miércoles, 16 de diciembre de 2009

La cena


La había tocado toda la tarde casi sin descanso, esa obsesión por tenerla en vilo estimulando su botón rosado de las maneras más inverosímiles que con los dedos pudiera. Le ardía, le dolía; hacía horas y horas que se había resignado a esa tortura de tener orgasmos sin sentido y después tener que simularlos para contento de aquel hombre. La embargaba el temor de que la matara o la devolviera en un vapor atestado a su país. El viejo -que lo era desde siempre- con un inglés balbuceante la buscaba entre las sábanas o hurgaba entre sus faldas y enaguas cuando le venía en gana someterla con sus dedos ásperos y anchos, de uñas mal cortadas oscurecidas por la tinta. Por la servidumbre en la casa y la correspondencia recibida, por el silencio a su paso en las calles (cuando salían en el carruaje y se arrellanaba a un costado para no ser vista), los insultos que podían entrar de las ventanas, era claro que aquel era un hombre importante o, por lo menos, temible. No lo registraba de otra manera. El amable trato protocolar mediante el cual la sedujo ese caballero, así como también a las hermanas de la escuela en donde vivía y trabajaba, que parecía provenir de una aristocracia lejana y antigua, derivó en este hombre de piedra, receloso y porfiado. La soledad le era insoportable, tan lejos de todo lo que conocía, en una tierra sin gracia y violenta, en una casa húmeda con olor a sangre. Las otras no habían sufrido este calvario, ni siquiera les había escondido la documentación de modo que cualquiera hubiera podido irse si así lo quería. Pero no con Julie. A pesar de su altura, parecía una mujer pequeña por la delgadez que inclinaba un poco su espalda y por su pecho plano, ajustado en un corsé cubierto por una camisa de hilo de Holanda. No cambiaba mucho su vestuario. Había sido educada en la rectitud de la tradición puritana de su país, la de los pioneros fundadores, y conservaba entre su ropa interior una pequeña edición de una Biblia que había pertenecido a sus abuelos, o eso decía el mito familiar. El contacto con ellos se había diluido en el tiempo desde que, pasada la primer infancia, fue enviada a vivir con sus tías, lejos de varones viciosos, para asegurar su educación y su virtud. Más tarde, dedicada de lleno a la docencia, acabó en una escuela en la que pupilos y maestras vivían bajo el mismo techo. Ellas, sus compañeras, se convirtieron fácilmente en sus hermanas. Pero ninguna de ellas estaba aquí a pesar de que, ante el ofrecimiento de viajar al fin del mundo para formar una nueva sociedad que sería la cuna del hombre nuevo, la obligaron a aceptar. Una mujer sola, sin familia, habrán pensado, no tiene nada que perder. Además, ellas recibían esas cartas perfumadas de papel colorido escritas por soldados amantes o primos lejanos de futuro matrimonio acordado por sus padres, lo que en la vida de Julie era solo un sueño. Así que, ya casi solterona, aceptó la invitación de este hombre rotundo que lograba seducir y convencer mediante un juego afilado entre la mirada profunda y la sonrisa campechana. Traía buenas recomendaciones y no viajaría sola, otras chicas serían parte de la aventura. Pero ninguna había sido elegida por él para su cuenta. Julie, con su piel casi traslúcida de mínimas pecas rojizas y el garbo flaco, apenas andaba por las calles barrosas de la ciudad, lo que aquí llamaban ciudad. Las mujeres criollas eran mucho más contundentes que ella y en las miradas alzaban un orgullo que lindaba con la herejía. Aquel hombre, con la excusa de no hacerle faltar nada, apenas le dejaba salir del caserón y era servida por un par de mujeres morenas, claras como algunos africanos de su tierra, que podían ser mestizas. Pasaba los días estudiando el castellano, reparando los vestidos que traía -aceptaba los regalos de aquel hombre pero sólo los usaba en su presencia-, escribiendo extensas cartas relatando meras imaginaciones para no inquietar con la verdad a su familia, con la que esperaba tender un nuevo vínculo aunque, por ahora, no había recibido respuesta, algo comprensible pensando en las distancias. Andaba solitaria y silenciosa por los cuartos hasta que el viejo venía con su espalda cansada y la voz tronante que, en un chapuceado inglés aprendido entre sus colegas masones -parecido al de un niño británico que padece la enfermedad de la vejez- le pedía sentarse a su lado en un gastado sofá que tampoco podía disimular el acoso del tiempo. Le acariciaba el largo cabello encendido haciendo resbalar las hebras entre sus dedos anchos y torpes. Aquellas manos eran de amo, no de amante. Bajaban del pelo a hundirse entre las ropas y, obediente a esa orden tácita, Julie se recostaba entre el respaldo y el apoyabrazos para facilitar el movimiento de esas garras que la artritis endurecía en las muñecas. Ella conocía ya cada una de las manchas que, en el techo, entre las vigas de quebracho rojo como su pelo, dibujaba la humedad insistente. Así, mudos, pasaban las tardes que él tenía libres para irse al anochecer rumbo a la casa que compartía con su hermana, su hija y su nieta, esas otras mujeres que nada sabían de la extranjera. Las noches de Julie eran largas y, por costumbre puritana, no era capaz siquiera de llamar a alguno de los sirvientes para conversar o compartir una taza de té. En esa soledad no había más que fantasmas y monstruos indecibles, productos de la ansiedad y del encierro. El viejo, aunque se tenía por amable, le había quitado toda libertad. Un hombre tan odiado y terrible tal vez no tenía otra manera de vivir un romance aunque más no fuera esta mala imitación, esta triste y penosa caricatura del amor. De ahí que Julie no tuviera un salvoconducto. Aquel hombre, el más influyente de esta tierra maldita, había logrado que ni siquiera exista un registro de su entrada al país. Los únicos papeles que daban fe de su presencia eran esas cartas que enviaba cada semana a sus padres que la creían disfrutando entre campos verdes florecidos y bosques de pino con lagos de cisnes y peces de colores. Ese era su único contacto con una realidad que le pertenecía y, por el temor de que el viejo también se la quitara, había hecho un pacto secreto con Paloma, la india que era negra, a cambio de entregarle, de vez en vez, encajes y telas obsequiadas a ella por aquel hombre que, de saber que acababan en negras manos, tal vez las hubiera hecho decapitar a las dos como, se contaba en la cocina, solía ser su modo de lidiar con quienes no eran de su agrado. Las noches eran largas y escribía cuidando que la pluma no dejara huellas en sus dedos evitando que el viejo sospechara de sus cartas; solía envolver la mano derecha en un pañuelo que luego escondía en el corpiño, allí donde el viejo jamás lo encontraría porque era una sola su obsesión. Aunque todavía virgen, el himen intacto, Julie no sentía su cuerpo como antes, en estos meses de reclusión había perdido contacto también con su inocencia. En lo que más notaba esa falta, sin embargo, era en los pensamientos que encallaban en medio de las noches que, en general, se cortaba con lejanos gritos ahogados o alaridos que se continuaban en cascos de caballos o carros que huían con frenesí. En aquellas oscuridades, la idea de matar al viejo la iluminaba, la enardecía. Después, fatalmente, se hundía en la culpa y, de rodillas sobre unas piedras ásperas que había recogido del jardín, rezaba ahogando el llanto hasta caer rendida de cansancio, pequeña en esa cama espaciosa, siempre sola.
