lunes, 14 de abril de 2008

El gris (tango)


calle poblada de quimeras
de vagos y troteras
milonga y rocanrol
apuestas que nunca nadie gana
payasa sensiblera
de saque con alcohol
tiempo que pasa con urgencia
la historia que mañana
va a ser igual que hoy

me quedo con el gris
la vida desde aquí no es tan fulera
si por amor nos fuimos
si por amor volvimos
¡aguanten los poetas!
hay que ver la soledad de los que esperan
aunque ya no quede nada por soñar
se me cruza tu nombre en la garganta
y vuelvo siempre aquí
buscándote en el gris
sabiendo que no estoy
y que no estás

ando la noche y me marea
su corazón de ojera
llorando en un rincón
costumbre de andar siempre sin ganas
pensando que la vida...
la vida ya pasó
ando camino de tu ausencia
y es poco lo que falta
para que salga el sol.


©F.R.

sábado, 12 de abril de 2008

Vulcania loca


La fina película de hielo que se extendía sobre el campo verdoso y dorado en los flancos de las vías del tren que me llevaba a Bruselas espejaba en los charcos inmóviles el azul tenue del cielo boreal. Porque el azul celeste en el Norte no es tan profundo como en la pampa extensa que dejé al emprender el viaje, aunque esta llanura de la antigua Batavia podría confundirse con los campos del sur por su uniformidad e insistente horizonte. Placer secreto de viajero con tedio es este quedarse mirando en lontananza a paso veloz para que la ventanilla arme su tela de paisaje casi quieto mientras los párpados se vencen y los colores y las formas se acercan cada vez más a aquellos soñados por Monet. Viajaba solo, y ni siquiera compartía estos cuatro asientos cubiertos con una excelente imitación del terciopelo en tono rojizo cercano al de la tierra misionera de la que, seguramente, el diseñador nunca fue testigo. Aparte de mis libros, había en la mochila algo de ropa pero nada especial ya que este viaje, comenzado en Hamburgo días atrás, no tenía por objeto llevarme a ningún lado. Había decidido que, de ahora en adelante, gastaría el dinero que me quedaba de la herencia familiar en trenes, haciendo impensadas combinaciones, aunque no resultaría: en el fondo uno sabe que los ferrocarriles tienen su propia lógica y que es casi imposible apartarse de su agenda. Por lo tanto, esa mínima trampa me permitía sentir que no tenía rumbo y que era dueño de mi perdición, un ínfimo pecado burgués. Caía la tarde en gris y la nieve se ondulaba suavemente sobre los sembradíos de girasol con sus tallos secos y ardillas que corrían fugaces como almas marrones sobre las sábanas heladas y quietas tras los vidrios. El tren paró en una vieja estación cuyo nombre se ha borrado; algunos pasajeros bajaron con sus bártulos precisos y en orden, algunos han subido. Una vez recobrada la marcha, vuelto el guarda a revisar el pasaje, perdí mi solitaria estancia en movimiento ya que, apabullante, acomodó sus paquetes y se sentó una mujer de cabello caoba hasta la nuca y grandes ojos negros exactamente frente a mí. Luego de saludarnos con gestos sobrios y pequeños ademanes casi invisibles, ella cruzó las piernas en posición de loto y, abriendo un cuaderno muy usado, siguió escribiendo en él como si apenas recién hubiera dejado de hacerlo. Por un pudor aprendido en los viajes, hice lo posible por no mirar sus manos para adivinar lo que escribía, pero, sea tal vez una obcecada educación a medias traída de mi tierra o por celosa curiosidad, no pude más que notar que su piel era traslúcida, de un extraño color perlado, con anchas y poderosas venas que surcaban unos huesos largos en el dorso de que más parecían andariveles por donde corría la fuerza derramada en el bolígrafo y de ahí, en un salto imperceptible, al papel de aire raído. Aunque muy vestida, a la usanza de la desprolijidad urbana que se instalara en los setenta, era posible adivinar la delgadez de sus brazos, el pecho hueco, la espalda encorvada. Con trazos gruesos y redondos ella escribía endecasílabos en columnas sin pausa como en los poemas latinos que amaba Ezra Pound. Debían ser largos pensamientos en donde no cabían más que algunos silencios secretos ya que no parecía utilizar puntuaciones de ningún tipo en un fluir constante que encadenaba los versos a un tiempo imponentes por las curvas y las líneas manuscritas como también extáticos en su perfecto encolumnado. Tan azul la tinta dibujando en esa hoja sin renglones como savia que corre por el enramado de los dedos. Habrá sido por la presencia de mi mirada, ya fuera de todo control, que ella levantó la cabeza, hasta ese momento una línea blanca bordeada de una fina caspa entre el pelo lacio y bien peinado, mirándome con sus ojos oscuros, redondos y brillantes como fruta turca. Era una mirada mucho más insolente que la mía, dispuesta a pelear el derecho de su intimidad, como se mira a un posible sátiro enfundado en la piel de un mero oficinista. No atiné a disculparme por miedo a que fuera considerado como aceptación de una falta cometida. No pude sostener su mirada tampoco. Sin embargo, posando el bolígrafo sobre uno de sus muslos delgados, extendió su mano en busca de la mía sin quitarme los ojos de encima, directamente a los ojos.
- Me llamo Eloise- dijo en holandés con un fuerte acento francés de las Ardenas.
- Víctor...- respondí y sentí que ella era tremendamente frágil al tenerla tomada así, sus dedos apenas alcanzaban a rodear el ancho de mi mano y tuve que detener la usual firmeza al estrecharla cuando sentí aquella levedad.
Durante un largo rato no hubo más palabras entre nosotros aunque aquel simple contacto modificó completamente nuestra situación por lo que ya no habían mis ojos auscultándola sino simplemente mirando sus movimientos circulares al escribir y la nitidez de su piel pálida y tibia. En cierto momento, una media hora más tarde, cerró el cuaderno de golpe e irguiendo el torso y desperezando buscó mis ojos que ya sabía en ella y me ofreció una sonrisa tan amplia que sus magras mejillas se alzaron provocando hondas ojeras bajo la mirada fulgurante. Sonriendo también, señalé como lo haría un mono hacia el cuaderno ahora hecho un pequeño tubo en su mano izquierda.
- Endecasílabos.- solté como quien dijera “buenas tardes” o “así es la vida”. Ella asintió con la cabeza mientras en un acto de prestidigitación sorpresivo metió el cuaderno en un bolso de lona raído para sacar con la misma mano una manzana verde que, al ser mordida, hizo un ruido hondo y desaliñado que poco armonizaba con aquella pequeña mujer. Ya había anochecido y las luces interiores del vagón se reflejaban en la ventana devolviéndonos nuestra imagen; sin embargo, ella comía su manzana mirando hacia afuera lentamente. Me atreví a preguntarle si era poeta.
- No, sólo le escribo a un hombre que no sabe hablar.
- Entiendo. Es algo habitual entre mis congéneres. ¿Vas a Bruselas?
Pero ya se molestó por mi inquisitoria y lo supe por su cuerpo que pareció torcerse como aquellos troncos de los desiertos.
- Soy de Argentina y también voy a Bruselas.- dije intentando componer la atmósfera con un dato privado que tal vez ella no se animaría a pedir.
- No voy a Bruselas, no voy a ningún lado; me quedaré aquí hasta que él llegue.- dijo sin mirarme.
- ¿Aquí en el tren?
- Argentina...Argenteuil...No me encontrará en el Monasterio. Argenteuil. Debo volver a París. El querría hallarme ahí, sosteniendo nuestra cruz en la torre con almenas.-
Parecía desvanecerse en su pensamiento, pensé que tal vez moriría en ese instante. Busqué sus ojos que eran piedras relucientes y le pregunté qué es lo que él no sabe decir.
- Cualquier cosa, lo que sea, que no nos ha olvidado...- Tocó mis labios con sus finos dedos.-¿Por qué no hablas? ¿Por qué no dices que todavía existo?-
No sé si en las yemas sintió mi intención de ser aquel hombre y la impotencia de no encontrar las palabras pero su mirada trajo desde una húmeda profundidad aquel susurro.
- Abelardo...-
Y en aquel momento volvió a arrellanarse en su lugar de pana rojiza y sacó el cuaderno y siguió escribiendo, olvidándome, uno a uno esos endecasílabos encadenados en el silencio, arrojados a su destino, como el tren en el que andábamos con sus vagones y su quietud veloz entre el hielo y la nieve y la oscuridad.


