miércoles, 16 de enero de 2013

FABIÁN RUSSO: Taller de Canto

FABIÁN RUSSO: Taller de Canto: VOS SOS TU VOZ Taller de Canto a cargo de Fabián Russo (autor de “El Tango Cantado”, Ed. Corregidor) en Capital Federal y GBA Sur....

martes, 11 de septiembre de 2012

Al Bardo, por Gabriela Echeverría


25/1/99
Es un verdadero Bardo. Tímpano retumbante, timbres discretos, estridentes, abombados, floreos y floreales, románticos gardeles o berones rosales, polacos resplandores, límpidos fraseos, julios o julianes, varones de tanto tango, tanta calle porteña dibujandose en gargantas areneras o melosas, lo mismo da. Lo mismo dá? Bardo de día y de noche, transar de minas, con alcoholes y milongas y carradas de perfume y una noche en un hotel de alguna gira pinta un tanguito que te pega de pronto el bajo vientre y te hace mierda, bardo, es buenos aires que te llama como una madre y te dice: bardo, bardito en que andás? volvé querido, volvé.
Y vos volvés.Seguro que volvés. Pero al ratito nomás te estás diciendo algo, te estás buscando el bardo de nuevo, eso no se cura, no, ni con el mate amargo, te sacás la curda de bardero viejo y cabalgando. Como hacer, el tiempo te reemplaza una parada con un hilo y el aplauso cuesta, se paga, la escalera de la vida y vos que probaste de todo.
De entrada nomás, pendejo y todo te tiraste a bardear como zorzal.

Gabriela Echeverría

el psicoanalista lector: Edwin A. Abbott. "Planilandia" (1884)

el psicoanalista lector: Edwin A. Abbott. "Planilandia" (1884): Edwin Abbott Abbott (Londres, Inglaterra 20 de diciembre de 1838 - 1926), profesor, escritor y teólogo inglés, conocido por ser el autor...

jueves, 24 de mayo de 2012

Fabián Russo, en concierto.



Russo ha cantado todos los estilos posibles dentro del Tango. Durante casi 30 años ha participado tanto en orquestas como en ensambles pequeños (Sexteto Canyengue, Color Tango, Osvaldo Pugliese, Domingo S. Federico, Quinteto Bailongo, Horacio Ferrer, Mercedes Sosa, Roberto Goyeneche, Eduardo lagos, Patricio Wang, entre otros) incursionando tanto en el repertorio gardeliano como en las obras menos visitadas de Piazzolla y otros renovadores. A lo largo de sus viajes, pasó de ser músico ambulante en calles de ciudades europeas a los grandes escenarios de esas mismas ciudades así como las del Lejano Oriente y Latinoamérica. 
Crecido en la escucha heterogénea de toda la buena música y en la lectura de la mejor poesía, escritor y compositor, todo ese bagaje confluye en un canto original, personal, que lo distingue como creador e intérprete.Las historias que escribe y canta son intemporales, habitan en una tanguidad (eso que hace que sea Tango y no otra cosa) permeable, heterogénea, pero sin perder su singularidad.
Desde el Tango, aquí y ahora, Fabián Russo propone en su obra nuevas posibilidades para el tango-canción con un arte madurado en un camino hecho desde las más profundas raíces del género hacia un futuro que no cesa.