Fue un día que, antes del amanecer, la despertó el estrépito de un carro que se alejaba de la casa, y hubo también movimientos y voces nerviosas en la cocina. Escuchó un grito corto y ahogado. Escuchó que el mulato cuidador de la casa dijo “¡Virgen santa!” mientras sonaban cajones y metales. La acostumbrada tensión pasiva que reinaba en la casa cambió en una agitada convulsión repentinamente. Envuelta en una robe pesada y áspera que había hallado en un ropero cuando se desató el invierno, fue hasta la cocina llevada por la curiosidad deteniéndose ante la puerta entreabierta para oír esas conversaciones cruzadas de tono agudo de las que apenas pudo distinguir algunas palabras a pesar de haber avanzado mucho en su español que, aquí se demostraba, adolecía de habla y se excedía en lectura. Finalmente, decidió pararse en el vano de la puerta como esperando que le permitiesen entrar. Alrededor de la gran mesa de algarrobo estaban Paloma, el mulato y la mujer del mulato con el gesto desencajado y sosteniendo su vientre redondo con las manos crispadas. Los tres la miraron con una mezcla de estupor y compasión que la hizo sentirse inmensamente débil. Pero recién se aflojaron sus rodillas cuando advirtió sobre la mesa una bolsa de arpillera que contenía algo más grande que una calabaza sobre una fuente de metal, rebosante en sangre hasta manchar la madera y surcar con hilos bermellón sus estrías. No supo si el acero helado que corrió por su espalda fue antes o después de haber pensado en otro acero cortando la garganta de su amo. Se apoyó contra el dintel de la puerta y, solícito, el mulato la tomó de un brazo para evitar su caída. Tras unos segundos se irguió repuesta, habrá sido cuando pasó por su mente la esperanza de la libertad. Por un instante sintió el aroma del heno en el granero, el suave crepitar del almidón en los delantales de su madre, el graznido de los cuervos en el maizal. Dudó una eternidad hasta que, con una mano delgada y temblorosa, hizo el gesto de descubrir el bulto sanguinolento. Las mujeres se alejaron apretándose la una contra la otra, lo que provocó en Julie el reflejo de cubrirse la boca con las manos aún antes de que se develara lo que la bolsa contenía. El mulato, entonces, con la delicadeza que da el asco, quitó lentamente la arpillera descubriendo una terrible cabeza de vaca con los ojos desorbitados y la lengua cayendo, como un animal obsceno que sale de otro. La escena era horrorosa y, a la secreta desazón que le ganó el alma por haber perdido nuevamente su libertad, le siguió un vómito amargo, bilioso, que intentó detener con las manos antes de desmayarse.
Segura de que todo formaba parte de un sueño, volvió a despertar tendida en su cama e hizo un gran suspiro, que parecía venir de muy lejos, conciente de las tensiones que provocaban esas pesadillas. Pero no tardó en sentir el gusto amargo en la boca. Abrió los ojos y notó que era de día, más allá de la mañana porque escuchaba movimientos en la casa y en la calle. Sus manos tocaron la seda que la envolvía, era el vestido azul oscuro que el viejo había traído de Francia. Alguien la vistió mientras dormía. Se incorporó y, frente al espejo, notó que hasta la habían peinado, ya que su larga cabellera roja era contenida por unas peinetas de carey haciendo un marco fabuloso a su mirada verde y lejana. En el espejo, detrás de ella, Paloma entraba al dormitorio para anunciarle que habría una cena y que los invitados llegarían en un par de horas; el anfitrión se hallaba en la cocina supervisando el banquete. Julie la miró impávida desde el reflejo, Paloma se acercó hasta ella y le tomó la mano delicadamente, por un instante, antes de volver a sus tareas. Debía ser un día muy especial, aquel hombre nunca había invitado a nadie a la casa y, menos aún, compartido en público el mismo espacio físico con ella, de quien nadie debía saber. Fue al comedor donde la platería estaba dispuesta sobre la mesa y candelabros con velas de sebo aun no encendidas ocupaban sendos lugares. Algunos candiles habían sido agregados a los que usualmente había en las paredes. Vendrían cuatro personas, si contaba con la presencia del viejo y la propia en la mesa. Se preguntaba dónde habría de sentarse, si a la izquierda del hombre o en la contracabecera. Paloma entró con una jarra de vino que puso en la mesa y la miró de reojo, apenas sonriendo, mientras salía por la puerta abierta de la cocina un olor indescriptible, nauseabundo, especiado con laurel y tomillo. El viejo estaba arremangado, con el gesto exultante que tenía cada vez que pergeñaba algún discurso de su senaduría, frente al horno de barro haciendo indicaciones a la mujer del mulato que asentía con ojos desorbitados y la piel verdosa que tienen los morenos al empalidecer. Al verla fue hacia ella, bajándose las mangas de la camisa blanca, halagando lo bella que la hacía ese vestido. La tomó del brazo e, impidiendo que pusiera un pié dentro de la cocina, la llevó al comedor para explicarle el evento. Vendrían unos amigos –fue la primera vez que escuchó esa palabra de su boca- a cenar, y los agasajaría con una receta propia, fruto de su creatividad culinaria. Tal vez, leyó en la mirada de Julie eso que, por verborrágico, no le permitió decir, por qué aquí y por qué con ella presente. El viejo, bajando su terrible mirada, dijo en voz muy baja que estaba harto de que bromearan con él llamándole “Dominga solterona”. Julie no supo si tenerle piedad o reírse a carcajadas. Prefirió quedarse en silencio pero en un silencio diferente, como si repentinamente su vulnerabilidad hubiera desaparecido, esa sensación que endereza la espalda aunque nadie lo note. Él estaba tan ansioso con los preparativos que la dejó ahí, de pie, mientras iba y venia de la cocina al comedor dando órdenes que parecían sin sentido por el exceso. Mientras tanto, el viejo le decía a Julie que era una buena oportunidad la de esa noche para practicar el castellano que estudiaba, aún cuando nunca hablaba esa lengua con ella y jamás se había interesado por saber cómo lo hablaba. También, contaba que aquellos amigos que vendrían eran viejos compañeros de armas, colegas de la política y la logia. Julie sólo reconocía el nombre de Mitre por ser inglés y porque sonaba en algunas conversaciones que captaba de oídas. En Nueva York los caballeros tenían por moda vestirse con unos pantalones llamados Mitre. Pasaban las horas y, cerca de la llegada de los invitados, el viejo fue a cambiarse volviendo a aparecer con una chaqueta de pana del mismo tono azul que el vestido de Julie, camisa con pechera y corbatín de lazo. El olor terrible, a quemado, que llegaba de la cocina, hacía casi irrespirable la estancia pero, por discreción, el viejo prohibía que se abrieran las ventanas. Pasaban las horas y, ya sentado a la cabecera de la mesa, con el rostro hundido entre profundas arrugas de permanente contrariedad ahora exacerbada por la evidente ausencia de sus invitados, hizo sentar a Julie al otro extremo de la mesa y ordenó traer su creación en un gesto de Baco vencido por su propia decadencia. Las dos morenas trajeron la bandeja humeante que dejaron a la derecha de aquel hombre de furia contenida. Julie reprimió un gemido de espanto. El viejo, en ademán ampuloso, dijo en tono grave y enérgico:
-¡Tête de Veau a la Sarmiento!
Sobre la mesa se hallaba la cabeza de vaca cubierta por una masa de harina quemada, negra y maloliente, que, al ser cortada con un cuchillo curvo por el viejo, dejó salir un denso vapor y un relleno acuoso que se derramó sobre la fuente. Con el flanco del cuchillo, el viejo golpeó la masa arrebatada y endurecida, dejando a la vista la cabeza infame, los ojos negros fuera de sus cuencas y la lengua hinchada y marrón que asomaba de entre los dientes de una mandíbula desencajada. El hombre, de ceño enjuto, sin decir palabra, hacía los honores a su comida siniestra con una elegancia que intentaba la apostura de un caballero inglés a la hora del té. Estaba y no estaba allí. Paloma, que asistió con horror a esa extraña cirugía desde un costado, alejada de la mesa, reaccionó al gesto del viejo para que le alcanzara el plato de Julie como si un relámpago le hubiera recorrido la piel. Ambas mujeres se vieron a los ojos y, con resignación, Paloma le alcanzó el plato a su amo. Ante Julie humeaba un extraño mazacote compuesto por un adobo marrón, trozos de piel, un trozo de lengua, la mitad de un ojo que parecía un huevo quemado, papas y batatas. Hubo un largo silencio en la mesa. Tras servir sendas copa con un vino tinto casi negro, Paloma dejó la jarra cerca del viejo y salió del comedor. Él no la miraba, los ojos estaban clavados en el monstruo abierto de la fuente. El silencio se hundía en los platos humeantes hasta que aquel hombre dijo, casi con displicencia y en un francés patético, “bon appetit”. Fue en ese momento que, liberando una fuerza indescriptible y con el tono más amable que de sí misma conocía, Julie respondió:
- Bon appetit, Dominga solterona.
El viejo quedó estupefacto, de algún modo le sobrevino una inexplicable sordera, levantó el cuchillo amenazante con la misma mano con la que estimulaba por las tardes el sexo de Julie durante horas buscando, una y otra vez, que no dejara de tener orgasmos para su propio placer de patrón impotente. Ella, sin el más mínimo gesto en el rostro, con un leve ademán dejó caer la servilleta de hilo sobre el plato alucinante, se puso de pié y salió por un corredor hacia la puerta principal ganando la calle.