©Fabián Russo, 2008

jueves, 10 de abril de 2008

Las retenciones y lo reprimido

La oposición masculino/femenino es masculina. En su lucha por un lugar en el mundo del varón, oponiendo lo femenino a lo masculino, este movimiento anula lo que dice defender. La lucha de la mujer desde las oposiciones solo la deja más a merced de lo masculino. Lo masculino es una estructura basada en las oposiciones, en lo binario, en el ser-no ser, en la represión. Más allá de que en nuestra cultura una mujer en matrimonio es “de” el varón – y no viceversa- y que busque, en general, convertirse en esa propiedad del otro, la aparente lucha de las féminas por obtener los mismos derechos que los varones sólo parece una muy astuta estrategia masculina para profundizar su dominio sobre la realidad. Evita, si bien abogó por el bienestar de los descamisados no logró ayudar de modo alguno a sus compañeras de género ya que, propia idea, no era nada sin Perón, evitaba ser sin él. El voto femenino fue necesario para que el Peronismo ascendiera como lo hizo, y lo hizo manipulando el derecho de las mujeres a votar. Lo feminista es masculino tanto que, erradamente por su exageración, suele vincularse a ese movimiento con mujeres asexuadas o lésbicas. Claro, lo que no es masculino carece de sexualidad, diría Freud. Fundamentalmente el feminismo, y todas sus variantes, en tanto actúa por oposición, pertenece a la categoría de lo masculino. Lo femenino, en cambio, es su alternativa polivalente. Lo femenino no se opone, su estrategia es la seducción. Que una mujer reclame constantemente desde el poder, el falo, que por femenina/ista se siente discriminada es una actitud masculina. Poner en juego una lucha de oposición utilizando el género, es masculino. Pretender modificar el habla y la lengua forzando a una palabra neutra, como “presidente” (quien preside) por una versión posible pero artificial forzando su feminización, es masculino. Plantear la realidad como una lucha de opuestos (campo/ciudad, pobres/ricos, blancos/negros, nuestros/ajenos,) es masculino, es trabajar para lo masculino. La estructura de lo masculino, si bien poderosa, es simple, no tiene demasiadas facetas. La polivalencia femenina se extiende por los espacios sin oponerse, sin una dialéctica binaria, por medio de la seducción. Es masculino creer que la seducción es un acto artificial que busca obtener poder mediante sutiles manipulaciones. La seducción es lo natural femenino. Solo cuando se seduce desde lo masculino puede ser artificial, porque plantea oposiciones, ganar espacios; en lugar de comprender e integrar, lo masculino reprime y censura. Como plantea Baudrillard, “la seducción representa el dominio sobre el universo simbólico, mientras que el poder solo representa dominio sobre el universo real.” Es decir, una novia que no se maneja segura en el plano de las representaciones simbólicas, más que novia es un amigo.

