domingo, 24 de febrero de 2013
miércoles, 16 de enero de 2013
FABIÁN RUSSO: Taller de Canto
FABIÁN RUSSO: Taller de Canto: VOS SOS TU VOZ Taller de Canto a cargo de Fabián Russo (autor de “El Tango Cantado”, Ed. Corregidor) en Capital Federal y GBA Sur....
miércoles, 12 de diciembre de 2012
lunes, 12 de noviembre de 2012
La Música de los Libros de Música: Programa Nro. 82 (28-X-2012): El tango cantado. Un...
La Música de los Libros de Música: Programa Nro. 82 (28-X-2012): El tango cantado. Un...: El tango cantado. Una lectura acerca del canto en la Escuela Gardeliana Fabián Russo. Editorial Corregidor. Invitado: Fabián Russo. ...
jueves, 18 de octubre de 2012
martes, 11 de septiembre de 2012
Al Bardo, por Gabriela Echeverría
25/1/99
Es un verdadero Bardo. Tímpano retumbante, timbres
discretos, estridentes, abombados, floreos y floreales, románticos gardeles o
berones rosales, polacos resplandores, límpidos fraseos, julios o julianes,
varones de tanto tango, tanta calle porteña dibujandose en gargantas areneras o
melosas, lo mismo da. Lo mismo dá? Bardo de día y de noche, transar de minas,
con alcoholes y milongas y carradas de perfume y una noche en un hotel de
alguna gira pinta un tanguito que te pega de pronto el bajo vientre y te hace
mierda, bardo, es buenos aires que te llama como una madre y te dice: bardo,
bardito en que andás? volvé querido, volvé.
Y vos volvés.Seguro que volvés. Pero al ratito nomás te
estás diciendo algo, te estás buscando el bardo de nuevo, eso no se cura, no,
ni con el mate amargo, te sacás la curda de bardero viejo y cabalgando. Como
hacer, el tiempo te reemplaza una parada con un hilo y el aplauso cuesta, se
paga, la escalera de la vida y vos que probaste de todo.
De entrada nomás, pendejo y todo te tiraste a bardear como
zorzal.
Gabriela Echeverría
el psicoanalista lector: Edwin A. Abbott. "Planilandia" (1884)
el psicoanalista lector: Edwin A. Abbott. "Planilandia" (1884): Edwin Abbott Abbott (Londres, Inglaterra 20 de diciembre de 1838 - 1926), profesor, escritor y teólogo inglés, conocido por ser el autor...
sábado, 18 de agosto de 2012
viernes, 3 de agosto de 2012
martes, 3 de julio de 2012
lunes, 25 de junio de 2012
domingo, 24 de junio de 2012
jueves, 24 de mayo de 2012
Fabián Russo, en concierto.
Russo ha cantado
todos los estilos posibles dentro del Tango. Durante casi 30 años ha
participado tanto en orquestas como en ensambles pequeños (Sexteto Canyengue,
Color Tango, Osvaldo Pugliese, Domingo S. Federico, Quinteto Bailongo, Horacio
Ferrer, Mercedes Sosa, Roberto Goyeneche, Eduardo lagos, Patricio Wang, entre
otros) incursionando tanto en el repertorio gardeliano como en las obras menos
visitadas de Piazzolla y otros renovadores. A lo largo de sus viajes, pasó de
ser músico ambulante en calles de ciudades europeas a los grandes escenarios de
esas mismas ciudades así como las del Lejano Oriente y Latinoamérica.
Crecido en la
escucha heterogénea de toda la buena música y en la lectura de la mejor poesía,
escritor y compositor, todo ese bagaje confluye en un canto original, personal,
que lo distingue como creador e intérprete.Las historias que escribe y canta
son intemporales, habitan en una tanguidad (eso que hace que
sea Tango y no otra cosa) permeable, heterogénea, pero sin perder su
singularidad.