Unas semanas después, declarada “loca vagabunda” por la policía y los médicos, Julie fue internada en la Convalecencia, el Hospital de Mujeres Dementes en los Altos de San Pedro, cerca de la boca del Riachuelo, con identidad desconocida. Se cuenta que allí terminó sus días muchos años después. También por esos días, mientras las mujeres del viejo hacían el equipaje antes de partir al Paraguay, la nieta halló en un caja el atado de cartas en inglés sujetas por una cinta de seda azul que, por no comprender el idioma, quemó en la fogata junto a otros muchos papeles que el viejo no quería llevar a su exilio final.

©Fabián Russo

jueves, 1 de octubre de 2009

Otro Tango / La última curda

Con el trago de ron aceitando
el reumático azul de su aliento
sale uno a cantar tangos lerdos
aunque nadie festeje su bardo.

Ronda un frío fatal, y en las bocas
una fiebre de adioses bailados.
En el salto mortal de sus pasos
hay un tanto de amor que se implora.

Sigue el hombre contando su herida
“y la vista clavada en un sueño”,
la corbata raída y el tiempo
latigando en la luz amarilla.

No son muchos, apenas bastantes,
los que van abrazados y en celo,
si parece que fueran muñecos,
como dice el poeta, el cantante.

Nadie oye, la voz va por dentro,
ya no importa el que canta o si el aire
se ha mezclado en el místico baile
desatando del Tango el Misterio.


©Fabián Russo




Escrito y grabado un dia del invierno del '96 junto al gran Hernán Ruiz en guitarra.

sábado, 22 de agosto de 2009

Hacia su sino


a Hebe Solves, in memoriam.

Una voz
el hombre
que se halla en mí
el que soy
y habito
Una voz
que alza montañas
y deja al corazón desierto
ansiando vinos densos
de bocas y senos y pieles
pintadas para mi gusto
para mi satisfacción

La voz, ésa
éste hombre
que anda sus calles
ritmando el paso con la lluvia
el alma tensa
el cuerpo vulnerable

Una voz.


©Fabián Russo

jueves, 30 de julio de 2009

Topoi



De camino a la omnipresente estación de King’s Cross solía detenerme frente a la que fuera una de las casas que habitó Virginia Wolf en Bloomsbury, ahora convertida en la Virgina Woolf’s Hamburguers. Por extraño que parezca, esta falta total de sensibilidad por parte de los londinenses, o de quienes rigen los destinos de la ciudad, me pareció proporcional a su mal gusto. A pocas calles de allí se levanta un complejo habitacional, una especie de manzana rodeada por monobloques que tiene en el centro una plaza de cemento con un gran supermercado a un costado donde la verdura y las hortalizas están siempre fuera de condición, al que un amigo local llamaba “Polonia”, por su aspecto sucio, alienante, antiestético y peligroso en las noches frías y solitarias de aquel barrio. Él sólo intentaba trazar una dicotomía entre lo que comúnmente pudo haber sido Londres y en lo que se había convertido por la inmigración que trajo la caída del Muro de Berlín. De todos modos, los polacos no tenían mucho brillo según las mentes de los europeos que habían superado los cuarenta años. Esta nueva xenofobia provenía, como siempre, de miedos antiguos, de mitos que no encontraron justa representación, tal vez, en las mejores obras de arte de sus tiempos aunque sí en batallas militares y grandes planes de exterminio. De algún modo, había que matar al polaco o al yugoslavo o al marroquí o a todo aquel que pudiera tentarse en, por su sola presencia, modificar algo hacia el futuro. Tal vez, era como aquella prevención hacia sus seguidores argentinos de parte de Witold Gombrowicz cuando subía al avión de regreso a Europa: “¡Maten a Borges!”. El polaco, Londres, Borges. Borges y Witold. Dicotomías. Pudo Borges haberse sentado a la gran mesa de roble del edificio Canning, a metros de la amplia Embajada Argentina, como si de él dependiera la exportación de carnes, el pedido por un rey o el amor por Conrad, el polaco.
Entonces, andando por Bloomsbury, creí haber comprendido, del brazo de mi amigo, que yo formaba parte de esa idiosincrasia mientras me hallara en Londres. Ante mi comentario, Brian fue cortante no podés compararte, sos un hombre de mundo, y poniendo mi mejor sonrisa intenté hacerle creer que lo consideraba un cumplido. Había conocido el mundo, es cierto, mis viajes eran tema de tertulias en sobremesas y ya se me confundían por la mera repetición del relato. Mirando el suelo para conseguir que mi paso fuera firme sobre la humedad congelada, pregunté por qué una hamburguesería, a lo que Brian replicó:"¿hubiera sido mejor un loquero?" Pensé que la otra opción era una librería, pero me callé la boca al advertir el lugar común. Topoi. Entonces se abrió ante mi una paradoja que no pude más que compartir con Brian, quien, a esa altura, ya pregonaba con insistencia que entráramos en un pub a beber una buena cerveza negra y tibia; una ciudad es cambio permanente como sus ocupantes y la conservación de costumbres sólo puede mantenerse en la repetición, en los rituales. Entonces la simple observación puede dar una idea de qué es aquello a lo que los de un lugar se aferran para sostener una probable identidad. Como imágenes de una serie de espejos estáticos se suceden los pasos del ritual, horadando el camino tan transitado desde hace generaciones. El extraño allí es paria. El aire denso y cálido del pub nos envolvió como una madre egoísta y borracha. Nos sentamos en una mesa bastante retirada de un grupo que competía a los dardos sonoramente. Me pareció sugestivo el hecho de que un dardo se clavara a unos veinte centímetros de nuestra ubicación. Todo sería mi culpa, yo, que no tomaba del asa el balón que contenía mi cerveza y la rodeaba con mi mano enguantada. Sería tal vez por eso que las miradas iban y venían de nuestra pequeña mesa al fondo del salón Mi amigo Brian no me había prevenido acerca de esto tal vez porque no era importante y, por simple elegancia, no haría ningún comentario acerca de mi raro hacer. Ignorando lo que posiblemente estaba sucediendo, seguimos hablando con mi amigo de nuestros libros y nuestros viajes. En la conversación, quizás producto de la fuerte cerveza y el abrupto calor del lugar cuando entramos, mi mente empezó a divagar sin perder el hilo de la conversación. Este desdoblamiento me era posible desde la infancia y nadie jamás lo había notado; era como si repentinamente estuviera ya en otro lugar sin abandonar éste. Y, tal vez, era ése el gran lugar común en donde Polonia era posible, y la hamburguesería en Bloomsbury, y este pub caluroso con vidrios empañados: todo siempre está en otro lugar.


©Fabián Russo

domingo, 19 de julio de 2009

Grises mascarillas


Se sueña poco la tarde, y se desdice como una pluma que cae sobre el tejado gris de la ciudad en lluvia. Desdice su rito de soles y veredas transgrediendo el solitario hueco en que cerraba la siesta su color de mediodía. Ya no hay más nada de eso. Acaso quedan los plátanos, ya viejos y nudosos, esperando que llegue el limbo de su primavera para expulsar el polvo que retienen al paso del invierno. Lo que queda es un gris mal entrazado, un gris de veintiún siglos que hallan el cauce de su historia en rajaduras invisibles, sonoras. Los hombres ahora van encapsulados buscando aquel murmullo original que ya no los contiene, los oídos llenos de sonido, la mirada en homilía de un rito descarnado: el olvido de sí habilitando a ese otro que no es más que una máscara. La paradoja de que esta máscara no resuene, no amplíe la voz del alma, y se quede, mero cartón con elástico gastado y tres agujeros, un personaje eventual, ya no persona, bobo de kermesse.

