierda a derecha, dejándolo con la boca abierta y largando eructos. Alguien gritó que había que salir corriendo y el bar se vació de golpe. Yo estaba tieso de la sorpresa pero agarré el trapo que tenía la gorda en la mano y lo apreté contra la garganta del petiso Horacio por reflejo. La gorda me decía “te vas, te vas”. En algún momento me encontré en la calle y corrí en dirección contraria a todos los demás como hacían todos los demás. Volví de Alemania casi un año después y, aunque del tema no se hablaba, supe que Alonso estaba quemando crack en Carabanchel desde hacía unos meses por una estafa o algo así. Decían que estaba bien, que la hermana hablaba por teléfono con él casi todos los días y decía que estaba bien. Linda la hermana de Alonso, la tendría escondida por eso, es una morenita alta de ojos claros, me la señalaron el otro día en un restaurante argentino nuevo que pusieron cerca de las Ramblas, estaba de camarera. Al vinero nadie lo menciona aunque se extrañan sus chistes.

©Fabián Russo

jueves, 30 de julio de 2009

Topoi



De camino a la omnipresente estación de King’s Cross solía detenerme frente a la que fuera una de las casas que habitó Virginia Wolf en Bloomsbury, ahora convertida en la Virgina Woolf’s Hamburguers. Por extraño que parezca, esta falta total de sensibilidad por parte de los londinenses, o de quienes rigen los destinos de la ciudad, me pareció proporcional a su mal gusto. A pocas calles de allí se levanta un complejo habitacional, una especie de manzana rodeada por monobloques que tiene en el centro una plaza de cemento con un gran supermercado a un costado donde la verdura y las hortalizas están siempre fuera de condición, al que un amigo local llamaba “Polonia”, por su aspecto sucio, alienante, antiestético y peligroso en las noches frías y solitarias de aquel barrio. Él sólo intentaba trazar una dicotomía entre lo que comúnmente pudo haber sido Londres y en lo que se había convertido por la inmigración que trajo la caída del Muro de Berlín. De todos modos, los polacos no tenían mucho brillo según las mentes de los europeos que habían superado los cuarenta años. Esta nueva xenofobia provenía, como siempre, de miedos antiguos, de mitos que no encontraron justa representación, tal vez, en las mejores obras de arte de sus tiempos aunque sí en batallas militares y grandes planes de exterminio. De algún modo, había que matar al polaco o al yugoslavo o al marroquí o a todo aquel que pudiera tentarse en, por su sola presencia, modificar algo hacia el futuro. Tal vez, era como aquella prevención hacia sus seguidores argentinos de parte de Witold Gombrowicz cuando subía al avión de regreso a Europa: “¡Maten a Borges!”. El polaco, Londres, Borges. Borges y Witold. Dicotomías. Pudo Borges haberse sentado a la gran mesa de roble del edificio Canning, a metros de la amplia Embajada Argentina, como si de él dependiera la exportación de carnes, el pedido por un rey o el amor por Conrad, el polaco.
Entonces, andando por Bloomsbury, creí haber comprendido, del brazo de mi amigo, que yo formaba parte de esa idiosincrasia mientras me hallara en Londres. Ante mi comentario, Brian fue cortante no podés compararte, sos un hombre de mundo, y poniendo mi mejor sonrisa intenté hacerle creer que lo consideraba un cumplido. Había conocido el mundo, es cierto, mis viajes eran tema de tertulias en sobremesas y ya se me confundían por la mera repetición del relato. Mirando el suelo para conseguir que mi paso fuera firme sobre la humedad congelada, pregunté por qué una hamburguesería, a lo que Brian replicó:"¿hubiera sido mejor un loquero?" Pensé que la otra opción era una librería, pero me callé la boca al advertir el lugar común. Topoi. Entonces se abrió ante mi una paradoja que no pude más que compartir con Brian, quien, a esa altura, ya pregonaba con insistencia que entráramos en un pub a beber una buena cerveza negra y tibia; una ciudad es cambio permanente como sus ocupantes y la conservación de costumbres sólo puede mantenerse en la repetición, en los rituales. Entonces la simple observación puede dar una idea de qué es aquello a lo que los de un lugar se aferran para sostener una probable identidad. Como imágenes de una serie de espejos estáticos se suceden los pasos del ritual, horadando el camino tan transitado desde hace generaciones. El extraño allí es paria. El aire denso y cálido del pub nos envolvió como una madre egoísta y borracha. Nos sentamos en una mesa bastante retirada de un grupo que competía a los dardos sonoramente. Me pareció sugestivo el hecho de que un dardo se clavara a unos veinte centímetros de nuestra ubicación. Todo sería mi culpa, yo, que no tomaba del asa el balón que contenía mi cerveza y la rodeaba con mi mano enguantada. Sería tal vez por eso que las miradas iban y venían de nuestra pequeña mesa al fondo del salón Mi amigo Brian no me había prevenido acerca de esto tal vez porque no era importante y, por simple elegancia, no haría ningún comentario acerca de mi raro hacer. Ignorando lo que posiblemente estaba sucediendo, seguimos hablando con mi amigo de nuestros libros y nuestros viajes. En la conversación, quizás producto de la fuerte cerveza y el abrupto calor del lugar cuando entramos, mi mente empezó a divagar sin perder el hilo de la conversación. Este desdoblamiento me era posible desde la infancia y nadie jamás lo había notado; era como si repentinamente estuviera ya en otro lugar sin abandonar éste. Y, tal vez, era ése el gran lugar común en donde Polonia era posible, y la hamburguesería en Bloomsbury, y este pub caluroso con vidrios empañados: todo siempre está en otro lugar.