martes, 8 de abril de 2008

Los puritanos

Sociedades puritanas son aquellas que generan expresiones como la pornografía, el culto por la decadencia, la afección por lo degradado. De una manera infantil, pero profundamente perversa, se aplaude al artista que, en principio, muestra en escena los jirones de su existencia como si en ese acto exhibicionista, costumbre puritana, se convirtiera en el cordero en sacrificio por los estragos que la sociedad capitalista, cruel e insensible, produce sobre estas almas vulnerables. Vulnerables, sí, e imagen del fracaso individual frente a la tremenda presión del sistema. Como en las pantomimas del payaso de circo que no para de caerse de sus zapatos, el artista de la decadencia se desangra, sea por medio de la voz en el canto o por el desaliño calculado con marcas de moda, para que el público se sienta un poco mejor acerca de sí mismo, acerca de su culpa lavándose en este sacrificio organizado, producido. La mentira estriba ahí mismo, nada de eso es real, y no es que se pretenda que el arte tenga algo que ver con la realidad pero si con la autenticidad. El artista realmente comprometido se halla cooptado por la existencia de la verdad. Una verdad, claro, que trasciende lo perentorio del mundo. Cuanto más imponente es la moral de una cultura, más adorada será la representación de la decadencia. Entonces, si el arte en cuestión es cantable, será la voz empobrecida y castigada la que haga creíble, para los puritanos moralistas, que en cada canción se esté operando una pregunta acerca de uno mismo y los demás. Frente a la actitud de sacrificio, el público pacato y prejuicioso siente que lava sus culpas por negar o repeler la existencia de los sensibles. Y en ese acuerdo tácito, el artista miente y manipula la verdad de un arte para llenarse los bolsillos, y el puritano público aplaude –no sabe más que aplaudir- buscando creer que, por ejemplo, el Tango es whisky, carreras, cocaína y mujeres. Pero hay un problema, el Tango no es cool.

ver nota en www.rollingstone.com.ar/nota.asp?nota_id=1002201&pid=4247517&toi=5959

martes, 18 de marzo de 2008

Poema en la voz de Paul Célan


WAS GESCHAH? Der Stein trat aus dem Berge
Wer erwachte? Du und ich.
Sprache, Sprache. Mit-Stern. Neben-Erde.
Armer. Offen. Heimatlich.

Wohin gings? Gen Unverklungen.
Mit dem Stein gings, mit uns zwein
Herz und Herz. Zu schwer befunden.
Schwerer werden. Leichter sein.


¿QUE PASO? La piedra salió de la montaña.
¿Quién se despertó ? Tú y yo.
Lengua, lengua. Con-estrella. Tierra cercana.
Más pobre. Abierta. Natal.

¿Adónde iba? Hacia lo no acabado.
Con la piedra iba, con nosotros dos.
Corazón y corazón. Más denso aún.
Devenir más denso. Ser más ligero.

sábado, 15 de marzo de 2008

Línea N (Waterlooplein- Estación Piedras)