©F.R.

miércoles, 1 de julio de 2009

Memoria con Pina Bausch



Hace once años atrás, en Wuppertal, ella se deslizaba descalza sobre una gigantesca pista de baile. Era su cumpleaños. Desde el escenario, veía su figura menuda y ágil como un delfín bailando los tangos que hacíamos con la orquesta Veritango, dirigida por Alfredo Marcucci. No dejaba de concentrarme en la canción mientras seguía hipnotizado por Pina Bausch bailando tangos en su cumpleaños. Si hubo algo que sí me quitó del ensueño fue aquel momento en que Teté Rusconi, milonguero de fuste, me agarró de los pies apoyándose en el proscenio diciendo “¡vamos, gordo, esa!” en medio de Suerte loca. Porque en aquel cumpleaños estaba Teté, estaba Juan Carlos Copes, que bailó con su hija toda la noche, simplemente caminando por el círculo exterior como si no quisiera ser reconocido o por respeto a aquella a la cual se le hacía el homenaje. Había mucha gente. Al término del concierto –cuando me acercan a la gran coreógrafa para saludarla- se me ocurrió decirle por lo bajo que, entre esa multitud, estaba Copes, y no tuve que explicarle quién era. Ella me hizo un guiño cómplice y yo, que no bailo nada, terminé en la pista con ella en un tango. Hice lo que pude, caminé con Pina Bausch pegada a mi cuerpo sin creer completamente lo que estaba sucediendo. Así fue que nos fuimos acercando al maestro y, terminado el tango, hice las introducciones pertinentes. Así fue que Copes y Pina Bausch bailaron. A esa altura, Teté, al otro lado del gran salón de la Escuela de Danzas de Wuppertal, ya estaba organizando la trasnoche en café Ada, muy cerca de allí.

©F. Russo

viernes, 26 de junio de 2009

Hace siete años



Hay veces en las que se me complica más de lo habitual explicar a mis amigos en otras latitudes (algunas boreales, otras australes, social o geográficamente) cómo es la vida en un país neo-colonizado. Porque en éste, como en tantos otros, nunca se llevó a cabo una descolonización, sólo hubo cambio de amos. Y de allí en adelante, el futuro o eso que llamamos la historia nacional. Difícil explicar de qué se trata esto de que una corporación política, cimentada en la filosofía de “mejor ser cabeza de ratón que cabeza de león”, que tanto repetía mi viejo como si fuera una gran máxima que me guiaría en el camino de la argentinidad –claro, una sin gloria-, llegado el momento de la charada electoral para seguir argumentando que se vive en democracia, ésa en donde se vota lo que te permiten votar; que esa corporación, sigo, sea siempre la misma, y que sea tan respetuosa de la estructura federal/unitario. El poder que se negocia entre gobernadores, caudillos, señores feudales del siglo XXI; el poder que se negocia entre terratenientes, la burguesía, los oligarcas, los banqueros; ambas facciones que negocian entre sí y, en sus acuerdos, esas sombras patéticas que andan por las calles muñidos de maletines y apuros, esas otras que aran inmensidades, esas otras de biología binaria frente a monitores centelleantes. Hoy, hace unos años atrás, recuerdo estar parapetado atrás de quién sabe qué auto o cartel mientras veía a una señora ama de casa en la puerta de su edificio en la avenida Callao con un balde de agua y limón para que rehogáramos allí los pañuelos y así apaciguar los efectos del gas lacrimógeno –me impactó esa señora sabiendo acerca de eso-, hoy esa tarde, si es posible esta gramática, morían Kosteki y Santillán. Se me hace difícil explicarle a mis amigos de otros lares lo ridículos que podemos ser los argentinos, lo disciplinados en la desmemoria, lo cómodos, lo cínicos que podemos ser, lo desvergonzados al seguir creyendo que es mejor ser “vivo” a “inteligente” (que tantas veces me reprochan esa falta de fe de mi parte), qué fóbicos al creer y creer y creer. ¡Qué se yo, como decía Borges acerca de su identidad como poeta, “menos que un cantor de tangos”! Se me complica a veces explicar y, encima, siendo menos que Borges.
©Fabián Russo

domingo, 3 de mayo de 2009

Paul Célan,Tango y Fuga de la muerte



Fuga de muerte



Leche negra del alba la bebemos al atardecer

la bebemos al mediodía y a la mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos
Cavamos una fosa en los aires allí no hay estrechez
En la casa vive un hombre que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarete
lo escribe y sale a la puerta de casa y brillan las estrellas silba llamando a
sus perros
silba y salen sus judíos manda cavar una fosa en la tierra
nos ordena tocad ahora música de baile
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos de mañana y al mediodra te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
En la casa vive un hombre que juega con las serpientes que escribe
que escribe al oscurecer a Alemania tu cabello de oro Margarete
Tu cabello de ceniza Sulamita cavamos una fosa en los aires allí no hay
estrechez.
Grita cavad más hondo en el reino de la tierra los unos y los otros cantad y tocad
echa mano al hierro en el cinto lo blande tiene ojos azules
hincad más hondo las palas los unos y los otros volved a tocar música de baile.
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodra y a la mañana te bebemos al atardecer
bebemos y bebemos
un hombre vive en la casa tu cabello de oro Margarete tu cabello de
ceniza Sulamita él juega con serpientes.
Grita tocad más dulcemente a la muerte la muerte es un amo de Alemania
grita tocad más sombríamente los violines luego subiréis como humo en el aire
luego tendréis una fosa en las nubes allï no hay estrechez
Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodia la muerte es un amo de Alemania
te bebemos al atardecer y a la mañana bebemos
y bebemos la muerte es un amo de Alemania su ojo es azul
te alcanza con bala de plomo te alcanza certero
un hombre vive en la casa tu cabello de oro Margarete
azuza sus perros contra nosotros nos regala una fosa en el aire
acosa con las serpientes y sueña la muerte es un amo de Alemania
tu cabello de oro Margarete
tu cabello de ceniza Sulamita.

Traducción del alemán de Jesús Muñarriz

Tras la caída de la república de Weimar en Alemania, se produce la llegada al poder del Nazismo que intenta borrar toda huella de las tendencias que lo antecedieron prohibiendo, por ejemplo, al Jazz. A pesar de haber compartido con la música negra norteamericana el espacio teatral de aquellos tiempos, el Tango ocupa ese eventual vacío. El Tango se volverá a escuchar y bailar tanto en Alemania como en los territorios ocupados. Más allá de las orquestas europeas con acordeones y ritmo extremadamente rígido a cargo de músicos europeos, la Waffen SS contrataba a la orquesta argentina Bianco-De Ambroggio que hacía giras por diferentes países. El tango Plegaria, de Eduardo Bianco, era el preferido por los oficiales nazi al punto de que los músicos judíos eran obligados a tocarlo durante los trabajos, marchas, castigos y ejecuciones en el campo de exterminio de Janowska, cerca de Czernowitz en Rumania, suceso que queda documentado en los versos de Fuga de la muerte de Paul Célan, uno de los más grandes poetas del siglo XX, quien pasó allí su adolescencia viendo morir a su familia.

(Extraído de TANGO EN LOS PAISES BAJOS http://www.10tango.com/notas/13236-%3E%3B+TANGO+EN+LOS+PAISES+BAJOS)

©Fabián Russo

sábado, 3 de enero de 2009

Nietzsche y los rayos catódicos


Leyendo el prólogo del Aurora de Nietzsche es posible inferir, o entre-leer, que estaba teniendo ya la visión de que el siglo XX sería el de los individuos, del sujeto asido a su diferenciación de la masa, sujetando y siendo sujetado por el espacio vacío que lo une al otro; tan fuertemente que el otro, los otros, puede devenir en “los demás”, lo que están de más, ya que se erige el culto al yo, a la conciencia del existir en el mundo según los valores que el mundo propone y no en una meditación profunda respecto de la existencia. No se existe sin el otro. Sin embargo, el gran tema del siglo ha sido la relación del ser humano consigo mismo. Como no hay pensamiento que surja de modo solitario en la cultura, el Rimbaud adolescente había anunciado aquello de “¡Qué siglo de manos!” y en Victor Hugo aparece ya esa mirada que apunta hacia laberintos de la moral tal como también lo hace Dostoievsky con su Rashkolnikov o aquel autorretrato de El jugador. Al mismo tiempo, cerrando el siglo de las manos, surgen las corrientes teosóficas que intentan ocupar el lugar que las religiones superiores de Occidente habían abandonado mucho tiempo atrás en una combinación de elementos tanto del hinduísmo, antiguos rituales egipcios y creencias paganas nórdicas que influirían tanto en el surgimiento del Nazismo como en la aparición de Krishnamurti, en el otro extremo. El siglo XX nos ha dejado, tras la caída que anunciaba Nietzsche, un hundimiento mayor del que pudo haber imaginado. Aquel dios que había muerto, aquella moral que ya no “ligaba” al hombre consigo mismo por lo que se erige como adorador y adorado, aparece ahora (desde los años 50) en la forma del televisor que, según Peter Sloterdijk, es la última técnica de meditación de la humanidad tras la caída de las religiones tradicionales. Ya nueve años del siglo XXI, leo el prólogo del Aurora mientras siguen estallando los fuegos artificiales y algún pibe enmascarado dispara un tiro que, tarde o temprano, inadvertido entre el bullicio, le pegará en el pecho en un eterno retorno.