©Fabián Russo

domingo, 19 de julio de 2009

Grises mascarillas


Se sueña poco la tarde, y se desdice como una pluma que cae sobre el tejado gris de la ciudad en lluvia. Desdice su rito de soles y veredas transgrediendo el solitario hueco en que cerraba la siesta su color de mediodía. Ya no hay más nada de eso. Acaso quedan los plátanos, ya viejos y nudosos, esperando que llegue el limbo de su primavera para expulsar el polvo que retienen al paso del invierno. Lo que queda es un gris mal entrazado, un gris de veintiún siglos que hallan el cauce de su historia en rajaduras invisibles, sonoras. Los hombres ahora van encapsulados buscando aquel murmullo original que ya no los contiene, los oídos llenos de sonido, la mirada en homilía de un rito descarnado: el olvido de sí habilitando a ese otro que no es más que una máscara. La paradoja de que esta máscara no resuene, no amplíe la voz del alma, y se quede, mero cartón con elástico gastado y tres agujeros, un personaje eventual, ya no persona, bobo de kermesse.

©F.R.

sábado, 12 de abril de 2008

Vulcania loca


La fina película de hielo que se extendía sobre el campo verdoso y dorado en los flancos de las vías del tren que me llevaba a Bruselas espejaba en los charcos inmóviles el azul tenue del cielo boreal. Porque el azul celeste en el Norte no es tan profundo como en la pampa extensa que dejé al emprender el viaje, aunque esta llanura de la antigua Batavia podría confundirse con los campos del sur por su uniformidad e insistente horizonte. Placer secreto de viajero con tedio es este quedarse mirando en lontananza a paso veloz para que la ventanilla arme su tela de paisaje casi quieto mientras los párpados se vencen y los colores y las formas se acercan cada vez más a aquellos soñados por Monet. Viajaba solo, y ni siquiera compartía estos cuatro asientos cubiertos con una excelente imitación del terciopelo en tono rojizo cercano al de la tierra misionera de la que, seguramente, el diseñador nunca fue testigo. Aparte de mis libros, había en la mochila algo de ropa pero nada especial ya que este viaje, comenzado en Hamburgo días atrás, no tenía por objeto llevarme a ningún lado. Había decidido que, de ahora en adelante, gastaría el dinero que me quedaba de la herencia familiar en trenes, haciendo impensadas combinaciones, aunque no resultaría: en el fondo uno sabe que los ferrocarriles tienen su propia lógica y que es casi imposible apartarse de su agenda. Por lo tanto, esa mínima trampa me permitía sentir que no tenía rumbo y que era dueño de mi perdición, un ínfimo pecado burgués. Caía la tarde en gris y la nieve se ondulaba suavemente sobre los sembradíos de girasol con sus tallos secos y ardillas que corrían fugaces como almas marrones sobre las sábanas heladas y quietas tras los vidrios. El tren paró en una vieja estación cuyo nombre se ha borrado; algunos pasajeros bajaron con sus bártulos precisos y en orden, algunos han subido. Una vez recobrada la marcha, vuelto el guarda a revisar el pasaje, perdí mi solitaria estancia en movimiento ya que, apabullante, acomodó sus paquetes y se sentó una mujer de cabello caoba hasta la nuca y grandes ojos negros exactamente frente a mí. Luego de saludarnos con gestos sobrios y pequeños ademanes casi invisibles, ella cruzó las piernas en posición de loto y, abriendo un cuaderno muy usado, siguió escribiendo en él como si apenas recién hubiera dejado de hacerlo. Por un pudor aprendido en los viajes, hice lo posible por no mirar sus manos para adivinar lo que escribía, pero, sea tal vez una obcecada educación a medias traída de mi tierra o por celosa curiosidad, no pude más que notar que su piel era traslúcida, de un extraño color perlado, con anchas y poderosas venas que surcaban unos huesos largos en el dorso de que más parecían andariveles por donde corría la fuerza derramada en el bolígrafo y de ahí, en un salto imperceptible, al papel de aire raído. Aunque muy vestida, a la usanza de la desprolijidad urbana que se instalara en los setenta, era posible adivinar la delgadez de sus brazos, el pecho hueco, la espalda encorvada. Con trazos gruesos y redondos ella escribía endecasílabos en columnas sin pausa como en los poemas latinos