Espero que me alcance el aire. Ya dejé atrás doscientos metros y ahora solo me sigue un jinete. No me alcanza. Después de la próxima esquina podré esconderme en el umbral de la zapatería de van der Molen. Pesa el abrigo de cuero pero perdería segundos clave en quitármelo, el sudor baja por mi espalda. Los cascos del caballo cambian el ritmo y se resbalan contra el empedrado. El jinete sigue gritándome que me detenga y me insulta mientras más me alejo. Allá veo a Marieke, cayó al suelo. Un poco más, solo un poco más. Tengo que ayudarla, no puedo hacer como que no la veo y buscar refugio. Gano tiempo saltando sobre las baldosas rotas que les arrojamos y los cartuchos vacíos de los gases. No parece Ámsterdam. Pensar que desde hace veinte años venimos pudiendo sin enfrentamientos con la policía, nunca habían llegado tan lejos. Es cierto que el mundo ha cambiado, ya no son los ‘60 y nosotros, que fuimos antes que los hippies y toda la contracultura, nos vemos ahora en la disyuntiva de pelear por nuestros hogares con molotov en las manos y cadenas de bicicleta. Henk tenía razón, tal vez debíamos pertrecharnos mejor, pero cómo hacerlo sin traicionar nuestro ideal de libertad y no violencia. Nuestra pequeña revolución solo consistía en que nos dejen en paz, un especie de anarquismo que fuimos inventando leyendo a Thomas Leary, Herbert Marcuse y al Maharishi. ¿Por qué no íbamos a ocupar esos viejos edificios abandonados que seguían en pie desde el siglo XV o el XVI? ¿Por qué nos quitan los hogares? ¿Qué haremos con nuestras familias? Éste, nuestro barrio, nuestro mundo, el Nieuwmarkt, nunca será el mismo si logran construir esas atrocidades. De alguna manera, esperábamos el apoyo de los amsterdammers. Fuimos demasiado ingenuos. Ahora, mayo de 1982, aquellos que antes nos seguían con respeto y admiración se ríen de nosotros, “jóvenes viejos”, dicen en voz baja cuando nos ven pasar, “patéticos”. ¿No se dan cuenta que hoy son nuestras casas, éstas que ocupamos en nuestro derecho, que hoy es la construcción de este circo, de este edificio en donde planean instalar tanto la Ópera de la ciudad como la Legislatura, y mañana serán otras las conquistas arrasadas en nombre del progreso y el beneficio económico de este u otro constructor? Este país está bajo el poder de los constructores. Sólo quedará nuestra lucha por que se legalizara el cannabis, nuestra victoria a favor del uso de bicicletas en vez de automóviles contaminantes, y esta batalla en la que nos están venciendo a palos y balas de goma. Cada vez son más, han llegado los carros de asalto escupiendo hombres armados que se dispersan en todas direcciones, seremos los eternos derrotados. Ámsterdam era un pueblo tranquilo, desde la ocupación de los Nazis no se veía esto. Ya llego, Marieke, ya llego; siento el calor de los muslos al tomar velocidad. Estaban esperando esta momento, hace años que querían darnos duro, solo esperaban que saliéramos a la calle a protestar, a defender nuestro derecho a tener un lugar para vivir. Casi sin aliento alzo a Marieke de los hombros para seguir corriendo, huele a vómito y agua con limón para los ojos; dice mi nombre, Frans, en una exhalación entre agradecida y resignada. Juntos intentamos alejarnos cada vez más de los jinetes y sus bastones. Pasa un cartucho de gas cerca de nuestras cabezas y ya llegan los carros hidrantes por diferentes flancos. De un salto Marieke y yo caemos en el hueco del nuevo subterráneo, la única línea de Metro de la ciudad, ésta que comienza aquí y ahora en Waterlooplein. Caemos y con nosotros el gas, el agua helada, caemos redondamente hasta el fondo del hueco como en un sueño, se oyen las herraduras golpeando cerca contra el asfalto, acercándose. Caemos sin soltarnos hasta más allá de nuestros cuerpos, caemos en un corredor iluminado, el piso limpio de la estación Waterlooplein. Detrás de unos vidrios, venden boletos unas chicas pulcras y uniformadas en azul con motivos amarillos, los molinetes no cesan de hacer un ruido seco con los pasajeros que pasan a nuestro alrededor sin vernos con sus bolsos, sus maletines, sus trajes, raudos y ausentes hacia algún lugar. Busco a Marieke para chequear cómo se encuentra, si los golpes la dejaron malherida, pero no la encuentro a mi lado. Está de pié, quieta, pasmada frente a una gran imagen que ocupa las paredes de la estación, fotografías inmensas que recuerdan la “Batalla de Waterlooplein”, como reza un cartel en un costado. Marieke llora en silencio al ver los cuerpos golpeados, los policías con sus bastones y caballos, la gente que corre desesperada e inmóvil por evitar la fuerza contundente del agua en suspenso que sale de los carros hidrantes. Marieke está de pie, con la mirada fija en aquella mujer que vomita encorvada sobre el empedrado y que es ella misma congelada en el tiempo de la fotografía, y se toca el rostro que ha envejecido y llora. Estoy desconcertado, no sé lo que sucede, Marieke me mira y veo en sus ojos y en su boca el paso real del tiempo. No entiendo. Arriba en el techo, un cartel luminoso indica que son las 17.30, que es diciembre, 19 de diciembre, y han pasado casi veinte años desde que caímos a este lugar. Hacia donde mire están estas grandes imágenes de la lucha que libramos a unos seis metros sobre nuestras cabezas, los escudos de mimbre de los uniformados, la gente saltando, huyendo de la represión. Esa juventud cercenada que odiaba la monarquía y todo lo que representara el poder perverso de los políticos de turno. Sobre las ventanillas de venta de pasajes, el sello de armas de la Reina, de la casa de Orange. El abrigo de cuero es más incómodo que nunca, a pesar de ser diciembre hace muchísimo calor. Me lo quito y corro hacia la escalera en busca de la superficie. El calor es cada vez más agobiante y húmedo. Desde arriba un hombre que parece conocerme me grita para que apure el paso, que los milicos vienen al galope por la avenida. El olor al gas lacrimógeno no se ha disipado y los gritos de la gente y las corridas se oyen con claridad. Aquel que parece conocerme me grita “¡Vamos, Martín, corré!”, y no reconozco el nombre aunque me siento aludido. El olor del gas es cada vez más penetrante, ya estoy cerca de la salida. Sobre mi cabeza, en el momento de saltar a la calle, un antiguo cartel de hierro forjado dice “Estación Piedras”. Se acerca un jinete de azul blandiendo su bastón para pegarme pero logro escabullirme corriendo por Avenida de Mayo con el aliento recuperado, sintiéndome cada vez más joven aun con el alma transida, corriendo hacia la 9 de Julio donde parece que vamos a reagruparnos. En cualquier momento declararán el estado de sitio.
©Fabián Russo, 2008

jueves, 27 de diciembre de 2007

Yo no sabía (Piazzolla/ Ferrer)

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(grabado por F.R. en 1997 junto al pianista Juan Pablo Dobal una noche en el taller de pianos Erard de Frits Janmaat en Amsterdam)

sábado, 22 de diciembre de 2007

Tachame la doble (a Hernán Salinas, in memoriam)

audio

cantor con hambre de poeta
escena misteriosa
del bien después del mal,
tu insomnio brilló donde otros sueñan quemándose
en la hoguera de la fatalidad
cantor
entreverado con tu pena
salías a contarle la suya a los demás
y ahí
cuando dolía
te daba por cantar la luna de algún tango proxeneta
abierta en mariposa
con ganas de volar a un cielo de milongas con ojeras
contando las monedas para desayunar

dirán que fuiste o que mal fuiste
pero cantor te hiciste
remando la ciudad
a veces
porque la gola insiste
cantabas sin decirte
a fuerza de pensar
y ahora
gorrión del ala triste
embate que resiste
la mersa del gotán
te escucho
los versos que aún no existen
de la ciudad que viste
y que algún día será