FR

jueves, 25 de diciembre de 2008

A un cínico


Uno es eso que acaba de olvidar, y es el instante siguiente que también ya está olvidado. El resto, imágenes imprecisas, sonidos difusos, aromas disueltos, palabras. Y, a pesar de todo, sé quién soy. No es un saber positivo, no busca articularse en nada ni pretende beneficiarme, no tiene una dirección. Tal vez ni siquiera sea un saber. Más bien, resulta cercano a una roca, o a las moléculas que hacen a la roca, o a aquello que interviene en la relación de esas moléculas para llegar a ser roca. Ser más que saber. Alguna vez un cínico, sintiéndose superior en su pequeñez, ironizó acerca de mi saber quién soy como acto de suerte hasta inmerecida poniendo en duda, claro, mi afirmación ya que, ignorante, creía que el que se conoce a sí mismo mágicamente resuelve sus contradicciones o, lo que es peor, acciona de ahí en adelante una voluntad que lo lleva a solucionar sus desencuentros consigo y con el mundo. No hay modo de transmitir el estupor que produce estar frente a la propia existencia si el otro no lo experimenta también. Eso que se conoce está olvidado y en su lugar habita un mito. Conocer es olvidar, sólo en la palabra puedo retener algo de aquello pero no su esencia volátil. Yo digo “sé” y soy. Él dice “sé” y sabe. Será por eso que se me hace imposible emprender la tarea de una autobiografía.
F.R.

martes, 21 de octubre de 2008

Bardos


“En la antigua Irlanda el ollave, o maestro en poesía, se sentaba al lado del rey a la mesa y tenía el privilegio, que nadie más que la reina poseía, de llevar seis colores diferentes en sus ropas. La palabra «bardo», que en la Gales medieval equivalía a maestro en poesía, tenía un significado diferente en Irlanda, donde significaba un poeta inferior que no había pasado por los «siete grados de la sabiduría» que lo convertían en un ollave tras un curso muy difícil de doce años. La posición del bardo irlandés es definida en la Sequel to the Crith Gabhlach Law del siglo VII: «Un bardo es quien no posee más intrucción legal que la de su propia inteligencia»; pero en el posterior Book of Ollave (incluido en el Book of Ballymote del siglo XIV) se dice claramente que el hecho de haber llegado al séptimo año de su educación poética daba derecho a un estudiante a la dignidad de bardo. Había aprendido de memoria sólo la mitad de los cuentos y poemas prescritos, no había estudiado la prosodia avanzada ni la composición métrica y era deficiente en el conocimiento del goidélico antiguo. Sin embargo, el curso de siete años que había seguido era mucho más severo que el que se imponía en las escuelas poéticas de Gales, donde los bardos ocupaban una, posición proporcionadamente inferior. Según las leyes galesas, el Penkerdd, o bardo principal, era sólo el décimo dignatario de la Corte, se sentaba a la izquierda del heredero forzoso y se le reconocía la misma dignidad que al Herrero Mayor.
de La Diosa Blanca, Robert Graves

martes, 14 de octubre de 2008

Paraiso, refugio, música


La idea de pensar acerca de un Refugio Perdido en lugar del Paraíso Perdido miltoniano, es un paso reciente que aborda la Filosofía desde hace unos cuarenta años. El hombre sin refugio, arrojado hacia adelante en una escena que surge desde la tierra y sus ciclos, es parte esencial de la idea de Da Sein en Heiddegger. El paradigma allí es el mismo de los últimos siglos, el hombre expulsado y su relación con la Naturaleza. La palabra será, entonces, la única casa del Ser. Este racionalismo humanista se mantuvo durante siglos como la puerta de acceso a la Filosofía aunque, ya en tiempos de entreguerras, llevara al existencialista alemán a abrazar y alimentar tigres nazis basándose en la herencia y la tradición, como es dable en un pensamiento que tiene por base una interpretación agrícola de la existencia. En el momento en que lo que está perdido no es el Paraíso sino el Refugio, cambia la escena que encuadra la escena primera. Ya no el paraíso que la tradición oral o escrita, religiosa o histórica, tomaran como referencia para un probable “regreso” basado en el respeto por ciertas leyes según el discurso de que trate, sino el refugio al que es imposible volver, expulsados de una vez y por todas del vientre materno. Es un refugio de la imposibilidad, de esa expulsión no se vuelve como no se vuelve a la caverna original de nuestros antepasados. Del mismo modo, expulsado de la Naturaleza el hombre se vio desnudo frente a su imperfección y tendió alianza con su congénere dando paso a la horda primitiva en alabanza de la Diosa. Esta alabanza sirvió para crear la cohesión necesaria de la horda, cohesión que se produjo por medio de los himnos y los cantos sagrados. La música, paralelo tonal del mundo emocional según Sloterdijk -quien trae la idea desde Pitágoras-, es aquello que suplió el silencio de la expulsión original. Silencio que, por no poder todavía decodificar otros sonidos, deviene de no oír más el murmullo materno dentro del vientre. Silencio que, a la vez, intentamos obliterar por medio de la música constante, ya no sagrada, porque ahí se encuentra nuestro ser pero pesa más la expulsión y la angustia que buscamos callar aturdiéndonos “en tiempos donde nadie escucha a nadie”.

©F.Russo

Ahí viene la cana

Ha fallecido el comisario Racana, que diera origen con su nombre a la imagen «¡ahí viene la cana!».
Así se lo contó, en cierta oportunidad a Josué Quesada el dicho comisario, quien narra que cuando era oficial inspector, se había hecho popular en ciertos barrios por sus razias contra los malandrinos. Y los chicos, en cuanto a la distancia veían aparecer la popular figura del comisario, lanzaban el grito de alarma: «¡Ahí viene Racana!».
Pero tanto usaron al apellido que éste terminó por desgastarse y la R y la A se fusionaron en «la».

Roberto Arlt, 1929.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Nuevo Blog


Un nuevo blog dedicado especialmente al Canto en el Tango. Anticipando la próxima publicación del libro El Tango Cantado (una lectura acerca de la Escuela Gardeliana) por Ediciones Corregidor, este nuevo espacio en la red está dirigido a todos los que sienten curiosidad por los diferentes aspectos que hacen al arte de la interpretación de los tangos cantados, su historia, evolución, características y aspectos técnicos. También sirve de base para aquellos que estén interesados en tomar clases de canto y deseen informarse al respecto.


lunes, 29 de septiembre de 2008

Recital recomendado El Filón

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"Escobar", tango de Ontivero-Filipo.

El Filón Tango es un dúo de guitarras y voz femenina que integran jóvenes y muy talentosos músicos: Zulma Ontivero y Carlos Filipo. Llegarán al ciclo Tangos con el Alma para presentar su primer compacto "Da capo/Tango", que en términos musicales representa un retorno al principio de la partitura, todo un símbolo de la historia reciente de Zulma y Carlos que casi tres años atrás llegaron a Buenos Aires desde su ciudad de Córdoba para empezar "de nuevo" su carrera artística en procura de un futuro más amplio en su arte.

Un encuentro de renovadas emociones y cálidos momentos gracias al talento de Zulma y Carlos, que presentarán un repertorio de temas propios y clásicos del género.