que amaba Ezra Pound. Debían ser largos pensamientos en donde no cabían más que algunos silencios secretos ya que no parecía utilizar puntuaciones de ningún tipo en un fluir constante que encadenaba los versos a un tiempo imponentes por las curvas y las líneas manuscritas como también extáticos en su perfecto encolumnado. Tan azul la tinta dibujando en esa hoja sin renglones como savia que corre por el enramado de los dedos. Habrá sido por la presencia de mi mirada, ya fuera de todo control, que ella levantó la cabeza, hasta ese momento una línea blanca bordeada de una fina caspa entre el pelo lacio y bien peinado, mirándome con sus ojos oscuros, redondos y brillantes como fruta turca. Era una mirada mucho más insolente que la mía, dispuesta a pelear el derecho de su intimidad, como se mira a un posible sátiro enfundado en la piel de un mero oficinista. No atiné a disculparme por miedo a que fuera considerado como aceptación de una falta cometida. No pude sostener su mirada tampoco. Sin embargo, posando el bolígrafo sobre uno de sus muslos delgados, extendió su mano en busca de la mía sin quitarme los ojos de encima, directamente a los ojos.
- Me llamo Eloise- dijo en holandés con un fuerte acento francés de las Ardenas.
- Víctor...- respondí y sentí que ella era tremendamente frágil al tenerla tomada así, sus dedos apenas alcanzaban a rodear el ancho de mi mano y tuve que detener la usual firmeza al estrecharla cuando sentí aquella levedad.
Durante un largo rato no hubo más palabras entre nosotros aunque aquel simple contacto modificó completamente nuestra situación por lo que ya no habían mis ojos auscultándola sino simplemente mirando sus movimientos circulares al escribir y la nitidez de su piel pálida y tibia. En cierto momento, una media hora más tarde, cerró el cuaderno de golpe e irguiendo el torso y desperezando buscó mis ojos que ya sabía en ella y me ofreció una sonrisa tan amplia que sus magras mejillas se alzaron provocando hondas ojeras bajo la mirada fulgurante. Sonriendo también, señalé como lo haría un mono hacia el cuaderno ahora hecho un pequeño tubo en su mano izquierda.
- Endecasílabos.- solté como quien dijera “buenas tardes” o “así es la vida”. Ella asintió con la cabeza mientras en un acto de prestidigitación sorpresivo metió el cuaderno en un bolso de lona raído para sacar con la misma mano una manzana verde que, al ser mordida, hizo un ruido hondo y desaliñado que poco armonizaba con aquella pequeña mujer. Ya había anochecido y las luces interiores del vagón se reflejaban en la ventana devolviéndonos nuestra imagen; sin embargo, ella comía su manzana mirando hacia afuera lentamente. Me atreví a preguntarle si era poeta.
- No, sólo le escribo a un hombre que no sabe hablar.
- Entiendo. Es algo habitual entre mis congéneres. ¿Vas a Bruselas?
Pero ya se molestó por mi inquisitoria y lo supe por su cuerpo que pareció torcerse como aquellos troncos de los desiertos.
- Soy de Argentina y también voy a Bruselas.- dije intentando componer la atmósfera con un dato privado que tal vez ella no se animaría a pedir.
- No voy a Bruselas, no voy a ningún lado; me quedaré aquí hasta que él llegue.- dijo sin mirarme.
- ¿Aquí en el tren?
- Argentina...Argenteuil...No me encontrará en el Monasterio. Argenteuil. Debo volver a París. El querría hallarme ahí, sosteniendo nuestra cruz en la torre con almenas.-
Parecía desvanecerse en su pensamiento, pensé que tal vez moriría en ese instante. Busqué sus ojos que eran piedras relucientes y le pregunté qué es lo que él no sabe decir.
- Cualquier cosa, lo que sea, que no nos ha olvidado...- Tocó mis labios con sus finos dedos.-¿Por qué no hablas? ¿Por qué no dices que todavía existo?-
No sé si en las yemas sintió mi intención de ser aquel hombre y la impotencia de no encontrar las palabras pero su mirada trajo desde una húmeda profundidad aquel susurro.
- Abelardo...-
Y en aquel momento volvió a arrellanarse en su lugar de pana rojiza y sacó el cuaderno y siguió escribiendo, olvidándome, uno a uno esos endecasílabos encadenados en el silencio, arrojados a su destino, como el tren en el que andábamos con sus vagones y su quietud veloz entre el hielo y la nieve y la oscuridad.