caló tan hondo en la tristeza de un piano desfondado
tu voz de sangre y sal
que un valse de sáficas muñecas
te arranca en un mordente el fiato del final
tachame la doble
y aunque duela sacá del cubilete un tango sin edad
la historia que se corta
ahora que te vas con todo lo que canta y que nos cuesta
el cacho de uno mismo que no aprendió a llorar las cosas
que perdimos por ser nuestras la noche
y la promesa del día que vendrá.
( Letra y música: F.R. Grabado para el CD El Bardo, junto a Hernán Reinaudo en guitarra, abril de 2005)

sábado, 3 de noviembre de 2007

Encapullamiento (cocooning) por Peter Sloterdijk


Cocooning es el acto que aisla o oculta del ambiente social normal, que se puede percibir como perturbador, peligroso o de alguna manera incómodo, al menos en lo inmediato. La tecnología ha posibilitado esta huida del cocooning más fácilmente que antes. El teléfono y el Internet son las invenciones que hicieron posible una clase de cocooning socializado en el cuál se puede vivir en el aislamiento físico mientras que se mantiene un tele o ciber-contacto con otros.(..)Un ejemplo común de cocooning hogar está basado en permanecer en casa para mirar videos en vez de ir a los cines. El cocooning que vaga es evidente en los que ejerciten o caminen alrededor de la ciudad mientras que siguen estando conectados con los auriculares a un mundo privado, el de su personal sonido. Las tecnologías inalámbricas como los teléfonos celulares y PDAs han agregado una nueva dimensión de cocooning social al cocooning que vagaba permitiendo que la gente incluya selectivamente a otras en su capullo móvil.

domingo, 21 de octubre de 2007

La mamá de Goyeneche


Como a muchos, esos artículos publicados en el suplemento Ñ del Diario Clarín el 18 de agosto de 2007 me incomodaron las agallas de laburante del Tango y, además, creo que se esconde una trampa en la pregunta-título admonitoria ("¿El Tango se quedó sin letra?").
Por un lado, quizás en el carácter espiralado y vertical de los procesos históricos, adn de la cultura, en este caso estemos experimentando la presencia de la danza como hubo un momento para las orquestas y otro momento para los cantores/cantoras, y estos procesos tienden a resignificarse en largos períodos generacionales retornando en nuevas formas. Por otro lado, la letrística del tango, en alguna medida, es fagocitada por su propio mito sencillista no abundando, como en otras épocas, poetas madurados en el estudio y la lectura que podían mantener, sin ningún esfuerzo, la riqueza de su personalidad alternado los libros con el bar, la calle y el teatro. Este fue un país culto, ya no lo es. La educación fue minada consuetudinariamente desde mediados de los años '70 y no hay la misma relación que antes había con la cultura, que era un hecho cotidiano y no un "algo" especial que surge tras determinada decisión. Salvando las grandes excepciones de poetas actuales en el Tango, cuyas obras traslucen la ávida y placentera lectura de la poesía en general, la mayoría de los intentos quedan en una recurrencia a lugares comunes. Que una obra artística llegue a su público no depende del tema que toque. Un buen tango canción no lo es porque se ambiente en determinado barrio, haya un malvón, un patio, o intente ser moderno juntando, pobre Discépolo, internet con el mate. La clave no está ahí sino en la calidad poética que sólo se alcanza con estudio e inspiración, nunca solamente una de las dos. Y esto no vale solo respecto de la letrística. También los intérpretes deben desarollar la lectura de poesía, la comprensión que permite presentar esa historia o escena al cantar o instrumentar una obra. Recuerdo el living de la casa de Goyeneche en la calle Melián de Saavedra: una modesta biblioteca que se floreaba con variada poesía desde Baulelaire hasta Alejandra Pizarnik, desde los Surrealistas franceses hasta Quevedo, desde Darío hasta Gelman. El hombre decía que era Profesor de Gramática como su madre.

Tango y Fusión

El tema sólo lleva a un vórtice en giro constante y sin desagote, tal vez no agregue más que lo siguiente. Por mi parte, y es sólo mi punto de vista, no tiene sentido seguir pensando de manera binaria (tango o no tango), recurso y costumbre usual del conservadurismo, siempre temeroso de todo aquello que salga de la fórmula ser/no ser, blanco/negro, nacional/extranjero, etc./etc. En cambio, prefiero tener una visión polivalente de los hechos en tanto se significan por multiplicidad de influencias, tan diversas, a veces, que suele sorprenderme esa energía. El Tango, desde los años '20, siempre experimentó su crisis, su muerte, su deformación, su aniquilamiento, su pérdida de identidad, todos conceptos humanistas y conservadores, binarios, duales. Y siempre el Tango siguió adelante. Ha demostrado que, como buen argentino, le gusta exagerar sus crisis pero sigue vivito y coleando. El Tango no me necesita para defenderse. Así que toda combinación de elementos del Tango con o en otros géneros, no le hizo nunca mella a su escencia, a su alma, a su Tanguidad. El Tango, a mi parecer, nace de un "guiso", esa combinación de elementos disímiles que derivan, en su confusión, en un arte magnífico con destino universal. En ese cocido nutritivo diferentes culturas agregaron sus condimentos sin receta y tiene su propia identidad. Una hibridación supone otra cosa, la anulación de lo nutritivo, lo generativo, de la identidad. La fusión como género musical surge a fines de los años '60 con la Mahavishnu de Mac Louglin, que integraba sonidos de la India con occidentales, y también hay Jazz Fusion, ¿por qué no pudiera haber un Tango Fusion si existe el ritmo tango milonga? Salúd a Piana. ¿Tango polivalente? El Tango no nos necesita para defenderlo de nada y de nadie, sólo espera que lo disfrutemos. No hay Tango sin Tanguidad y, como la belleza lo es para los ojos, también tiene que estar en el alma del que escucha para ser.