La cita es para el viernes 3 de octubre, a partir de las 21, en Bien Bohemio, La Casa de Tití Rossi, Sánchez de Loria 745, barrio de Boedo, Buenos Aires. Aconsejable reservar al 4957-1895 (desde las 20 hs. del jueves 2) o bien a la dirección de correo electrónico detangos@yahoo.com.ar. El derecho de espectáculo es de $ 15. Consumición a la carta sin mínimo preestablecido.
(texto de Enrique Snider)

http://www.myspace.com/elfilontango

martes, 23 de septiembre de 2008

Estamos en radio esta noche


Esta noche de martes 23 de Septiembre a las 21.00 horas(1 am en Europa) estaremos charlando al aire mi amigo Enrique "el Alemán" Snider y yo por su amable invitación a participar en su programa Con alma y música, que se emite por AM 1120 Radio Tango de Buenos Aires. También se puede escuchar online y en directo entrando a  http://www.amtango.com.ar/

sábado, 20 de septiembre de 2008

Será que estoy llorando (Piazzolla- Ferrer)

A diferencia de otras vidas del amor, creemos que la amistad es eterna y es tan profundo e inabarcable el dolor que nos produce su final que todo parece perder sentido repentinamente. El Tango cantó este rasgarse muchas veces tras la escena del amor romántico tal vez por ser más soportable su caída. Tarde o temprano, la herida del amor sentimental llega a cerrarse pero la que deja el fracaso de una amistad permanece sensible para siempre no pudiendo nada ocupar ese lugar. Pensando en estas cosas, y en amigos que ya no están porque faltó el amor y sobró la estupidez, recordé este tango que Ferrer y Piazzolla escribieron en París, en 1981, última obra entre ambos y despedida de un vínculo amistoso y creador que superaba las dos décadas. Lo conocí en la voz de Hernán Salinas, en 1991, a capella, en su departamento de la calle Paraguay, y lo grabé seis años más tarde en Ámsterdam con Juan Pablo Dobal y Hernán Ruiz mientras Frits Janmaat, restaurador de pianos Erard, escanciaba vinos inolvidables que aclaraban la garganta y los dedos y las cosas del alma.


Será que estoy llorando

Nieva y nieva
y el desván está vacío.
Sólo queda un cartelito
"Se vende"
que me duele como el tiempo.

No hay ni un mueble
en esta azul melancolía,
pero ayer tampoco había
más que el cielo
de una cama que era el suelo.

Te subí de tul vestida
con mi traje tan prestado.
Si reír fue la bebida,
se embriagó el amor diez años.

Pero un día
por un chiste mal contado,
los compinches, en dos bandos, desataron
la revancha y la soberbia.

Y este cálido
desván plumón de nido,
me vio vuelto un asesino,
me golpeaste,
nos cubrimos con afrentas.

Y en aquella escribanía
fue un fangal nuestra poesía.
Cada cual fraguó testigos.
Cada amigo fue enemigo.
Cada insulto fue asentado.

Y el desván fue malvendido
y el dinero repartido
y el olvido fue un candado.

Nieva y nieva,
y sin saber por qué he venido,
en los vidrios ateridos
vi tu rostro reflejado,
desolado, blanco y breve.

Debe ser que te he adorado.
O será, tal vez, la nieve.
O será que estoy llorando.
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jueves, 18 de septiembre de 2008

Por qué no canto así


Si. Me preguntan dónde estoy cantando, cuándo es mi próxima actuación. Y, salvo alguna participación como invitado, hace casi un año y medio que no subo a un escenario. ¿Por qué? Ya es tiempo de aclarar esto por aquí.
Tengo la suerte de haber comenzado desde muy abajo en este oficio, básicamente en la calle por las monedas que el transeúnte quisiera arrojar a la funda de mi guitarra tendida en la vereda. No fueron días ni semanas ni meses. Recorrí media Europa como busker, conocí la dormida en celdas policiales, en estaciones de tren, en plazas públicas, en habitaciones de hotel de mala muerte; conocí las corridas callejeras, las peleas por tal o cual vereda o esquina para tocar, los cateos, las broncas y las alegrías supremas. Todavía guardo dibujos y poemas que desconocidos me iban regalando al paso de las canciones a más de 20 años de aquellas aventuras. Luego vinieron los bares, los teatros chicos, los festivales, los teatros grandes, las giras, los CD’s, los reportajes, la radio, la televisión, las notas acerca de uno en diarios y revistas, los managers, las grupies, las giras, el “éxito”. La vida me regaló conocer cada una de las etapas en esta carrera de la música, pero nunca, nunca, tuve que pagar para trabajar. Porque es mi trabajo, mi oficio y profesión, no un hobby. Pretendo lo mismo que los músicos en La Plata ya lograron: no tener que pagar para trabajar. Es inconcebible que los bolicheros no sólo exijan un “seguro de espectáculo” equivalente a una cantidad de dinero proporcional a la cantidad de personas que, según ellos, debería uno llevar a su bar, sino que además hay que pagarles un porcentaje de la entrada y obviar que se están quedando con la caja que da la barra y sus consumiciones. Los que hemos trabajado en el gremio gastronómico sabemos que es alta la ganancia en todo lo referente a tragos y sus variantes. De este modo, sólo los que tienen el dinero para afrontar esto son capaces de subirse al escenario. Se corre la variable por la calidad para que la holgura económica ocupe ese lugar. No sorprenda que, entonces, haya tanto personaje extraño cantando tangos, por ejemplo, nivelando hacia abajo las posibilidades del género. Los bolicheros se comportan como dueños de casa de fiestas a las cuales se alquila y, en tanto pague, que actúe el que quiera. Más allá del perjuicio que esto provoca entre quienes nos tomamos seriamente este laburo, más allá de un camino hecho, no es posible que haya que pagar todo eso y bueno sería que el boliche se quedara con las consumiciones y listo. Ojalá en Buenos Aires ocurra lo mismo que en La Plata, o que las asociaciones gremiales (SADEM, UMI) no sean hipócritas y traten de una vez seriamente este tema. El capitalismo, la sociedad mercantilista, provoca automática censura en los artistas.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Milongón del Roca

En tiempos en que arden los trenes y la realidad se hace humo, un pequeño aporte a la "confusión general", como hubiera dicho Aldo Pellegrini, en modesta canción rioplatense.
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 Milongón del Roca

El bolsito con la toalla y el jabón,

la mirada de la noche y ya es de día.

Bondi lleno yendo hasta Constitución.

La mitad de lo que pasa son mentiras.

 Los carteles anunciando una elección

y el futuro que murió este mediodía

en la esquina de Jujuy con Pueyrredón

porque la desilusión le dio cabida.

“¡La Razón a voluntad!”,

dicen los pibes,

pregonando una verdad

que nadie sigue.

El que tiene poco da

porque es contado,

la limosna en “cuotacard”

no se ha inventado.

Va dejando la ciudad

el tren cargado

de un presente sin piedad,

tan alienado.

Cada cual su mp3

auriculado,

lo mejor es no saber

quién está al lado.

“¡La Razón a voluntad!”

y está tan claro

que es más fácil no escuchar

y hacerse a un lado (y hacerse el nabo).

Esa bronca que se junta en la estación

por los trenes que no salen todavía.

Cada uno con su mambo y su versión

de las cosas que le faltan en la vida.

 Y los chicos con los diarios y el garrón

de mentir con paco el hambre que lastima.

Cada uno con su propia indignación

negociando una porción de sobrevida.

 

©Fabian Russo 2008


viernes, 29 de agosto de 2008

Ecce homo (¿despenalizar o penalizar?)