Desde el Tango, aquí y ahora,
Fabián Russo propone en su obra nuevas posibilidades para el tango-canción con
un arte madurado en un camino hecho desde las más profundas raíces del género
hacia un futuro que no cesa.
lunes, 14 de mayo de 2012
Juan José Saer: Lisboa
A Jean Paul Caudrec
La persona, parece, sería, como se dice,
una máscara; uno, aquí, que se llamaba, cosa
curiosa, justo así,
multiplicó perfil y verbo, distribuyéndose en ellos,
como piedras o como cartas; rey, sota, caballo y as,
y un solo mazo verdadero. Y, sin embargo,
qué tímida parece ahora su dispersión: la salud
misma más bien: un cuerpo de cuatro caras,
repleto y sólido: que el corral tenga cuatro lados,
y uno solo, circular, da lo mismo, si eso ayuda, ¿no?
a evitar que la bestia anónima,
e infinita también, ¿no es cierto?,
rompa, de golpe, en estampida. La bestia, sí,
que daba, ya, señales de vida, atrás,
mandando a la superficie, de tanto en tanto,
rugidos, latidos, olor animal, el légamo sin fin
de ese pantano, negro, que trabaja, continuo,
y nos muestra, de pronto, que la casa natal,
con sus rincones familiares y con sus voces familiares,
no tenía, ¿cómo era que se dice?, cimientos. No es
ni amiga ni enemiga y el ser, frágil,
que desgarra con sus dientes, había tenido,
hasta ese entonces, una especie de ilusión,
como el chico que en la noche de carnaval,
pretende darle miedo a los demás con su máscara. Ahora está
en lo que podría llamarse ese torbellino,
en vilo entre los belfos de la bestia,
en el centro de su propia oscuridad
-y cómo
quisiera que, viniendo despacio, como antes, desde la cocina,
desde el patio, en la noche cítrica, una mano,
materna o familiar, es decir, de dedos conocidos,
en el viejo sentido, anterior a la explosión,
a esta deriva sin dirección y sin bordes,
encendiera, por fin, la luz,
del cuarto sin lujo, austero,
con, apenas, lo necesario para reconocer
el honor y la constancia de lo que es,
lo que es en su seguir siendo,
mesa, jarra, botella, ventana y paraíso.
No en tanto que la máscara
sino leal en su simplicidad
borde
abandono
y transparencia
En El arte de narrar. Poemas
Buenos Aires, Planeta, 2000
Read more: http://bibliotecaignoria.blogspot.com/2012/05/juan-jose-saer-lisboa.html#ixzz1uqpkET8b
domingo, 6 de mayo de 2012
domingo, 29 de abril de 2012
Hector Ruiz Nuñez, in memoriam
El periodismo de investigación en Argentina perdió a uno de sus destacados representantes tras la vuelta a la Democracia. Mi tío Héctor Ruiz Núñez falleció en Buenos Aires este fin de semana dejando una obra en libros y artículos que son un antes y un después en el periodismo latinoamericano.
sábado, 28 de abril de 2012
viernes, 27 de abril de 2012
La isla (Césare Pavese)
Todos saben
que el náufrago Ulises, durante su viaje de regreso, permaneció nueve años en
la isla Ogigia, donde sólo vivía Calipso, antigua diosa.
(Hablan Calipso y Ulises.)
Calipso.
Ulises,
no existe nada muy diferente. También tú, igual que yo, quieres detenerte en
una isla. Has visto y has padecido todas las cosas. Quizás un día te diré lo
que yo he padecido. Ambos estamos cansados de un gran destino. ¿Para qué
continuar? ¿Qué te importa que la isla no sea la que buscabas? Aquí ya nada
acontece. Hay un poco de tierra y un horizonte. Aquí puedes vivir para siempre.
Ulises.
Una
vida inmortal.
Calipso.
Inmortal
es quien acepta el instante. Quien no conoce ya un mañana. Pero si te gusta la
palabra, dila. ¿Llegaste en verdad a ese extremo?
Ulises.
Yo
consideraba inmortal al que no teme a la muerte.
Calipso.
El
que no espera vivir. En verdad, casi lo eres. También tu has padecido mucho.
Pero, ¿por qué esta obsesión de volver a tu casa? Todavía estás inquieto. ¿Por
qué vas diciendo discursos, solo, entre los acantilados?
Ulises.
Si
mañana partiera, ¿serías tú infeliz?
Calipso.
Quieres
saber demasiado, querido. Digamos que soy inmortal. Pero si no renuncias a tus
recuerdos y a tus sueños, si no depones tu obsesión y no aceptas el horizonte,
no podrás escapar de ese destino que conoces.
Ulises
Se
trata siempre de aceptar un horizonte. ¿Para obtener qué?