lunes, 14 de mayo de 2012

Juan José Saer: Lisboa






A Jean Paul Caudrec

La persona, parece, sería, como se dice,
una máscara; uno, aquí, que se llamaba, cosa
curiosa, justo así,
multiplicó perfil y verbo, distribuyéndose en ellos,
como piedras o como cartas; rey, sota, caballo y as,
y un solo mazo verdadero. Y, sin embargo,
qué tímida parece ahora su dispersión: la salud
misma más bien: un cuerpo de cuatro caras,
repleto y sólido: que el corral tenga cuatro lados,
y uno solo, circular, da lo mismo, si eso ayuda, ¿no?
a evitar que la bestia anónima,
e infinita también, ¿no es cierto?,
rompa, de golpe, en estampida. La bestia, sí,
que daba, ya, señales de vida, atrás,
mandando a la superficie, de tanto en tanto,
rugidos, latidos, olor animal, el légamo sin fin
de ese pantano, negro, que trabaja, continuo,
y nos muestra, de pronto, que la casa natal,
con sus rincones familiares y con sus voces familiares,
no tenía, ¿cómo era que se dice?, cimientos. No es
ni amiga ni enemiga y el ser, frágil,
que desgarra con sus dientes, había tenido,
hasta ese entonces, una especie de ilusión,
como el chico que en la noche de carnaval,
pretende darle miedo a los demás con su máscara. Ahora está
en lo que podría llamarse ese torbellino,
en vilo entre los belfos de la bestia,
en el centro de su propia oscuridad
                                                    -y cómo
quisiera que, viniendo despacio, como antes, desde la cocina,
desde el patio, en la noche cítrica, una mano,
materna o familiar, es decir, de dedos conocidos,
en el viejo sentido, anterior a la explosión,
a esta deriva sin dirección y sin bordes,
encendiera, por fin, la luz,
del cuarto sin lujo, austero,
con, apenas, lo necesario para reconocer
el honor y la constancia de lo que es,
lo que es en su seguir siendo,
mesa, jarra, botella, ventana y paraíso.

No en tanto que la máscara
sino leal en su simplicidad

borde
        abandono
                      y transparencia



En El arte de narrar. Poemas
Buenos Aires, Planeta, 2000

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domingo, 29 de abril de 2012

Hector Ruiz Nuñez, in memoriam

El periodismo de investigación en Argentina perdió a uno de sus destacados representantes tras la vuelta a la Democracia. Mi tío Héctor Ruiz Núñez falleció en Buenos Aires este fin de semana dejando una obra en libros y artículos que son un antes y un después en el periodismo latinoamericano.

viernes, 27 de abril de 2012

La isla (Césare Pavese)


Todos saben que el náufrago Ulises, durante su viaje de regreso, permaneció nueve años en la isla Ogigia, donde sólo vivía Calipso, antigua diosa.

(Hablan Calipso y Ulises.)

Calipso.
Ulises, no existe nada muy diferente. También tú, igual que yo, quieres detenerte en una isla. Has visto y has padecido todas las cosas. Quizás un día te diré lo que yo he padecido. Ambos estamos cansados de un gran destino. ¿Para qué continuar? ¿Qué te importa que la isla no sea la que buscabas? Aquí ya nada acontece. Hay un poco de tierra y un horizonte. Aquí puedes vivir para siempre.

Ulises.
Una vida inmortal.

Calipso.
Inmortal es quien acepta el instante. Quien no conoce ya un mañana. Pero si te gusta la palabra, dila. ¿Llegaste en verdad a ese extremo?

Ulises.
Yo consideraba inmortal al que no teme a la muerte.

Calipso.
El que no espera vivir. En verdad, casi lo eres. También tu has padecido mucho. Pero, ¿por qué esta obsesión de volver a tu casa? Todavía estás inquieto. ¿Por qué vas diciendo discursos, solo, entre los acantilados?

Ulises.
Si mañana partiera, ¿serías tú infeliz?

Calipso.
Quieres saber demasiado, querido. Digamos que soy inmortal. Pero si no renuncias a tus recuerdos y a tus sueños, si no depones tu obsesión y no aceptas el horizonte, no podrás escapar de ese destino que conoces.

Ulises
Se trata siempre de aceptar un horizonte. ¿Para obtener qué?

Calipso.
Para reposar la cabeza y callar, Ulises. ¿Te has preguntado por qué también nosotros buscamos el sueño? ¿Te has preguntado adónde van los viejos dioses ignorados por el mundo? Por qué se hunden en el tiempo, como la piedra en la tierra, ellos, que sin embargo son eternos? Y yo, ¿quién soy, quién es Calipso?