Comentario de Astracán acerca de bar El Cairo

es curioso, El Cairo era el bar con menos encanto del mundo. Era como un bar de estacion de omnibus, mesas de nerolitex blanco teta con pátina grasienta del mismo trapo rejilla, sillas estilo iglesia evangélica bañado todo por ese embrujo de escuela nocturna que dan los tubos fluorescentes, poblado por un ejercito de miradores de culos . doble flanco: culos de Sarmiento, culos de Santa Fe. desfile de los lisiados de las universidades y reparto de hijos de sábado por la mañana. Ahora es una tienda con encanto Astracán

viernes, 19 de octubre de 2007

Una visión dadaísta de Francis Picabia


"Para tener genio hay que poseer un terreno en donde hacerlo crecer, pienso que nuestra tierra, de momento, está agotada. Se le han echado demasiados abonos químicos, los auténticos bacilos han desaparecido, ¡ahora nos vemos en la necesidad de fabricar abonos falsos! Es el triunfo de los escalpelos y de lo sublimado, ¡se hace vivir artificialmente a los cerebros en las mesas de operación mientras se olvida a los corazones en el anfiteatro! Hay tanto genio trucado que si por azar se presentase uno de verdad, nadie querría reconocerlo, sería puesto en ridículo por esa multitud que solo se ocupa de la moda."

de Caravanserail, Francis Picabia, París, 1924.

martes, 25 de septiembre de 2007

Bar El cairo, Rosario, septiembre de 2007


El antiguo caserón se delata todavía en las paredes rosadas que, a modo decorativo, dan un aire bohemio al viejo bar modernizado con amplias pantallas de TV y publicidad cibernética. Está a la vista que el café cae en un cierto esnobismo lenta pero decididamente. El pequeño escenario, más que nada una tarima, recuerda al fallecido escritor que vio a lo largo de los años la evolución de su lugar de encuentro con amigos; Fontanarrosa preside la sala desde un retrato sobre una escueta mesa tijera de metal y una silla vacía. Como con los cafés tradicionales de Buenos Aires, aquí también la opción es cambiar o desaparecer. Habiendo sido la primera opción, la clientela actual encuentra una solución a sus contradicciones de clase mostrándose en una escenografía bohemia pero pulcra, de cuidado desorden y ese perfume a recato puritano que la lógica planetaria del mercado impone desde su origen anglosajón, bohemios por un rato que no pierden sus prerrogativas pequeño-burguesas. Como la puesta en acto de una nostalgia que viene de tiempos idealistas, parece un ancla que ayuda a mantener sonando y tensa la cuerda de la rebelión y del presente constante. Más cerca de un grand café europeo que de un boliche portuario del sur, El Cairo asoma intentando sostener su propio mito. El antiguo samovar que da a los ventanales de la calle Sarmiento se empaña por el aliento de tantas voces en murmullos bajo el alto techo color humo. El humo es lo que falta. También aquí nos prohíben fumar.

sábado, 18 de agosto de 2007

Polonia

De camino a la omnipresente estación de King’s Cross solía detenerme frente a la que fuera una de las casas que habitó Virginia Wolf, en Bloomsbury, ahora convertida en la Virgina Woolf’s Hamburguers. Por extraño que parezca, esta falta total de sensibilidad por parte de los londinenses o de quienes rigen los destinos de la ciudad, me pareció proporcional a su mal gusto. A pocas calles de allí se levanta un complejo habitacional, una especie de manzana rodeada por monobloques, que tiene en el centro una plaza de cemento con un gran supermercado a un costado donde la verdura y las hortalizas estaban siempre fuera de condición, al que un amigo local llamaba “Polonia” por su aspecto sucio, alienante, antiestético y peligroso en las noches frías y solitarias de aquel barrio. Él sólo intentaba trazar una dicotomía entre lo que comúnmente pudo haber sido Londres y en lo que se había convertido por la inmigración que trajo la caída del Muro de Berlín. De todos modos, los polacos no tenían mucho brillo según las mentes de los europeos que habían superado los cuarenta años. Esta nueva xenofobia provenía, como siempre, de miedos antiguos, de mitos que no encontraron justa representación en las mejores obras de arte de sus tiempos aunque sí en batallas militares y en grandes planes de exterminio. De algún modo, había que matar al polaco o al yugoslavo o al marroquí o a todo aquel que pudiera tentarse en, por su sola presencia, modificar algo hacia el futuro. Tal vez, era como aquella prevención hacia sus seguidores argentinos de parte de Gombrowicz cuando subía al barco de regreso a Europa en los '60: “¡Maten a Borges!”. El polaco, Londres, Borges. Borges y Witold. Dicotomías. Pudo Borges haberse sentado a la gran mesa de roble del edificio Canning, a metros de la amplia Embajada Argentina en Belgrave Square, como si de él dependiera la exportación de carnes, el pedido por un rey o el amor por Conrad, el polaco.

domingo, 8 de julio de 2007

1936, Homero Manzi habla del Tango


(en la foto, Piazzolla y Gardel haciendo historia)