La historia de las drogas es, también, la de una hipocresía. Por un lado, Nietzsche cerraba el capítulo acerca del teatro en La ciencia alegre (o gaya ciencia) con esa especie de súplica: “¡Hacer del teatro y de la música el hachís y el opio de los europeos! ¿Quién nos contará alguna vez la historia de los narcóticos, que es casi la historia de la "cultura", de la denominada cultura superior?”; por el otro, el mundo es una repre-sentación, la convivencia aceptada entre aquello reprimido y el alcohol, el tabaco ,la televisión, etc. Claro, el punto no está ahí sino en lo adictivo. Sin necesidad de huída del mundo no habría drogas, sin necesidad de suplantación de un vacío no habría drogas. Las drogas y la música serán los elementos más utilizados para llevar a cabo esta huída, la computadora el catalizador de esa angustia en la abstinencia convirtiéndose, a la vez, en transporte para la “navegación” hacia horizontes difusos. De esta manera, la historia de las drogas puede ser la historia de una navegación, de un “viaje”. Desde aquellos primitivos chamanes con sus viajes iniciáticos provistos por una incipiente homeopatía y con la conciencia de su límite, acotado al interior, lo que hacía al ritual, hasta la actual navegación virtual ilimitada, las drogas estuvieron siempre comprometidas en el proceso de algún modo. La historia de una abstinencia. Por otro lado, nadie decide ser adicto. La droga sustituye, en su ritual, el culto por el dinero y el éxito con sintética satisfacción. No es la despenalización ni la penalización el instrumento para abordar el tema de las adicciones. Estas alternativas sólo tienen que ver con el negocio de las drogas, de los dealers, de los transas, de los verdaderos cultores del dinero y el éxito que arman su ritual sacrificando a los pobres adictos empobrecidos: en el plano legal cualquier modi-ficación tiene que ver con una plusvalía y no con el estado de salud de los consumidores. Para que no haya adictos a las drogas tendría que abolirse el culto a la personalidad, la acumulación de dinero y la imposición social en ganarle a un adversario (el otro, el mismo), en lo que sea y a toda costa, para ser.

©Fabián Russo.

jueves, 21 de agosto de 2008

El Tango del Vampiro


De los tangos y poemas tangueados escenciales que a lo largo de estas décadas escribió Luis Alposta, rescato (sin desmedro de sus obras en libro o las grabadas por Edmundo Rivero, entre otros) éste que escribiera hace ya tiempo y que él mismo me hiciera conocer en la voz de Juan Sebastián, artista del arte supremo del recitado que lleva en las vocales el alma secreta del maestro parmesano Amleto Vergiati, alias Julián Centeya. A quienes, como a mí, les atraen las rarezas profundas y originales, con el guiño porteño que hace a la Tanguidad, éste poema acerca de la imposibilidad del deseo se le hará agua en la boca, o quién sabe qué otro fluído...

Tango del Vampiro

Escucho a un fueye que me asegura
que ya es de noche y es noche oscura.

Hoy su rezongo suena a sirena
que está anunciando que hay luna llena.

Este es el tango que con voz ronca
le canto a Lucy al salir del jonca.

¡Lucy! ¡Mi Lucy! Que no hay collares
con que se oculten tus yugulares.

Desde hace siglos no siento el hambre
y hoy sólo quiero beber tu sangre.

¡Conde! ¡Mi Conde!
¡Mi amor prohibido!

Ya desde el día en que la has bebido
mi sangre toda te corresponde.

Si me has herido,
mi flor de anemia
No es esta noche lo que me apremia,
sino la llama que has encendido.

Si algo me quieres,
sólo por eso,

abre la boca con que me hieres
y hoy dame un beso.

El mismo fueye, como si hablara,
me está diciendo que es noche clara.

Ya no es rezongo, ni es la guadaña.
Ni es esa historia de Transilvania.

Este es el tango con voz quebrada
que ahora le canto a mi enamorada.

¡Pero carajo!... ¡Pero carajo!...
¡Quién trajo el ajo!... ¡Quién trajo el ajo!...

¡Tan justo ahora, que sin collares
Lucy me muestra sus yugulares!

Luis Alposta

Audio : http://www.esnips.com/displayimage.php?pid=459915

jueves, 14 de agosto de 2008

Improperio válido para el castellano nuestro

( Tañedor de laúd, Frans Hals)

"Thou whoreson Zed! Thou unnecessary letter!"

King Lear, Shakespeare

Interpretando

exposición a la "mirada" del otro/ propia/ para ordenar el caos
quien interpreta expone el caos
quien interpreta ordena el caos
confesión en tanto el otro ordena el caos con su mirada/ escucha
confesional/ ritual/ repetición/ retorno a los topoi
interpretación/ versión
versus
se escucha "cómo" se dice la "letra"
la letra se mira
cómo dice quien canta
el tango se dice/ confiesa
silencio
me canta.

lunes, 11 de agosto de 2008

Penalizar o legalizar, ¿pasa realmente por ahi?

El uso ritualmente acotado de drogas forma parte, desde el punto de vista psicológico, de las casi desaparecidas prácticas chamánicas. En éstas se concibe el interior humano en la medida en que está ya delimitado, no tanto como esfera anímica cerrada y autónoma, sino como espacio de manifestación y escenario para lo que ha de llegar, acontecer y consumarse.
Al respecto Sloterdijk esboza la tesis de que la filosofía nació cuando los descendientes de los magos se establecieron en la polis y hubieron de acomodarse a las reglas de la intermediación urbana, o cuando señala que, en el momento en que la 'extática' quedó sometida a la retórica, se desarrolló una magia civil cuyos discípulos comenzaron a dedicarse a oficios en apariencia completamente desembriagados, como políticos, oradores, educadores y juristas. Ahora bien, es aquí en Extrañamiento del Mundo donde Sloterdijk propone leer la Historia de la Cultura como historia de la abstinencia. A partir de lo cual, el filosofar pasa a ser concebido como "una forma procesal de la sobriedad" y el análisis antropológico-cultural del problema de las drogas remite a una especie de fenomenología del espíritu propenso a la adicción.
Sloterdijk, en Extrañamiento del mundo, concibe la adicción (a la que diferencia del consumo de drogas como parte de un ritual de extásis o de embriaguez) como una "dialéctica de huida y búsqueda de un mundo", y cita extensamente el libro de Jünger Acercamientos; Drogas y ebriedad o lo que Giddens caracteriza como la "experiencia secuestrada", esto es, un particular intento de suplir la ausencia de experiencias existenciales genuinas, donde encontrar un arraigo para la vida. Quien se hace adicto a los narcóticos es porque carece de motivaciones fuertes en cualquier otra dirección. La droga se impone por defecto, nadie decide ser un adicto (uno no se despierta una mañana enfermo y ya es adicto). La droga tiene un carácter sustitutivo. Sustitutivo del culto al dinero y del éxito intramundano. Quien no pueda acceder a esas drogas sustitutivas es, en el decir de Sloterdijk, arrojado de hecho a las drogas duras. Quien no puede drogarse con grandes cuotas de éxito o dinero simplemente tiene que consolarse con sustitutos químico-farmacológicos, con una felicidad sintética y espectral.


En la ideología clásica y su crítica, el hombre estaba subyugado por las necesidades, sujeto a ellas y se refugiaba en las ilusiones. Ahora ocurre justo lo contrario, vivimos en el lujo y simulamos las necesidades. Es una comedia de la necesidad. Pero debemos precavernos, la palabra droga seguirá siendo una designación defectuosa en tanto la entendamos sólo en su identificación químico-farmacéutica y policíaco-cultural. En el orden del mundo antiguo -chamánico- las "drogas" poseían un estatus fármaco-teológico (ellas mismas eran elementos, actores y fuerzas del cosmos ordenado en donde los sujetos intentaban integrarse con miras a su supervivencia). Las ayudas farmacéuticas son especialmente requeridas en tiempos en que los individuos se sienten enfermos y extraños. En ellas buscan asilo los hombres cuando están persuadidos, por sí mismos o como cuerpo social, de que se presenta una interrupción de la armonía global. De manera que las sustancias psicotrópicas no se utilizan para la embriaguez privada sino que actúan como reactivos de "lo santo", como apertura senso-espiritual a lo demoníaco.