©Fabián Russo, 2008

sábado, 15 de marzo de 2008

Línea N (Waterlooplein- Estación Piedras)





Espero que me alcance el aire. Ya dejé atrás doscientos metros y ahora solo me sigue un jinete. No me alcanza. Después de la próxima esquina podré esconderme en el umbral de la zapatería de van der Molen. Pesa el abrigo de cuero pero perdería segundos clave en quitármelo, el sudor baja por mi espalda. Los cascos del caballo cambian el ritmo y se resbalan contra el empedrado. El jinete sigue gritándome que me detenga y me insulta mientras más me alejo. Allá veo a Marieke, cayó al suelo. Un poco más, solo un poco más. Tengo que ayudarla, no puedo hacer como que no la veo y buscar refugio. Gano tiempo saltando sobre las baldosas rotas que les arrojamos y los cartuchos vacíos de los gases. No parece Ámsterdam. Pensar que desde hace veinte años venimos pudiendo sin enfrentamientos con la policía, nunca habían llegado tan lejos. Es cierto que el mundo ha cambiado, ya no son los ‘60 y nosotros, que fuimos antes que los hippies y toda la contracultura, nos vemos ahora en la disyuntiva de pelear por nuestros hogares con molotov en las manos y cadenas de bicicleta. Henk tenía razón, tal vez debíamos pertrecharnos mejor, pero cómo hacerlo sin traicionar nuestro ideal de libertad y no violencia. Nuestra pequeña revolución solo consistía en que nos dejen en paz, un especie de anarquismo que fuimos inventando leyendo a Thomas Leary, Herbert Marcuse y al Maharishi. ¿Por qué no íbamos a ocupar esos viejos edificios abandonados que seguían en pie desde el siglo XV o el XVI? ¿Por qué nos quitan los hogares? ¿Qué haremos con nuestras familias? Éste, nuestro barrio, nuestro mundo, el Nieuwmarkt, nunca será el mismo si logran construir esas atrocidades. De alguna manera, esperábamos el apoyo de los amsterdammers. Fuimos demasiado ingenuos. Ahora, mayo de 1982, aquellos que antes nos seguían con respeto y admiración se ríen de nosotros, “jóvenes viejos”, dicen en voz baja cuando nos ven pasar, “patéticos”. ¿No se dan cuenta que hoy son nuestras casas, éstas que ocupamos en nuestro derecho, que hoy es la construcción de este circo, de este edificio en donde planean instalar tanto la Ópera de la ciudad como la Legislatura, y mañana serán otras las conquistas arrasadas en nombre del progreso y el beneficio económico de este u otro constructor? Este país está bajo el poder de los constructores. Sólo quedará nuestra lucha por que se legalizara el cannabis, nuestra victoria a favor del uso de bicicletas en vez de automóviles contaminantes, y esta batalla en la que nos están venciendo a palos y balas de goma. Cada vez son más, han llegado los carros de asalto escupiendo hombres armados que se dispersan en todas direcciones, seremos los eternos derrotados. Ámsterdam era un pueblo tranquilo, desde la ocupación de los Nazis no se veía esto. Ya llego, Marieke, ya llego; siento el calor de los muslos al tomar velocidad. Estaban esperando esta momento, hace años que querían darnos duro, solo esperaban que saliéramos a la calle a protestar, a defender nuestro derecho a tener un lugar para vivir. Casi sin aliento alzo a Marieke de los hombros para seguir corriendo, huele a vómito y agua con limón para los ojos; dice mi nombre, Frans, en una exhalación entre agradecida y resignada. Juntos intentamos alejarnos cada vez más de los jinetes y sus bastones. Pasa un