“Para dar mi opinión quiero dejar de lado un término que oscurece el asunto: Folklore. Para mí hay solamente música argentina. Y los es tanto la del campo como la de la ciudad con diferencias, claro está, nacidas de su diverso origen. La música del campo, danzas y canciones, tiene la ventaja tradicional de contar con el apoyo del tiempo, ya que sus antecedentes se remontan a mezcladas y arcaicas expresiones de la música india y la espa-ñola, expresiones que contaron para tomar una forma, con la trascendencia del paisaje. El estilo trae a su cincha el alma de la pampa; el bailecito, la repicada repercusión de las montañas. La vidala, el rumor del viento hecho flecos al atravesar los filos de los bosques; y así en todo, cielo, sol, lluvia, nieve, viento, estrellas; lo de menos es el hombre; lo de menos, en actitud de reflexiva conciencia, convertido en intérprete telúrico de hondas fuerzas naturales. En raíz de la tierra.
La música de la ciudad -el Tango- en cambio, tiene la extensión de las pasiones; es música sacada de adentro: ríe, ama, odia, ridiculiza; y por encima de todo el vértigo de los puertos, de las razas, de los vientos y de las velas que traen canciones y nostalgias enganchadas en sus banderines.
Sin embargo, sería injusticia calificar de extranjera la música de la ciudad. Ella ha sabido argentinizarse en un legítimo y encariñado manoseo con la ciudad: con el vigilante ochocentista, con el cuarteador de fin de si-glo, con el compadraje carnavalesco de los barrios, con las guitarra, con las esquinas y con los bodegones, con las chicas desasosegadas por una espe-ranza y que esperan en la inútil balaustrada rosa, que descubrió Jorge Luis Borges; con la dramaticidad grotesca del hogar proletario, desacomodado a fuerza de alcohol y malas pasiones; con la aspiración criollizante del hijo del gringo: Juan Moreira sentimental y tímido; con todo ese embarullado juego de personajes y asuntos que hicieron mutis por el practicable de la vida moderna.
Por eso el Tango de hoy, el verdadero, ¿qué debiera traducir?
A mi entender, la nostalgia de toda esa desaparición, que sólo se puede llorar en dos por cuatro.
Y por eso también, a mi juicio, sólo tendrán patente de persistencia los tangos que traigan ese soplo evocativo, los que sepan ponernos frente al cuadro y al personaje del novecientos. Los que resumen el dolor porteño del contraste de ayer y hoy; los que nos reconcilien con todos los rincones y todas las costumbres desaparecidas; los que tengan ese filete filosófico-sentimental heredado de los payadores patrioteros, puristas y amigos de los amplios alardes.
El otro tango, el del estribillo y la historia de un dolor, es sólo cou-plet, sin ciudadanía porteña, y los del amor lacrimógeno constituyen una invasión de los versitos del trópico, no de la danza recia del trópico, entién-dase, sino de las cancioncillas ésas tan en boga y que carecen de sexo y de vértebras.”

jueves, 22 de marzo de 2007

Chantango, por Juan Carlos Báez

(soneto que evoca un término acuñado en el artículo La tanguidad, en este mismo blog, año 2006, diciembre, Tango con Cortes. Publicado en el foro de www.sentirtango.com)

Hoy el profe Fabián,te dió la cana
por gilberto,ranún y por estaso.
El mismo tango de dará un biandazo
y vas a quedar como badana.

Dejáte gilastrún de hacer macana,
aprendiste un tecor y ya sos... Virulazo,
lo que bailás es fule...es fulerazo,
pero vos no aflojás,y sos un rana

que creés tener la olla por el mango
dandole el "for export" a nuestro tango.
Tenés que gastar suela en la yeca

pa´poder manyar algo del tanguango.
Si querés algún rebusque para el mango
¡andá a juntar monedas en el breca!

jueves, 15 de marzo de 2007

Octógono/Bardo

Desde un punto de vista simbólico, el octógono representa el enlace entre el cuadrado y la curvatura de la esfera. Es sabido que, en las ciencias sagradas aplicadas al arte, el cuadrado estaba relacionado con la Tierra por sus cuatro elementos, o sus cuatro puntos cardinales; por eso, casi siempre se utilizaba en el románico o en el gótico como base de la columna que se unía al arco o al circulo situado en lo mas alto del templo o del edificio. La forma circular, por su perfección, sin aristas, y al mismo tiempo por su sentido de la globalidad que todo lo abarca, sé refería al cielo, a la realidad divina, o a la materia primordial del Universo. El octógono era así, por consiguiente, el puente que resolvía la unión entre el Cielo y la Tierra, permitiendo -como en el caso de la columna- él transito de espíritus, Ángeles y hombres de un lado al otro, en una suerte de Cosmos no quebrado. El polígono de los ocho lados aportaba, asimismo, la polaridad de la búsqueda: cuando la esfera estaba situada dentro del cuadrado, en una variante de la doctrina, entonces el octógono indicaba el camino hacia la interioridad, el paso de lo cuantitativo a lo cualitativo, la vía hacia el latido del corazón, la senda del retorno hacia la madre siempre Virgen del Universo. Pero cuando era el circulo el que abarcaba al cuadrado, el símbolo afirmaba la presencia de la sabiduría divina abrazándolo y penetrándolo todo. El octógono, pues, era la síntesis, a la vez, de una disciplina -en este caso caballeresca de realización espiritual universal y de inspiración eminente en los principios eternos.