A. Vásquez Roca "Peter Sloterdijk: Extrañamiento del Mundo"

sábado, 9 de agosto de 2008

Soy

Según cuenta la historia, el último tango en el que interviene la inspiración reveladora de Discépolo es Mensaje, dictado desde el más allá al astrólogo Cátulo Castillo una madrugada y musicalizado por Aníbal Troilo esa misma tarde, unos meses después de aquel último encuentro entre Pichuco y el poeta tragicómico que le decía, postrado en una cama de la avenida Callao, "...estoy tan flaco que las inyecciones me las ponen en el gabán...". Sin embargo, hace más de una década, la viuda del poeta, Tania (con quien compartimos un desayuno al mediodía en Mar del Plata en el '91 que consistía en salamín picado grueso y whisky con hielo, y una versión que hicimos a duo, muy ad hoc, de Esta noche me emborracho); como decía, Tania encontró una partitura en el fondo de una caja. Ese papel amarillento llevaba escritas las notas de un tango que no había llegado al estribillo y que Discépolo había simplemente titulado Soy. Dispara todo tipo de imaginaciones el sólo pensar en lo que animaba al poeta en sus últimos días para comenzar una obra con tamaño título. Es así que Tania le entrega esta partitura a Horacio Ferrer quien, a su vez, se la da a Jairo para que éste complete la posible melodía del estribillo. Una vez establecido el tema musical, Ferrer escribe una letra en la que, tomando en cuenta aquel tango dictado desde el Hades, Discépolo nos habla nuevamente. Por diversas razones que están ligadas a extrañas leyes humanas, este tango no ha sido grabado por otros cantantes. Sin embargo, hace más de once años me tocó estrenarlo en el sótano del Café Tortoni y, sorteando algunos obstáculos, llegamos a grabarlo junto al pianista Juan Pablo Dobal y el guitarrista Hernán Ruiz en un CD que, misteriosamente, nunca llegó a hacerse público. Aquí, el tango Soy, de Enrique Santos Discépolo, Horacio Ferrer y Jairo, tango que tardó 50 años en terminarse.
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jueves, 24 de julio de 2008

Memoria porteña


"Los anarquistas se reúnen en grupos, en los que no impera autoridad alguna, siendo por consiguente todos iguales, porque sus doctrinas demoledoras no les permiten reconocer entre ellos mismos una autoridad que les dirija.

Los grupos de Buenos Aires no tienen locales especiales donde reunirse, haciéndolo al aire libre y cuando les cuadra.

Los principales grupos se denominan: 'Desertores', 'Angiolillo', 'Desheredados', 'Dinamitados', 'Dispersos'. Los más agresivos constituyen 'Violencia contra violencia', 'Ni Dios ni Amo'. Otros más estudiosos y moderados forman los grupos 'Germinal', 'Feminista', 'Estudiosos', 'Dolce far niente','Libertad y Progreso', 'Alba', 'Ciencia y Progreso', 'Libertad y Amor'."



(de Buenos Aires desde su fundación hasta nuestro días, Manuel Bilbao, Imprenta de Juan A. Alsina, Buenos Aires, 1902.)


domingo, 13 de julio de 2008

Las retenciones y lo reprimido IV (basta)

Cada vez que miramos para otro lado en las situaciones más simples y cotidianas como cada vez que un pibe nos pide una moneda o cada vez que un cana aprieta a un sin techo, se tiende el espacio para que la enfermedad argenta progrese –como desde hace siempre- profundizándose en nuestra identidad. Y hemos pasado por el pasado entre la crueldad conservadora y la represión de nuestras mejores inspiraciones. Las retenciones y lo reprimido como caras de la misma moneda que escasea en el bolsillo. Secuestrados en la desidia, permitimos que el rescate pedido, el chantaje (palabra que misteriosamente puede remitirnos al corpus de lo chanta) se ejerce en desmedro de quienes quedan fuera del sistema y nos miran, cada vez más numerosos, con sus ojos de neblina. De nosotros a nosotros mismos. El retener conservador extiende sus fronteras y considera que esa “renta” les pertenece tal como todo lo que conserva. La locura es reprimir esta constante argentina, lo individualista, lo exiliado, me salvo yo, yo argentino. Desde Esteban Echeverría hasta Sebreli o Macedonio y Marechal, Borges, Charly, Martínez Estrada, son muchos, pensadores argentinos identificaron esta característica que Perón, lector astuto más que sabio, llevó a la acción primero como sanador aglutinante, sonrisa gardeliana para Borges, el miope, y años más tarde se alió con su contraparte de la que, tal vez, nunca se había alejado. Reprimir retenciones conservadoras desde una trinchera sólo las inflama y las anima a retener con más ahínco sus ganancias. Como si fuera una revolución sin armas pero al fin burda caricatura de aquella que intentó Allende. Ambas partes responden a los mismos amos y en medio, los que también somos, caemos como Charly hartos de nosotros mismos, hartos de saber que ser astutos y no sabios en el fondo no sólo es infantil sino poco práctico, de seguir sufriendo, hartos de la metonimia mediocre de nuestras vidas sosteniendo alguna justificación para que todo esto siga manteniéndose. Por otro lado, sea como fuere, un gobierno electo tiene la potestad de estatizar o distribuir la economía según se lo ha planteado. El chantaje no tiene ideología y esto le da poder en tanto controla el flujo de lo económico y de la argentinidad de manos sucias que vive lavándoselas; la forma nos habla del sentido, y ya conocemos históricamente a estos buitres. Caemos como chorlitos en el engaño que ambos contendientes han dispuesto. Llegará alguna vez el momento en que ya no haya que retener ni reprimir.
F.R.


SALITRAL (del CD Civilización, Los piojos)

COMO SI EL JUEGO FUERA CAMINAR
EN LA CORNISA SIN VER
E INEVITABLE FUERA JUGAR
RULETA RUSA EN TODO TIEMPO Y LUGAR...
Y LO QUE ESTARA BIEN SIEMPRE ESTARA MAL
CUANDO NO HAY CHANCE DE SER
MIEDO FEROZ A DEJAR DE HACER PIE
VOY POR FUERA
MIEDO FEROZ A NADAR
TUS PROMESAS SON ENGAÑOS
UN ESPEJISMO EN UN SALITRAL
NO LO DIGAS... ESTA CLARO
UN ESPEJISMO.. EL MAÑANA
CUANDO LAS PUERTAS NO ABREN JAMAS
Y SE DERRITE LA LUZ
CUANDO EL ATAJO SIEMPRE PUEDE MAS
VAMOS BEBIENDO
BEBIENDO DE UN SALITRAL
SIN CREER EN MAÑANA NO HAY HOY
Y QUE DOLOR NO CREER...
LOS QUE DECIDEN NO VIENEN DEL MAS ALLA
Y LA MISERIA... Y LA DESIDIA... ES MORTAL.

Andrés Ciro

jueves, 3 de julio de 2008

Las mil y una (milonga)

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a Mario Paolucci, Gran Maestre de la Bohemia del Sur, in memoriam.



“Salud a la cofradía/ trotacalle y trotamundos/ todo nos falta en el mundo/ todo, menos la alegría/ Y viva la Santa Unión/ de Sin-Ropas y Sin –Tierras/ todo nos falta en la tierra/ todo, menos la ilusión/ Corto sueño y larga andanza/ en constante despedida/ todo nos falta en la vida/ todo, menos la esperanza/ Amigos de las botellas/ pero poco del trabajo/ todo nos falta aquí abajo/ todo, menos la estrellas/ Inofensiva locura/ sinrazón de vagabundo/ todo nos falta en el mundo/ todo, menos sepultura” ( Canción de vagabundos, Raúl González Tuñón.)

Yo de pibe me juntaba con poetas
que tenían más respuestas que preguntas
y aunque había poca suerte y menos teca
no faltaban las botellas y las musas.
A la sombra de Tuñon pedían letra
y soñaban con ser capos de la pluma
anotando en las mugrosas servilletas
la bitácora genial de aquellas curdas.

Para nosotros era una fiesta
aunque apretaba la dictadura
y noche a noche las noches nuestras
eran de una las mil y una.

No faltaba aquel campeón de la tristeza
con la verba alucinada de la culpa,
ni el payaso repitiendo la promesa
de callarse si empezaba una trifulca.
El actor, el musicante y el profeta,
el barbudo intransigente y medio mufa,
el que todo lo vivió y está de vuelta,
y hasta yo, pichón de bardo, con mi luna.

Para nosotros era una fiesta...

La “Canción de vagabundos” nuestra estrella,
y el misterio de la noche simple y dura
agarrados a algún vaso de ginebra
para calentar la lengua con soltura.
Yo de pibe me juntaba con poetas
que perdidos en la noche más oscura
siguen siendo los que cantan la epopeya
de los versos, de la vida y de la lucha.


©Fabian Russo, 2008.