Calipso.
Para
reposar la cabeza y callar, Ulises. ¿Te has preguntado por qué también nosotros
buscamos el sueño? ¿Te has preguntado adónde van los viejos dioses ignorados
por el mundo? Por qué se hunden en el tiempo, como la piedra en la tierra,
ellos, que sin embargo son eternos? Y yo, ¿quién soy, quién es Calipso?
Ulises.
Te
pregunté si eres feliz.
Calipso.
Es
un silencio, te digo. Una cosa remota y casi muerta. Lo que ha sido y ya no
volverá a ser. En el viejo mundo de los dioses, cuando un gesto mío era destino.
Tuve nombres pavorosos, Ulises. La tierra y el mar me obedecían. Luego me
cansé; pasó cierto tiempo, no quise moverme más. Alguna de nosotras resistió a
los nuevos dioses; yo dejé que los nombres se hundieran en el tiempo; todo
cambió y permaneció igual; no valía la pena disputarle a los nuevos el destino.
Ya sabía mi horizonte y sabía también por qué los viejos no quisieron disputar con
nosotros.
Ulises.
¿Pero no eras inmortal?
Calipso.
Y lo soy, Ulises. No espero morir. Y
no espero vivir. Acepto el instante. A ustedes, los mortales, les espera algo
parecido, la vejez y la añoranza. ¿Por qué no quieres, como yo, reclinar la
cabeza en esta isla?
Ulises.
Lo haría si creyera que estás
resignada. Pero también tú, que fuiste señora de todas las cosas, me necesitas
a mí, un simple mortal, para que te ayude a soportar.
Calipso.
Es un bien recíproco, Ulises. No hay
verdadero silencio si no es compartido.
Ulises.
¿No te basta que esté hoy contigo?
Calipso.
No estás conmigo, Ulises. No aceptas
el horizonte de esta isla. Y no te sustraes a la añoranza.
Ulises.
Lo que añoro es una parte viva de mí
mismo, como lo es para ti tu silencio. ¿Qué ha cambiado para ti desde los días
en que la tierra y el mar te obedecían? Sentiste que estabas sola y que estabas
cansada, y olvidaste tus nombres. Nada te ha sido quitado. Eres lo que quisiste
ser.
Calipso.
Lo que soy es casi nada, querido. Casi
mortal, casi una sombra como tú. Es un largo sueño comenzado quién sabe cuándo,
y tú has entrado a este sueño como un ensueño. Temo el alba, el despertar; si
te vas, es el despertar.
Ulises.
¿Eres tú, señora, quien habla?
Calipso.
Temo el despertar como tú temes la
muerte. Mira: antes estaba muerta; ahora lo sé. No quedaba de mí sobre esta
isla sino la voz del mar y del viento. Oh, no era padecer. Dormía. Pero, desde
que has llegado, has traído otra isla dentro de ti.
Ulises.
La busco desde hace tiempo. Tú no sabes
lo que es entornar los ojos para ilusionarse cada vez que se divisa una tierra.
Yo no puedo aceptar y callar.
Calipso.
Sin embargo, Ulises, ustedes, los
hombres, dicen que recuperar lo perdido es siempre una desgracia. El pasado no
vuelve. Nada resiste el paso del tiempo. Tú que has visto el océano, los
monstruos y el Eíseo, ¿podrás reconocer todavía las casas, tus casas?
Ulises.
Pero sabré al menos que debo
detenerme.
Calipso.
No vale la pena, Ulises. El que no se detiene
ahora, ya mismo, no se detiene jamás. Lo que haces, seguirás haciéndolo
siempre. Debes quebrar de una vez el destino, debes cambiar de calle y dejarte
hundir en el tiempo…
Ulises.
No soy inmortal.
Calipso.
Lo serás si me escuchas. ¿Qué es la
vida eterna sino este aceptar el instante que viene y el instante que va? El
éxtasis, el placer, la muerte no tienen otra finalidad. ¿Qué ha sido hasta
ahora de tu vagar inquieto?
Ulises.
Si lo supiera, ya me hubiese detenido.
Pero olvidas algo.
Calipso.
Dime.
Ulises.
Aquello que busco lo tengo en el
corazón, como tú.
(de Diálogos con Leucó,
de Césare Pavese)
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