miércoles, 14 de marzo de 2007

La selva, por Césare Pavese


Lo selvático que nos interesa no es la naturaleza, el mar, la selva, sino lo imprevisto en el corazón de nuestros compañeros hombres. Aquello que con un simple esfuerzo de atención puede devenir voluntad deliberada. La ciudad, la mujer, gastan con nosotros una ferocidad de la cual toda tierra salvaje es solamente un símbolo. Desastres e intemperies nos encuentran resignados, nos dan la muerte, nos desencadenan en nosotros lo selvático, como hace la voluntad deliberada que a pasión contrapone pasión. Lo selvático inventa palabras, se trabaja a sí mismo para aclararse en palabras, que luego supuran por dentro y nos desgarran. Al principio es sólo naturaleza: la ciudad es un paisaje, son rocas, alturas, cielo, claros improvisados; la mujer es una fiera, una carne, un abrazo. Después se vuelve palabras; lo natural era sólo un símbolo, y al conocer lo selvático verdadero, hay que aullar.
¿Quién no ha aullado nunca delante de las cosas? La tiniebla de una fronda, los asaltos lastimeros del viento, la impotencia ante una fiebre, nos parecen ricos misterios, misterios de dolor y de peligro, a los que estamos tentados de dar la palabra, para conocerlos y poseerlos mejor. Y darles la palabra quiere decir reducirlos a un nivel humano y ciudadano, hacernos palabra de pronto, expresar y significar la turbia, atroz, pululante selva humana. No hay misterio en las cosas naturales, así como no hay pecado. Cuando más son símbolos. Decíamos entonces que lo propio de la ciudad y de la mujer –de la vida en común-, cuando hay voluntad deliberada, es residir en símbolos, al choque con los cuales también se tiende nuestra voluntad y, frustrada, nos deja impotentes ante el misterio, el único misterio verdaderamente intolerable que es el contraste de las voluntades.
¿Por qué tendemos a hablar de una mujer por medio de símbolos, a transformarla en cosa absolutamente natural, diciéndonos, por ejemplo, que ella es fiebre, ráfaga, fronda? ¿Buscamos defendernos, con eso, como nos defendemos transformando en paisaje una plaza, una huida por los techos, o abandonándonos a una muchedumbre como si fuese un río? Pero las palabras tienen una extraña vida: pronto se encarnan, y verdaderamente aquella mujer será para nosotros fiebre y fronda, verdaderamente la muchedumbre será río, y la ciudad paisaje, es decir, impasible para nosotros. Entonces se aviva nuestra pasión; la voluntad se debate, aunque comprendiendo que bajo aquellos símbolos y aquellas palabras hay una voluntad adversa que resiste, que es ella misma un misterio perenne, en el cual nosotros no podemos agotarnos y que tampoco nunca podrá agotarse en nosotros. Aquí está lo selvático verdadero. La soledad en un bosque, en un campo de trigo, puede ser temible, puede matar, pero no nos asusta ni nos mata como hombres, como voluntades apasionadas. Solamente los otros pueden hacernos eso –los otros, el prójimo, la mujer, los compañeros, nuestros hijos. Frente a éstos, frente a la ciudad, sufrimos, siempre sufrimos a fondo. Nos cambiamos símbolos y palabras, cambiamos golpes, nos tendemos la mano, nos enjugamos a veces el sudor, pero al final del día, fatigados, nos damos cuenta de que con nosotros no hay nadie. Y sin embargo sabemos que toda nuestra fatiga tenía el único fin de no dejarnos con las manos vacías. ¿Se puede aceptar esto?
Debemos aceptarlo. Basta pensar lo que sería el fin del día, y el mañana, el porvenir, si desaparecieran los símbolos, si se desvaneciese el misterio, si de noche no estuviésemos solos. Estaríamos más muertos que los muertos. Ignoraríamos el desear algo. Ignoraríamos que el prójimo –la ciudad, la mujer- siendo sólo misterio, espera de nosotros el golpe y la mano, espera ser desvelado y atormentado, enfrentando a su dolor y a su misterio. Si fuese posible destruir los símbolos, todos los símbolos, nos destruiríamos solamente a nosotros mismos. Podemos descubrirnos siempre más ricos, más sutiles, más verdaderos, podemos sustituirnos, no negar la voluntad que está debajo, la voluntad adversa. En ella tenemos la sangre, el aliento, el hambre. No se escapa a la selva. También ella es un símbolo.
Quien olvida esto y se abandona al dulce sueño –a la confianza de que la mujer y la ciudad no sean sangre, aliento, hambre- se encontrará igualmente solo, desvelado, más solo que nunca. Pero se habrá perdido también a sí mismo. ¿De qué sirve conquistar todo el mundo si uno se pierde a sí mismo? Le tocará, de bastarle las fuerzas, reencontrarse quién sabe dónde. En la saciedad, en la vergûenza, en la muerte. Pero no fuera de la selva.
Debemos aceptar los símbolos –el misterio de cada uno- con la tranquila convicción con que se aceptan las cosas naturales. La ciudad nos da símbolos como el campo nos da frutos. Pero ninguno conoce o posee la planta. Viene de otro mundo. Se deja sembrar o podar, se deja abatir y quemar, pero ¿quién puede decir que esa planta es cosa suya? ¿Quién puede decir que ha tocado el fondo de una voluntad ajena? A veces parece que destruir fuera el único modo. Y está bien. Pero destruir una sola voluntad, una sola planta, si bien es posible, es menos que nada: habrá que pasar a otra, a otra más, y así hasta el infinito. Estupideces. Se tendrá un mundo desierto, una estepa. Que es, después de todo, otro nombre de la selva. Tanto vale aceptar el misterio y poblar la ciudad de símbolos, y el campo de presencias. Y amar todo esto, con cautela desesperada.


(de El oficio del poeta, 1954)