Ulises.
Te pregunté si eres feliz.

Calipso.
Es un silencio, te digo. Una cosa remota y casi muerta. Lo que ha sido y ya no volverá a ser. En el viejo mundo de los dioses, cuando un gesto mío era destino. Tuve nombres pavorosos, Ulises. La tierra y el mar me obedecían. Luego me cansé; pasó cierto tiempo, no quise moverme más. Alguna de nosotras resistió a los nuevos dioses; yo dejé que los nombres se hundieran en el tiempo; todo cambió y permaneció igual; no valía la pena disputarle a los nuevos el destino. Ya sabía mi horizonte y sabía también por qué los viejos no quisieron disputar con nosotros.

Ulises.
¿Pero no eras inmortal?

Calipso.
Y lo soy, Ulises. No espero morir. Y no espero vivir. Acepto el instante. A ustedes, los mortales, les espera algo parecido, la vejez y la añoranza. ¿Por qué no quieres, como yo, reclinar la cabeza en esta isla?

Ulises.
Lo haría si creyera que estás resignada. Pero también tú, que fuiste señora de todas las cosas, me necesitas a mí, un simple mortal, para que te ayude a soportar.

Calipso.
Es un bien recíproco, Ulises. No hay verdadero silencio si no es compartido.

Ulises.
¿No te basta que esté hoy contigo?

Calipso.
No estás conmigo, Ulises. No aceptas el horizonte de esta isla. Y no te sustraes a la añoranza.

Ulises.
Lo que añoro es una parte viva de mí mismo, como lo es para ti tu silencio. ¿Qué ha cambiado para ti desde los días en que la tierra y el mar te obedecían? Sentiste que estabas sola y que estabas cansada, y olvidaste tus nombres. Nada te ha sido quitado. Eres lo que quisiste ser.

Calipso.
Lo que soy es casi nada, querido. Casi mortal, casi una sombra como tú. Es un largo sueño comenzado quién sabe cuándo, y tú has entrado a este sueño como un ensueño. Temo el alba, el despertar; si te vas, es el despertar.

Ulises.
¿Eres tú, señora, quien habla?

Calipso.
Temo el despertar como tú temes la muerte. Mira: antes estaba muerta; ahora lo sé. No quedaba de mí sobre esta isla sino la voz del mar y del viento. Oh, no era padecer. Dormía. Pero, desde que has llegado, has traído otra isla dentro de ti.

Ulises.
La busco desde hace tiempo. Tú no sabes lo que es entornar los ojos para ilusionarse cada vez que se divisa una tierra. Yo no puedo aceptar y callar.

Calipso.
Sin embargo, Ulises, ustedes, los hombres, dicen que recuperar lo perdido es siempre una desgracia. El pasado no vuelve. Nada resiste el paso del tiempo. Tú que has visto el océano, los monstruos y el Eíseo, ¿podrás reconocer todavía las casas, tus casas?

Ulises.
Pero sabré al menos que debo detenerme.

Calipso.
 No vale la pena, Ulises. El que no se detiene ahora, ya mismo, no se detiene jamás. Lo que haces, seguirás haciéndolo siempre. Debes quebrar de una vez el destino, debes cambiar de calle y dejarte hundir en el tiempo…

Ulises.
No soy inmortal.

Calipso.
Lo serás si me escuchas. ¿Qué es la vida eterna sino este aceptar el instante que viene y el instante que va? El éxtasis, el placer, la muerte no tienen otra finalidad. ¿Qué ha sido hasta ahora de tu vagar inquieto?

Ulises.
Si lo supiera, ya me hubiese detenido. Pero olvidas algo.

Calipso.
Dime.

Ulises.
Aquello que busco lo tengo en el corazón, como tú.

(de Diálogos con Leucó, de Césare Pavese)