cartucho de gas cerca de nuestras cabezas y ya llegan los carros hidrantes por diferentes flancos. De un salto Marieke y yo caemos en el hueco del nuevo subterráneo, la única línea de Metro de la ciudad, ésta que comienza aquí y ahora en Waterlooplein. Caemos y con nosotros el gas, el agua helada, caemos redondamente hasta el fondo del hueco como en un sueño, se oyen las herraduras golpeando cerca contra el asfalto, acercándose. Caemos sin soltarnos hasta más allá de nuestros cuerpos, caemos en un corredor iluminado, el piso limpio de la estación Waterlooplein. Detrás de unos vidrios, venden boletos unas chicas pulcras y uniformadas en azul con motivos amarillos, los molinetes no cesan de hacer un ruido seco con los pasajeros que pasan a nuestro alrededor sin vernos con sus bolsos, sus maletines, sus trajes, raudos y ausentes hacia algún lugar. Busco a Marieke para chequear cómo se encuentra, si los golpes la dejaron malherida, pero no la encuentro a mi lado. Está de pié, quieta, pasmada frente a una gran imagen que ocupa las paredes de la estación, fotografías inmensas que recuerdan la “Batalla de Waterlooplein”, como reza un cartel en un costado. Marieke llora en silencio al ver los cuerpos golpeados, los policías con sus bastones y caballos, la gente que corre desesperada e inmóvil por evitar la fuerza contundente del agua en suspenso que sale de los carros hidrantes. Marieke está de pie, con la mirada fija en aquella mujer que vomita encorvada sobre el empedrado y que es ella misma congelada en el tiempo de la fotografía, y se toca el rostro que ha envejecido y llora. Estoy desconcertado, no sé lo que sucede, Marieke me mira y veo en sus ojos y en su boca el paso real del tiempo. No entiendo. Arriba en el techo, un cartel luminoso indica que son las 17.30, que es diciembre, 19 de diciembre, y han pasado casi veinte años desde que caímos a este lugar. Hacia donde mire están estas grandes imágenes de la lucha que libramos a unos seis metros sobre nuestras cabezas, los escudos de mimbre de los uniformados, la gente saltando, huyendo de la represión. Esa juventud cercenada que odiaba la monarquía y todo lo que representara el poder perverso de los políticos de turno. Sobre las ventanillas de venta de pasajes, el sello de armas de la Reina, de la casa de Orange. El abrigo de cuero es más incómodo que nunca, a pesar de ser diciembre hace muchísimo calor. Me lo quito y corro hacia la escalera en busca de la superficie. El calor es cada vez más agobiante y húmedo. Desde arriba un hombre que parece conocerme me grita para que apure el paso, que los milicos vienen al galope por la avenida. El olor al gas lacrimógeno no se ha disipado y los gritos de la gente y las corridas se oyen con claridad. Aquel que parece conocerme me grita “¡Vamos, Martín, corré!”, y no reconozco el nombre aunque me siento aludido. El olor del gas es cada vez más penetrante, ya estoy cerca de la salida. Sobre mi cabeza, en el momento de saltar a la calle, un antiguo cartel de hierro forjado dice “Estación Piedras”. Se acerca un jinete de azul blandiendo su bastón para pegarme pero logro escabullirme corriendo por Avenida de Mayo con el aliento recuperado, sintiéndome cada vez más joven aun con el alma transida, corriendo hacia la 9 de Julio donde parece que vamos a reagruparnos. En cualquier momento declararán el estado de sitio.
©Fabián Russo, 2008